Réquiem Nocturno

Ricardo Zanfardini*


Observaciones y olvidos

-.l.-

Buenos Aires lo arribó, lujurioso,

despiadado y absurdo.

Lo mantuvo siempre al filo

de torpes lugares y arrebatadas nostalgias.

Buenos Aires no gime en bandoneón,

escupe soledades y diatribas,

sollozos y maldades.

Parte vientres de madres

y desvela inocentes criaturas.

Mata, siempre mata y resucita

jirones y auroras; mata siempre.

Se fue hace tanto que no recuerda...

Vuelve, ya no tanto pero vuelve;

transita su Corrientes

y un poco de Belgrano.

Pero son tantos los iconos

que destellan, que huye despiadado

a esconderse entre sus lares.

 

-.ll.-

 

Oscuridad, una furia que aparece,

como aparecen los otros, esos desconocidos.

Soledad de manos que se rozan

y consumen y ajustan y desahucian.

Látigos de saliva y espaldas que humedecen.

Se termina, se acaba, se regresa.

Asoma el sol magnífico

y el vacío es insoportable.

 

-.lll.-

 

Sirviéndose la última gota de olvido

que hacía eco en la copa vacía,

tomó sus restos y en gesto poseído

escuchó los coros de su mente entumecida.

En el aliento de la noche caminaron sus pasos,

buscando lugares de alevosos tiranos,

tropezando en oscuros y sagrados hallazgos,

avanzando en la rivera del asombro y el espanto.

Abierto en las ruinas del amor tan lejano,

doblegó sus gestos en escapes sinuosos

y en la tiranía del pecado cercado

estrujó el hilo de su corazón roto.

Original abrazo le entregaba la locura,

disimulando torpes espíritus  y fuerzas,

penetrando sus marfiles, defendiendo su agonía,

devolviendo a sus arenas tan ilesas.

En aliento de la noche inmensa

desarmó su escarbo, desvistió su templo,

presentó batalla y orfandades tiesas

Para volcarse al ruido, al lodo y a lo incierto,

la noche gemía espinas y conjuros,

regaba sus astros con tristes endechas,

circulaban sus pasos por océanos y muros,

Y en sus afluentes quedaban libertades muertas.

 

-.lV.-

 

Había caído la noche emancipando encajes,

en el puente los retratos temblaban satisfechos

tramposa calma guardaban las miradas y los lastres

buscando las palabras, los gemidos y los cuerpos. 

En el tumulto de almas de aquel sitio

encontraban el impúdico rumor de la carne

sabios calabozos, polvos de albedrío

que se volvían inmensos cuando moría la tarde.

Deambulando por el puente se murmuraba un sendero,

hechura de tumbas y amargas serenatas,

símbolo inequívoco de grandes celos,

Primer indicio de pulsaciones que amenazaban.

Oxidados en el amargo musgo de la soledad

descuidaban sus cuerpos, sobrevivían prejuicios,

transitaban oriones y gotas de verdad

y entregaban su símbolo de culpa e indicios.

Sendero pétreo de numen y violetas,

malvado camino que confinaba al pecado;

su fango de humo parió las adelfas

que envenenaron el tiempo de aquellos paganos.

La urgencia enquistaba salvajes huracanes,

se rozaban los cuerpos desgarrando telas,

sonaban las voces clamando bacanales,

las torres se paraban y mecían las tristezas.

¡Pobres  de los que no respiraron vida!,

que concluían su jornada embarcados en lo imposible,

¡Pobres de los que no respiraron vida!

y giraron insurrectos en lamentos invisibles.

Había caído la luna exprimiendo los cuerpos,

descuidando los filos peligrosos de la entrega.

Volvían bañados de calles y desvelos

a dormir la herida prodigiosa y secreta.

 

-.V.-

 

Volvían secos de calles y desvelos

despertando las heridas prodigiosas y secretas,

vestidos de verdades, cubiertos de velos.

hallaban en sus calabozos insinuantes presas.

Penetraban el silencio retórico de los gemidos,

descalzos y desnudos bailaban sobre vientres,

vomitaban sus líquidos, rompían sus nidos,

extenuados caían y volvían a mecerse.

Eran sus siluetas de pana, llaves de placer

que se abrían al asalto de otro cuerpo,

que volvían del orgasmo, reclamaban el nacer

y acababan disparando chorros de silencio.

Las bocas insinuantes absorbían elixires,

desolaban otras bocas, callaban otras lenguas,

apuñalaban los pechos de corazones visibles,

se detenían becadas por los fuegos y las aguas.

¡Pobres de los que no respiraron amores!;

que entregaron sus minutos a tristes impostores.

¡Pobres de los que no respiraron amores!;

y no supieron dar vida por trémulos temores.

Relucían sus sexos crecidos y potentes

adorando vaginales nuncas y jamases,

entraban disparando piedras y corrientes,

salían desgarrando dudas y compases.

Repuestos quedaban y volvían a mecerse,

vomitaban sus líquidos, rompían sus nidos,

vestidos y secos aplastaban los vientres

callando el silencio constante de los gemidos.

Febo  despuntaba sus dagas matinales,

las trizas asomaban tras huellas de delirio

sus ojos se perdían en hogueras abismales

y quedaba la postal del pobre niño herido.

 

 

De cómo se va dejando

-.l.-

Había sido él, el que no era;

equivocado en el alcance,

palpaba los sexos;

que se iban,

que seguían,

que quedaban.

Su cuerpo retrataba retaguardias,

ejercitaba el inocente pecado

que aún era un juego,

el de palpar los sexos;

que volvían ,

que acababan,

que secaban.

Respondía anhelante, despiadado,

al vicio de la lengua

que aprisionada en la carne

palpaba los sexos,

que lamían,

que chupaban,

que dejaban.

Calvarios de esperma y sudor

reclamaban los limites del cuerpo

sosteniendo los latidos,

que salían

que buscaban

que encontraban.

Costera era la noche que anclaba

regresos, que regalaba ocultas galas;

para someter, ahora, al sexo,

que revienta,

que justifica,

que agota. 

Había sido él, el que no era

o si era había sido él, que volvía,

que seguía y quedaba;

que acababa y secaba,

que lamía que chupaba

y reventaba,

y equivocado en el alcance

palpaba los sexos.

 

-.ll.-

 

Lleno de creencias, en su celda,

limó barrotes,

rasgó vestiduras y rosarios;

mató al santo,

olvidó al cura,

al Papa (o a papá) y su macabro silencio.

Había sido el mismo que no era,

con la creencia, ahora de no creer.

En una prisión de poros inundados

engendraba vientos y consignas

Y mató al cura y sus mentiras,

rompió el yeso de aquel santo;

y era el mismo que no era,

con la creencia, ahora, de gozar,

en ausencias anhelantes,

en humildes despedidas,

en placeres hundidos al tacto,

en ríos de estiércol.

Y caminando la calle paga,

mató al santo,

olvidó al cura,

del Papa ya no habló, 

y siendo el mismo que no era,

se crucificó;

también fue un mártir.

 

-.lll.-

 

Silbaba la noche común,

casi estúpida y vacía,

relámpago de soledades

anegaban la calle paga.

Fue en una esquina, cree,

no recuerda, ni quiere.

Fue de noche y no admitido;

y sí callado,

y no sin miedo

y sí sentido.

Cruzadas las miradas se buscaron,

llegaron de rodillas

a inundar el despunte solar

Transporte que acarrea ya a dos que no eran.

Boedo y después también.

Seis meses, fueron seis o tal vez menos

de insanías y desvelos.

seis meses, fueron seis o quizás más

esperando la entrega;

sin quebrar los cuerpos,

sin pedir nada...

Y seguía sin ser quien era.

volvía la nocturna silbatina,

se sentía el olor a sexo casto

y empezaba a saber quién era

él, que no era,

empezaba a conocer el amor

que fue olvidando.

  

-.lV.-

 

Menta de trasnoche y mucho humo,

alfombras lo habitaban,

suaves melodías,

sentidos los besos húmedos.

Lejanos recuerdos se acercaban a la culpa.

Un ajeno encierro

que pesaba en la balanza de intenciones.

¿Era quién el que no era?

Desde sus polares sentidos

temblaba en imposibles horas;

a imagen y semejanza de lo aprendido:

por separado,

por idiota,

por ejercicio.

Eran de amor sus horas con el que no era,

eran remansos cómplices

que habitaban otra historia.

Pero era y no era.

Desterró inesperados besares,

persiguió otra vez más, casi elocuente,

los tambores de la noche;

sus ritmos,

sus cadencias

sus avaricias.

Y volvió, una vez más, casi creyente

a buscar sus soledades en la noche.

 

 

  

Póstumo

-.l.-

 

Solo con mis muertes me fue dejando,

tras jornadas  cautelosas de exilio y rigor

y a su condena de cruciales espantos,

le fabriqué un asombro de garganta y pavor.

En su océano de luna y bienvenidas,

al delirio de su boca generosa,

al disfrute de su sangre y de sus días;

entregué mis etiquetas, pulsaciones y una rosa.

En dialectos misioneros buscaba los pretextos,

en su estirpe de niebla y firmamento los retazos,

en mi catedral inmóvil disimulamos los lamentos

y aparecieron los sobrios rastros del silencio.

Solo con mis muertes se fue dejando;

mudando su ceguera de oro, despojando sus filiales,

acariciando el fuego hasta apagarlo

penetrando los emblemas deleznables.

Dura tristeza bautizó mis cenizas arrugadas;

extinguiendo atenuantes, desmenuzando paciencias,

lamentando fronteras de colinas aladas,

curando mis revelaciones de santas esencias.

Jamás toqué sus bordes ni sus claves,

nunca bebí su viento, ni migré en sus terremotos.

No entendí la extraña errata de pasiones elementales

y encontró en mi remanso eterno,  el amor de otro.

 

-.ll.-

Volverás a caminar por estos versos,

por la extensión de mis palabras y la orilla,

por la vergüenza de arrojarte en el deseo,

por entregarme terminal, a la deriva.

Volverás a los añicos de mi abismo

y en silencio admitido sin acuerdo

derramarás la lluvia seca de egoísmo

y en serena pena volverás a mi recuerdo.

En los rumbos privados de tu sexo;

juntaré los momentos, regresarán los etcéteras,

faltaré a la fruición  arrabal de tus nexos,

faltarás a la armonía de mi triste meseta.

Volverás, deshojando patria y recompensas

mintiéndome con desgracias y extranjeros enigmas,

estrangulando preguntas oscuras y profesas

y con culpa por tus guerras llegarás hasta mis cimas.

Sin embargo, despojado de tu invisible recato,

viajaré hasta tus mejillas, tu recinto, tus ojivas,

besaré la incansable cantera de tu encanto,

Detonaré en silencio la postal de nuestra vida.

Y en la hojas que caen  en nuestro lago;

dialogarán los instantes, la pólvora, el deseo,

el modesto abismo no será tan malo

y volverás a caminar por estos versos.

 

-.lll.-

 

Volvió de una noche, estoy seguro,

de su rutinaria tela, del hastío,

desde ese tugurio en falsos rumbos,

a mi guarida, mi trofeo altivo. 

A tono en la humedad de mi modestia

exorcizó el ladrillo necesario

para sacar desde el alma oscura bestia,

y volverse un laberinto temerario.

Volvió desde un fondo de penumbras

nacido de inmarcesibles memorias,

a incendiar mi ruego en breves sombras

hasta la senda misma de nuestra historia.

Quedamos extinguidos al filo de los pasos

entre sudores de sexo y ruego continuados;

penetrando poros, obligando abrazos,

mendigando ganas, regalando orgasmos.

Sentí su boca bebiendo de mi cántaro;

sus manos de almendras recorriendo mi anhelo,

su dulce saliva encontrando mi páramo,

su vaivén animal convidando el jadeo.

Se volvieron sus ojos transparencias de tiempo

sus manos ardían en mi cuerpo durmiente,

la voz me pedía en ruego sediento;

un único  beso, un ultimo intento.

 

-.lV.-

 

En la soledad de mis muertes te voy dejando;

no bastó la transparencia de tus ojos ni el intento,

no alcanzaste mi meteoro, ni abrazaste mis cimientos

ni adoraste el polvoriento sacrificio de mi tiempo.

Mendigando amor buscaste excusas, dudas,

engendrando ganas, incendiaste avaricias,

olvidando lo divino que te trajo aquí, apuras,

el renacer de mis ansias, las caricias.

Los lebreles que aparecen en tu ruego descarado

anuncian la impiedad del hierro de mi pecho, 

y manchado por la poderosa franja en tu pantano,

remonto barriletes de humo y despecho.

Llana mi meseta se decreta insobornable,

mis ramas sin lago impulsan las gaviotas

y en la bravura oscura y divina de mi aldea

obligo a mis mármoles a sumergirte en la derrota.

 

 

 

Resurrecciones.

 

-.l.-

 

Resurrección de cuerpos,

ausencias y olvidos,

disipadas tristezas,

ópalos precavidos.

Ahora llega y se va,

traspasa horizontes y quimeras.

Quedan el incienso y el humo despiertos,

olores y pudores,

sexo y soledad.

Un último aviso:

junten los restos,

desbasten el río,

armen las ganas;

en silencio: abracen una ternura

y vuelvan a ser lo que alguna vez fueron.

 

-.ll.-

 

Me desesperan las horas

que pasan muertas,

quietas, vulgares.

que no permiten

el regalo de un poema,

que desesperan mi intranquilidad

en su quietud.

Me ahogo en el murmullo

de voces que no conozco

e, insaciables, no dicen nada;

perturban otras voces

y reclaman sentimientos.  

Me desesperan las horas

que pasan muertas,

que levantan sepulturas de tiempo.

Me desesperan... pero aquí...

no puedo evitarlas.

 

-.lll.-

 

Han cambiado los colores,

los aromas,

ha envejecido mi letra,

que traza otros mares

en dispares palabras.

Truncos movimientos

se asoman tras la puerta,

desmerecen claridades

y porfías;

aparecen con el rocío matinal

y mueren en los conectores

que juntan la tarde con su noche.

Han cambiado los tiempos

y las desmesuras, los cuidados

y los adioses.

Se ahogan los días y ya no me importa

saber que en las ausencias

la soledad no me provoca.

He perdido alguna religión

y recobrado cobardías.

Pero he seguido;

arrepintiéndome y no,

amando y no

cambiando y volviendo a ser. 

 

-.lV.-

 

Qué sensación de desperdicio

ésta que se presenta;

me gusta recordar que no he olvidado

y que escribo simplemente para no sentirme solo.

Que miserable expresión que hoy confieso

manifestando ausencias, reconociendo vacíos

y otra vez, una más y otra:

volverme espuma hacia el mar que dejé,

tragarme la tierra que caminé tranquilo,

dormirme sin sueños esperando anomias

Y otra vez, una más y otra:

saberme solo.

  

Abordajes y desmedidas.

 

-.l.-

 

Inesperadas eran esas noches, y proféticas;

ese era el misterio y el sentido,

menores eran los vicios en ese entonces

y la furia,

y el todo,

cuando trataba de descifrar la culpa;

asimilar costumbres,

inventar ritos,

cerrar aromas.

Y podía , pero no, porque volvía

mendigo de conciencia,

habitado por el desafió

de ser él, el que no era.

Bella la noche cobijaba el cuerpo

aumentaba la marcha,

poseía y envenenaba,

lo trasladaba hasta el vacío;

de camas,

de jadeos,

de olvido.

Y en la búsqueda, constante y peligrosa,

perseguía lo perdido,

no estaba equivocado, pero lo estaba.

 

-.ll.-

 

Buscarse y no hallarse,

en cada oscuridad, cada caída.

Sustraerse cómplice 

ante el gozo sin gozo

de aquel túnel oscuro de manos

que rozaban y llamaban,

que abarcaban desde la espesura.

Y eran lenguas,

que abandonaban bocas

para llegar a la del que no era.

Y sabían a miel.

Y sabían a hiel.

Vestían la piel de saliva

Para ser quienes eran:

puertos sin costumbres,

tumbas de intenciones,

inoportunas alianzas,

que acompañaban su furia;

esa de mil noches

esa de ningún día.

 

-.lll.-

 

Otras noches, que fueron imposible de abarcarlo,

lo volvían a la luz de sus diez años...

o sus quince anocheceres, que eran más,

más de lo mismo:

al ejercicio del potrero

a la avenida vacía

y la lluvia de sapitos.

Aun más inoportuna, llegaba y se instalaba:

la voz de su madre y sus cuidados,