A favor y en contra de la playa

Un elogio de Edmundo Paz Soldán
Una diatriba de Iván Thays

Etiqueta Negra, Año 4, nº 21


Un elogio de Edmundo Paz Soldán 

Me gusta la playa porque soy boliviano y se supone que los bolivianos vivimos añorando el mar y que no pasa un solo día en el que no soñemos con un remanso de olas acariciando la arena. En nuestro ejército tenemos incluso almirantes y contraalmirantes, por ahora para que naveguen en nuestros ríos, pero siempre con la esperanza de que algún día puedan volver a capitanear un barco en mar abierto. Y en los concursos de Miss Bolivia, aparte de las candidatas de nuestros nueve departamentos, también hay una Miss Litoral para que no nos olvidemos de nuestra provincia perdida, nuestro mar perdido, nuestra playa perdida.  

Me gusta la playa porque hace muchos años me fui de Bolivia y aprendí que a pesar de todo lo que ciertos intelectuales coléricos dicen en contra de ella y del exhibicionismo barato y de toda esa parafernalia artificial que suele rodearla –la silicona, la liposucción–, pocas veces me sentí tan libre como cuando oriné dentro del mar creyendo que nadie se daría cuenta. Me gusta la playa porque a pesar de que muchas veces un chiquillo me arrojó arena a los ojos y lo odié, ahora tengo un hijo de cuatro años y nada me hace disfrutar tanto como cuando Gabriel echa arena a los señores y señoras cascarrabias del lugar, tan quemados por el sol, mientras hablan sin parar en sus celulares o leen el periódico del día o la revista Hola. También me gusta la playa porque a los nueve años la conocí por primera vez, en un viaje que hice a Miami, y en ese viaje los policías norteamericanos –que siempre asustan– arrestaron a mi mamá por un malentendido mientras yo me bañaba en la playa del hotel Shelborne, y si bien no hay nada más plástico y kitsch que Miami, lo cierto es que para mí ese trauma infantil está ligado al recuerdo del calor de la arena en mis pies en una deprimente playa de hotel, y ya se sabe –gracias, Proust– lo que hace el trabajo de la memoria con los traumas y lugares deprimentes: los embellece. Me gusta además porque a los diecisiete años viajé a Río de Janeiro y me quedé en un hotel cerca de Ipanema, y todavía tengo dibujado en mi rostro el asombro de cuando vi aparecer de las olas a una niña-mujer que a manera de top tenía apenas dos adhesivos rosados cubriéndole los senos.

 

Una diatriba de Iván Thays 

Odio la playa porque odio el sol, el verano, las playas de arena, las playas de piedras, la arena que se queda entre los dedos y en otras partes del cuerpo de difícil acceso, el desfile de sombrillas de colores y la mayoría con logotipos, el ruido infernal de las avionetas que hacen publicidad aérea, el fútbol-playa, el vóley-playa, el freesbe, la paleta de playa, el buceo y el snorkelling, los castillos de arena mentales y los reales, los niños que echan arena, los niños que echan agua, los baldes de arena, las piscinas inflables, los gritos de los bañistas, los rateros, los que orinan delante de todo el mundo, los que orinan dentro del mar creyendo que nadie se da cuenta, las palmeras, el chillido de las gaviotas, los pelícanos, las conchas marinas y su célebre mala suerte (hacen que pierdas dinero), las caras de culo de las chicas en tanga, las bermudas, las sandalias, los dibujos de las toallas, las tangas masculinas, la ropa surf, el surf, los tablistas que hablan por teléfono celular sacando el culo, la pirámide social repitiendo sus diferencias sólo que desnudas, el concepto de playa-vanidad y su patético exhibicionismo, las barrigas planas con músculos en las chicas, los bíceps, los tríceps, las tetas de silicona, el bótox, la liposucción, los jubilados que usan catalejos para mirar bikinis, los lentes de sol, el calor, sudar, sudar junto a desconocidos, los heladeros de playa, los vendedores de libros piratas en la playa ...

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