Última
conversación con Marco Denevi
Bernardo
Ezequiel Koremblit
Proa,
noviembre/diciembre de 1999
"En cuanto a mi salvación, es suficiente
la sacra ceremonia del silencio":
Con estas doce pero en modo alguno
(todo lo contrario) adocenadas
palabras,
termina el poema Última voluntad,
que a manera de testamento
se
lee en el libro Salón de lectura, escrito
por el siemprevivo Marco Denevi
en
1974, veinticuatro años antes de doblar
la servilleta y abandonar el banquete
de la vida, en el que con ética,
estética
e inteligencia en ascuas celebrara
la literaria comensalía de la vida
y el fruitivo bodegueo del ardiente
y
ardido élan vital del que había sido
el
intenso protagonista. El viernes 23
de
octubre del pasado año el creador
de
Ceremonia secreta recibió el Premio
al Mérito en la especialidad Letras
en
el Aula Magna del Colegio Nacional
de
Buenos Aires. Sus palabras de
agradecimiento
comenzaron repitiendo
las de su muy leído Paul Valéry: "En
toda
sociedad hay conflictos, conflictos
de cualquier naturaleza, pero sólo
hay
dos formas de solucionarlos: por
la
violencia o por el arte".
El día siguiente, un sábado lluvioso,
visité a este imborrable amigo en la
planta baja de su belgraniana tebaida
de José Hernández 2200 ("leo
con fruición y reflexión la polémica de
Fierro y el Moreno, pero habría preferido habitar un
departamento de Villa Luro en la calle Virgilio: con deleite
leería allí las Eglogas del dulcísimo poeta"), y aludí a su disertación del
día anterior en el nobilísimo Colegio donde sesenta años atrás cursamos
los estudios secundarios ("secundarios, como todos los estudios", opinión
que por cierto no aparece en Rosaura a las diez pero sí en nuestra conversación de ese día). Dijo que el arte
soluciona los conflictos, no sólo por haberlo dicho el refinado Valéry sino
porque la belleza lo abarca todo y la estética es el común denominador que
comprende la ética solucionadora de
todos los problemas.
-Este concepto lo expresé en el Buenos Aires porque los seis años en sus
aulas y corredores, y en la misma vereda de Bolívar al 200, a igual que en el
bar de enfrente, fueron los que en mi
espíritu y en mi mente florecieron y
frutecieron la preocupación de lo que
ahora preocupa a muy pocos: esa parte
de la filosofía que trata de la moral y
de la bondad o maldad de los actos humanos. Tengo hechas anotaciones que
siempre pensé llevar a un ensayo, un
trabajo que habría de titularse Deontología, esto es (te imaginarás que no
voy
a decir "o sea") Tratado de los deberes
humanos.
Habiendo dicho también que en
aquel
tiempo tan fecundo como inolvidable
ese obstinato rigore se les antojaba
exagerado", tanto a él como a toda
la prole estudiantil, pero que algunos
años después, leyendo en un libro
de
sabiduría oriental, recibió una inyección
de sobresalto: en él se decía
"que
la decadencia de un Estado comienza
con la decadencia del lenguaje",
le pregunté si esa lectura iluminadora
completaba y complementaba sus
convicciones.
-Ahora sé que nadie es de su tiempo
ni
del medio en que vive si habla el sobrehumano
lenguaje de la verdad, de
lo
bello y de esa lógica que todo lo esclarece.
¿Quién que es no es romántico?
Esta aseveración no la inventó
el
prodigioso Rubén, aunque fue él
quien
la anunció con lirismo y hondura
tanto conceptual como anímica.
Mi
idealismo, mis encendidas esperanzas
y mis arrobadas ilusiones se mantuvieron
en permanente combustión
desde
entonces hasta mi discurso de
ayer
en el ex Carolino, esto es el Nacional
Buenos Aires. En todo cuanto he
escrito
subyace tal convicción. Y
además
de subyacer (de paso te digo
que
el verbo subyacer no figura en el
Diccionario:
los cardenales de la Real
Academia
Española sabrán, o quizás
no
lo sepan, el porqué de tal omisión),
afloran
y se hallan en la superficie de
mi
pensamiento y de mi creación.
Dije a Marco que hay quienes ponen
cara de desdén cuando no tienen
nada
que decir y adoptan un aire de preocupación
cuando no tienen nada
en que pensar. Denevi mostró una indulgencia e inclusive una piadosa
benevolencia, por cierto que infrecuentes en él... Bien se sabe que si algún
hominicaco de nuestro par e imparnaso nacional expresaba una insensatez o escribía un despropósito, el autor
de La república de Trapalanda
reaccionaba no precisamente como un
reaccionario tradicionalista sino como un revolucionario insurrecto contra la anquilosada ortodoxia. Por una
vez más, que no habría de ser la última
y en ese turno no era la primera, el
ético y estético (ambas actitudes estaban entrelazadas en él como en un
monograma) Marco Denevi, por mejor
nombre uno de los primeros escritores
argentinos y de nuestro idioma, revelaba ser el inmenso humanista, el indimenso espíritu e intelecto integrales
que reveló ser en nuestra literatura.
-Apareciste en este valle de novelas, cuentos, ensayos et toute la
littérature et Notre Damme la Littérature toute, lágrimas y sonrisas (por nombrar el vals de Strauss que tanto te
gusta), amores y amor, humor, música
y amigos, en 1922, año impar a pesar
de su cifra par, y eres geminiano de
raza de la raza de los geminianos, padrino zodiacal que tengo la gloria de
compartir contigo. Te distingue entonces la peculiaridad de ser mitad una
cosa y mitad otra, y además posees
una tercera mitad para completar y
complementar las otras dos.
-¿Pero has descubierto el contenido
de esa "tercera mitad", que la gélida
matemática considera inexistente, puesto
que una mitad es cada una de
las
dos partes iguales en que se divide
algo?
Y es muy simple: que no es ni
suficiente
ni bastante ser, verbigracia
(porque
no tenemos por qué decir
siempre
"por ejemplo") apolíneo y dionisíaco,
con bella y profunda simultaneidad.
Un ser integral, y que además
aspire
a serlo si no lo es, considera
que
el intelecto y la sensibilidad necesitan
(no voy a decir "han menester",
según habría dicho el académico
B.C.F)...
"...
acaendémico...
"...de varios, en realidad muchos,
elementos
para manifestarse del modo
que
el Señor del otro piso quiere que
nos
manifestemos: existir aspirando
cuanta
esencia existe en este mundo
y
esta vida: la pánica e intensa integralidad.
Podríamos no hablar más
porque,
"en diciendo" esto hemos agotado
todos los temas. Hemos "consumido",
según diría Borges, todos los
asuntos.
-A pesar de Marco Deneví y a pesar
de
Jorge Luis Borges, no los hemos ni
consumido
ni agotado. Pues falta recordarte
que llegaste en 1922, benemérito
año de la publicación de Ulysses
del
helicoidal Joyce, de Los Thibault
del
vasto Martin du Gard, de La creación
del mundo del abrazador
Milhaud...
-Si la Providencia no hace su reparto
a ciegas, hay que recordar que
también
ese año el piadoso y evangélico
Mussolini hizo su Marcha sobre
Roma
instaurando el engendro del
fascismo,
y quedó fundada la Unión de las
Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Y
los males no terminaron, porque el
megalómano Cecil Blount de Mille infringió
Los diez mandamientos..., pero
hay que comprenderlo: él creía
que
el cine no era el séptimo arte sino
la
octava maldición... Por suerte, hubo
dos compensaciones para el año de
mi
nacimiento: Stefan Zweig publicó
Amok y
Picasso pintó Mujeres al borde
del mar. ¡Con qué placer habría nacido
un
año antes, cuando Pirandello estrenó
Seis personajes en busca de
autor!
En mis visitas al imborrable Marco
-no sé por qué digo así, si nadie pretende
borrarlo: todo lo contrario- nos
interesaba
una sola cosa: Todo. Pero
casi
todas quedaban relegadas, confinándolas
a terceros, a cuartos lugares
y
más lejos aún: la política, el abstruso
estructuralismo,
los cuentos chinos (y
de
todas las nacionalidades) del gracioso
psicoanálisis y los vistosos psicoanalistas,
la macaneadora economía,
el furibundo deporte, y así en adelante
y adelante et ainsí de suite, como
a
él le gustaba decir, con tantos asuntos
que no nos ocupaban ni preocupaban.
Recalábamos en el arte y la literatura,
que también es un arte. Navegábamos
entre el archipiélago de esto
y aquello pero al fin entrábamos en
el
puedo de las ideas y el pensamiento
y
allí echábamos el ancla. Yo expresaba
mis preferencias y él las suyas:
"Proust, Chesterton, Thomas Mann, tu
amado Baudelaire, decía para complacerme,
Montaigne y mi admirado
Oscar Wilde, al que no le perdono que
haya
elegido perder el juicio en el famoso
proceso". Y seguíamos sin interrumpirnos
con la ardiente y ardida
literatura.
-Ella lo abraza y lo abrasa todo. Pero
hago mal en decirlo así porque la
música
no deja nada sin conflagar. Ya
conoces
mis devociones: Mozart,
Haydn,
Bach, César Frank y todos los
demás,
incluyendo los "estimables"
Ravel
y Debussy. En la ópera, ¿quién
no
lo sabe?: el gran Verdi, de bendita
memoria.
Era una fruición llevarlo hacia las
islas
bienaventuras de la pintura, la
filosofía,
los héroes y los mártires de
las
ideas y el pensamiento, el juego de
los
inhumanos actos humanos... Hablaba
de ello como el Oráculo que responde
a todas las consultas.
-Cézanne, Renoir, Degas, mejor dicho
sus danseuses, armoniosas, flexibles,
sensuales... Siempre releo a
Leibniz.
Del probo Séneca he aprendido
que debe sobrellevarse con resignación
lo que no puede ser cambiado.
De Montaigne, leyendo los pasajes en
que
nombra a su amigo del alma La
Boétie,
me asombra que supiera hace
400
años que la amistad habría de ser
una
pasión argentina. Es incomprensible
que Mallea no lo haya nombrado...
Dije, entre bocados de scons y sorbos
de jerez, que el humor no nos hará
felices
pero nos compensa de no serlo.
El
refinado humorista que él era no
habría
de permanecer callado.
-Junto con la piedad, es el supremo
arte
de vivir Swift, Bernard Shaw
Jules Renard, nuestro Nalé Roxlo,
Aristófanes,
han mostrado y demostrado
que el humor es una estética del
desencanto
(otra vez su deseo de
halagarme).
A mi pregunta de si le quitaría a
alguien
el uso de la palabra, su respuesta
cayó como cae la impecable verticalidad
de la plomada.
-¿A quién no? No quiero nombrarlos
para no caer en la injusticia de
omitir
a alguien... Vuelvo al lúcido
Paul
Valéry que nombré en mi discurso
del
Buenos Aires: Chaque atome du silence est la chance d'un fruit mûr, cada
átomo
de silencio es la posibilidad de
un
fruto maduro.
La liana que oscila entre el árbol
intelectual
y el espiritual de Marco Denevi,
incesante en su jocundo y profundo
vaivén, es reveladora de la naturaleza
y la substancia de quien es uno
de
los primeros nombres de nuestra
literatura.
Esta insuficiente, pobre y
mezquina
evocación, por buscar una
conclusión,
un epítome, de veras imposible,
encuentra una que me auxilie
en
mi empeño por calificarlo: Quizás,
sin
saberlo, el autor de Los expedientes
rendía culto a lo que había en él de
eterno.
Entre las tantas cosas, muchas,
muchas cosas, que no sé, aparece
una que sé con total certidumbre:
Que
quien lo conoció, no lo olvidará
nunca,
y quien no lo conoció, ni se lo
imagina.
(Proa,
revista bimestral, noviembre/diciembre de 1999)