Srebrenica
cuento
Edmundo paz soldán
A la memoria de Elizabeth Neuf
fer,
cuya investigación me
permitió escribir este cuento.
Conocí las fosas comunes de Srebrenica porque mi novio me dejó y me quedé sin
planes para el resto del verano. Me la pasé llorando dos noches y luego
recordé la invitación de mi jefe y lo llamé y le pregunté si era tarde para
unirme al grupo. Me dijo que no, pero que debía apurarme con los papeles; era
domingo, salíamos el viernes. Me dijo que le alegraba mi decisión. No le conté
las verdaderas razones.
Estábamos en julio de 1996. Cuando los periódicos y los noticieros televisivos
hablaban de la guerra en Bosnia, palabras como "limpieza étnica" y "genocidio"
aparecían con frecuencia. Se conocía la existencia de por lo menos veinte
fosas comunes en la región; en Srebrenica había entre seis y ocho. Reconozco
que no es fácil dedicar parte de un verano a la exhumación de estas fosas.
Sobre todo si una tiene veinticinco años y está enamorada.
Mi ex novio se llama Marcos y es argentino. Siempre me dijeron que me cuidara
de los latinos, o latinoamericanos, es lo mismo. Pero, acaso porque soy de
Kansas, siempre me atrajeron. Después de crecer al lado de tantos chicos
rubios, una tez más morena y un acento inglés fuerte son el colmo del
exotismo. A Marcos lo conocí en una recepción en honor a los nuevos
estudiantes al doctorado en antropología. En ese entonces yo mantenía una
relación a la distancia con un chico español que vivía en Sevilla. Marcos me
dijo que eso no le importaba, pero tres meses después se cansó y me dio un
ultimátum: debía decidir entre el español o él. Esa misma noche corté con el
español. Marcos debió haberse dado cuenta de que estaba enamorada: yo estaba
feliz con él y no disimulaba mis sentimientos. ƒse fue, acaso, el comienzo del
fin.
El fin llegó siete meses después. Para no perderlo había tolerado muchas
cosas: por ejemplo, si estábamos juntos un viernes, eso significaba que no nos
veríamos el sábado: él decía que necesitaba estar con sus amigos. Yo
sospechaba de otras cosas -él era guapo a pesar de sus largas patillas, y su
mirada penetrante y su labia atraían a las mujeres-, pero prefería reprimir
esas sospechas. Supongo que Marcos se acostó con muchas mujeres esos meses,
hasta que llegó una que le dijo que debía decidir entre ella o yo. Y Marcos
decidió.
Bertrand, mi jefe, es un antropólogo forense, una de las autoridades mundiales
en exhumación de fosas comunes. Se había hecho famoso por su trabajo en El
Mozote. Tomé una clase con él mi primer semestre en Cornell, y me impresionó.
Era desgarbado y el vestirse bien no era una de sus prioridades -no sabía
combinar colores y había manchas de café y comida en sus camisas-, pero sus
clases eran magníficas y nos convencía y conmovía su fe en que los huesos de
los cadáveres permitían reconstruir la forma de la muerte y acaso la identidad
de la persona. El segundo semestre me convertí en su asistente para un
proyecto de investigación en la biblioteca. Ese semestre viajó mucho: se había
formado el Tribunal Yugoslavo para enjuiciar como criminales de guerra a los
líderes serbios responsables de las matanzas de serbios y croatas musulmanes
en Bosnia, y el tribunal necesitaba pruebas de esos crímenes. Se había
decidido exhumar las fosas comunes en Srebrenica; mi jefe sería uno de los
responsables de la exhumación.
Bertrand intentó convencerme de que lo acompañara, me dijo que sería una
experiencia única. Tendría trabajo en el verano, podría escribir al respecto.
Rechacé su oferta. Cuando se lo conté a Marcos, se puso del lado de mi jefe e
insistió en que fuera. Me dijo que él venía de un país diezmado por una
"guerra sucia" y que eso lo hacía valorar el trabajo de quienes se dedicaban a
exhumar cadáveres e identificar a los desaparecidos. Pensá en tanta gente, me
dijo en español -yo entendía, fue mi minor cuando hice el B.A.- que te
agradecerá que les devuelvas al hermano, al papá muerto. Me conmoví y estuve a
punto de ceder. ¿Era sincero o ya estaba pensando que no sería mala idea estar
solo el verano? Eso ya no importa. O al menos no debería.
La casa en la que nos alojaríamos las cuatro chicas que llegamos de
voluntarias -todas estudiantes de doctorados en antropología- se encontraba en
Tuzla, una ciudad a la que se habían venido a refugiar las mujeres y los niños
de Srebrenica después de que ésta cayera en manos enemigas un año atrás; casi
ocho mil hombres, bosnios musulmanes ellos, se quedaron prisioneros de los
serbobosnios en Srebrenica. Luego se los llevó en camiones a las afueras de la
ciudad, con las manos atadas y los ojos vendados; a algunos grupos se los
fusiló en descampados apenas bajaron de los camiones; a otros se los despachó
con un balazo en la nuca; a otros se les ordenó correr y luego se los cazó
como animales.
La casa estaba cerca de una iglesia abandonada y un bosque de altos pinos. Era
vieja y tenía las ventanas rotas. El piso de mosaicos estaba lleno de
desperdicios y había hormigas y grillos en la cocina. La taza del baño había
perdido su asiento y había que traer agua en baldes para largar la cadena. La
ducha era fría. No había televisor, pero sí una radio en la que se podía
captar la programación internacional de la BBC. Había tres habitaciones y a mí
me tocó compartir una con Debbie, una rubia agraciada, bajita y de pelo corto,
que venía de Stanford. Las camas tenían apenas una sábana y un cobertor
liviano; nos haría frío en las noches.
Después de comer un arroz con huevos preparado por Emilia -una chilena que
estudiaba en Emory-, nos fuimos a nuestros cuartos. Debbie se echó en la cama
y se puso a escuchar música en su walkman, con los ojos abiertos pero ausente.
Su colección de CDs en el velador decía: Ella Fitzgerald, Billie Holliday,
Melissa Etheridge. Yo quería hablar de Marcos, pero no me quedó más que
continuar con Balkan Ghosts, el libro que había comenzado a leer en el viaje
en avión y que me estaba ayudando a comprender los odios ancestrales en la
región.
Lo primero que me sorprendió de la fosa común de Cerska fue el olor. Era un
penetrante olor a amoniaco, que remitía a lo putrefacto. Los cadáveres estaban
amontonados unos sobre otros, en diversos estados de descomposición, algunos
completos y otros muy incompletos: una pierna por aquí, un brazo por acá. A
veces sólo se veían huesos (tibias, fémures); otras, los huesos estaban
adheridos a la carne o formaban una masa pegajosa con la tierra. Había camisas
deshilachadas, zapatos de tenis, jeans LeviÕs. Pude observar, sobre un cráneo
desenterrado a medias bajo el sol violento de la mañana, un gorro azul de
béisbol con el logo de Nike a los costados.
Quizás en una película la primera reacción de un personaje como yo al ver la
fosa hubiera sido correr a un costado y vomitar. Hubo náuseas, pero no el
deseo de vomitar. Traté de olvidarme del montón y me dediqué a imaginar el
rostro de mejillas huesudas del hombre que algún día había usado ese gorro
azul. Lo había comprado acaso a un vendedor callejero, un sábado por la mañana
de un verano como éste; quizás lo acompañaba su novia. Estaban felices a pesar
de la guerra; estaban juntos y sólo eso importaba. Luego fueron a pasear por
un parque y a soñar con el día en que la guerra acabaría y volvería la
normalidad al país. O a los países, pues uno nunca sabía en los Balcanes.
Bertrand se puso unos guantes de goma e inmediatamente saltó a la fosa y se
unió a dos antropólogos mexicanos que extraían con cuidado la tierra y las
raíces adheridas a los huesos de un cadáver. Los huesos de cada cadáver eran
puestos en una bolsa blanca a la que luego se la identificaba con un número
rojo. Mi trabajo consistiría en meter en una computadora los datos de cada
cadáver.
Esa noche, recostada sobre un sofá de resortes vencidos, Emilia no paraba de
sollozar y de preguntarse qué diablos hacía aquí y de responderse de inmediato
que todo tenía un sentido, incluso lo que no tenía sentido. Amber se duchó dos
veces para sacar de su cuerpo todo el olor que se le había impregnado de la
fosa común.
Me acosté temprano, agotada. Había logrado conciliar el sueño cuando algo me
despertó; en la penumbra, pude distinguir el rostro de Debbie. Estaba vestida
con una polera que le llegaba hasta las rodillas. Me preguntó si podía dormir
junto a mí. No le pregunté por qué ni ella me lo dijo, me pareció un pedido
normal en esas circunstancias; dejé que entrara en mi cama y le di la espalda.
Me abrazó, sus pechos apretados contra mi espalda; una de sus manos descansó
en mi estómago. Usaba una crema para dormir con olor a cítricos; era un aroma
fragante que impregnó mi cuerpo.
La sentí llorar en silencio. Al rato, yo también estaba llorando.
Alrededor de noventa personas trabajaban en la fosa común de Cerska, entre
ellos antropólogos, patólogos y arqueólogos. Nos custodiaban soldados de la
OTAN apostados en camiones y en Humvees (después de todo, nos encontrábamos en
territorio controlado por los serbios). Había actividad por todas partes: un
grupo caminaba de un lado a otro, con un detector de metal en busca de
residuos de balas; otro grupo trabajaba con una excavadora, removiendo
cuidadosamente la tierra y deteniéndose apenas había señales de un cuerpo; se
revisaba la tierra removida en busca de fragmentos de huesos; se fotografiaba
cada cuerpo para que los investigadores pudieran luego saber su posición
exacta en la fosa. Debbie estaba en el grupo de fotógrafas, Birkenstocks y una
polera blanca; no llevaba sostén. Vi a más de un hombre que la miraba de
reojo.
Bertrand, con un cigarrillo entre los labios, dirigía todo de forma obsesiva.
Había ordenado que los cuerpos no fueran movidos del lugar donde habían sido
encontrados hasta que él llegara; sólo con él al lado se podían poner los
cuerpos en las bolsas. ƒl entonces dictaba notas acerca de los huesos y las
pertenencias de cada cadáver en una grabadora. Me iba dando los casetes con
las notas, y yo las pasaba a una computadora.
-Lindo lugar -decía Bertrand-. Fácil de entender por qué lo escogieron.
Nos hallábamos en un terraplén al lado -y a cincuenta metros abajo- de un
camino de tierra, formando un hueco ideal para una fosa común. Los prisioneros
habían sido ejecutados al borde del camino y sus cuerpos habían caído sobre el
terraplén. Luego se había procedido a rellenar parte del hueco.
-No estoy aquí ni un día y ya me quiero ir -dije-. ¿No se cansa?
-Mi mujer es la que se cansa -Bertrand sonrió mientras me mostraba un cadáver
con las muñecas amarradas por un cable-. Yo no. De la muerte no. Lo que de
verdad me cansa son todos los detalles que hay que cuidar para que esto
funcione. Ahora me dicen que la compañía que contratamos para cuidar la fosa
por las noches no podrá hacerlo. Y es peligroso. Tenemos fotos de satélites
que muestran a gente robando objetos de las fosas de Glogova.
-Increíble.
-Ajá. Con algunos del equipo hemos decidido turnarnos y quedarnos a dormir
aquí. Como los soldados de la NATO están obligados a proteger al equipo, no
tendrán otra que quedarse con nosotros por las noches.
Imaginé a Bertrand durmiendo en el Land Rover bajo el manto de estrellas de la
noche de verano. Luego me vi obligada a imaginar la fosa común a su lado. Con
Bertrand de por medio, esas dos imágenes juntas no tenían nada de
incongruente.
Esa noche Debbie volvió a dormir conmigo. Ninguna de las dos lloró esta vez, y
tampoco pronunciamos palabra alguna. Yo tenía ganas de charlar, pero no quería
romper ese silencio. Me reconfortaba y protegía su cuerpo apoyado contra el
mío. Era dócil y blando, como si careciera de huesos.
Me hubiera gustado sentir más piel que la de su mano tibia en mi estómago. Me
recordaba a los pijama parties de mis doce y trece años, cuando nos reuníamos
en la casa de una amiga en Lawrence y varias niñas, eufóricas de tanto ponche
y tanta charla, terminábamos durmiendo tiradas en los colchones instalados en
el living, la pierna de una sobre la barriga de otra, las manos entrelazadas,
en una inocente camaradería. Luego me enteré que algunos de esos encuentros
entre piel y piel no eran tan inocentes como parecían, pero en el recuerdo
quedaban como yo los había vivido.
El martes un grupo de mujeres visitó nuestra casa. Eran bosniomusulmanas,
refugiadas en Tuzla después de la caída de Srebrenica. Se habían enterado que
pertenecíamos al grupo a cargo de las exhumaciones en Cerska, y venían a
buscar información sobre sus esposos, sus hijos, sus amantes. Salimos a la
puerta y nos rodearon; las hicimos pasar. En un inglés muy precario, nos
dijeron que en una reunión con comisionados de las Naciones Unidas se les
había prometido que podrían estar al lado de las fosas comunes cuando las
exhumaciones se llevaran a cabo, para ayudar en el proceso de identificación.
Recordé una clase de Bertrand en la que nos había contado que las exhumaciones
de El Mozote se habían hecho con las mujeres presentes. Debbie les dijo que no
les podía prometer nada, éramos unas simples voluntarias, pero que llevaría su
queja a los encargados de la exhumación.
Sdenka, una mujer alta y de pelo negro rizado, comenzó a describir la forma en
que su hijo estaba vestido la última vez que lo había visto: jeans, una polera
blanca, una gorra azul.
-¿De Nike? -pregunté, sintiéndome algo tonta.
-Eso no lo recuerdo -dijo Sdenka, agarrándome con fuerza de la camisa-. Pero
tenía una cicatriz en su rodilla derecha. Jugaba mucho al fútbol. Y sus
dientes eran perfectos. ¿Lo ha visto?
Negué con la cabeza. Otra mujer comenzó a describir a su esposo -una chamarra
de jean, un cinturón negro, la nariz rota-, y luego la letanía de detalles se
tornó confusa e interminable. Me sentí como una arqueóloga del presente,
tratando de armar los rompecabezas de cuerpos similares a los nuestros, con
parecidos huesos de narices y dolores artríticos, un ejército de jóvenes y no
tan jóvenes usando Nike y Adidas y Reebok y LeviÕs, esas marcas que de tan
ubicuas terminan confundiéndose con el paisaje, invisibles hasta que una fosa
común les devuelve su poderosa presencia.
Debbie no había prometido nada inicialmente, pero las mujeres no se fueron
hasta que Emilia les prometió que haríamos todo lo posible por ayudarlas a
identificar a sus muertos. Cada una de ellas escribió una lista de las señas
particulares y la ropa que llevaban la última vez que los habían visto.
Entendí un poco más la dedicación de Bertrand a su trabajo y el sentido de
nuestra presencia en Cerska.
Al llegar a mi habitación, me miré el cuerpo en un espejo de bolsillo que
tenía en la maleta; la carne desaparecía y me quedaba contemplando mi
esqueleto: el cráneo, la clavícula, un omoplato. El destino de todos, en el
fondo, era una fosa común: todos nuestros cuerpos se irían entremezclando bajo
la tierra, corroídos por el tiempo y los gusanos, huesos que se tornan en
fragmentos de huesos, pieles que se hacen polvo. Pero a esa fosa se debía
llegar por la natural corrupción de la carne o por un accidente o una
enfermedad imprevista, y no gracias al implacable trabajo de otros hombres.
El día en que cumplimos una semana de trabajo en Cerska, Amber decidió volver
a los Estados Unidos. Dijo que le interesaban otros aspectos de la
antropología y que se había equivocado al venir. Bertrand intentó convencerla
de que se quedara, sin mucho éxito. La ayudé a hacer sus maletas.
La frustración se reflejaba en la cara de Bertrand. Amber era parte
prescindible del equipo; sin embargo, Bertrand actuaba como si la exhumación
no pudiera continuar sin ella. Era un rasgo de su obsesión: le costaba
entender que otros no vieran el lado sublime de su entrega. Me pregunté qué
podía llevar a un ser humano a escoger semejante causa. Alguna vez me había
preguntado lo mismo acerca de los dentistas y los proctólogos: ¿qué rayo los
había iluminado para seguir un camino tan poco común? ¿Uno nacía para eso, o
se hacía, iba cayendo en ello sin darse cuenta? Y yo debía reconocer que no
estaba lejos de ese magnetismo inexplicable con que una vocación nos seduce.
Había decidido estudiar antropología después de ver a Sigourney Weaver
haciendo de Jane Goodall en una película. Después de obtener el B.A. pensé en
el doctorado; no me convencía del todo, pero tampoco me molestaba continuar
estudiando antropología. No había tenido la suerte, como otros, de ser marcada
a fuego por una vocación, pero al menos no tenía otros intereses. Y después
apareció Bertrand y poco a poco yo también quería hacer que los huesos
hablaran y me dijeran a quiénes pertenecieron y cómo fue que habían dejado de
ser en este mundo.
Esa noche, Debbie, Emilia y yo nos acabamos dos botellas de un vino barato y,
entre risas y sollozos -o sollozos risueños-, nos contamos de nuestros amores:
Emilia se casaría en diciembre con Dino, un italiano que estudiaba negocios en
su universidad y al que le era infiel con cierta regularidad; Debbie salía,
sin compromisos, con Elka, una noruega que jugaba lacrosse en el equipo de
Stanford y a la que le llevaba casi diez años; y yo, yo acababa de terminar
con Marcos. Brindamos a la salud de las mujeres.
Cuando nos fuimos al cuarto y nos echamos en mi cama, la mano de Debbie se
posó sobre mi estómago y lentamente fue avanzando hasta tocar mis pechos. Mis
pezones se pusieron rígidos. Cerré los ojos y la dejé hacer; acaso el alcohol
me desinhibía. Al rato, sentí que me levantaba el camisón y que su lengua
comenzaba a recorrer mi espalda. La dejé hacer. Luego sus manos y su lengua
fueron por otros rumbos, y no dije nada. Me gustaba ese contacto suave, a la
vez disimulado y explícito. Su piel carecía de las rugosidades a las que
estaba acostumbrada en el contacto con otras pieles.
Me preguntó si era mi primera vez. Le dije que sí, aunque hubiera querido
mentirle. Me pidió que no sólo me dejara hacer, que tuviera un rol más activo.
Me costó soltarme. Igual, creo que las dos disfrutamos. Tuvimos que cerrar la
puerta para que Emilia no escuchara los crujidos de la cama.
Debbie se durmió con la cabeza entre mis pechos. Y yo me dormí mientras
acariciaba sus cabellos rubios, su cerquillo Príncipe Valiente.
La alarma nos despertó temprano. Nos recogían a las siete y media. Había
pasado el efecto del alcohol y aun así me sentía bien. En el jeep, incluso
dejé que Debbie me agarrara de la mano mientras nadie nos viera.
Los investigadores todavía no habían llegado al cráneo con el gorro azul de
Nike. Se me ocurrió que si las refugiadas de Srebrenica no podían venir a
Cerska, yo les podía llevar algo de Cerska. Aprovecharía un descuido y me
llevaría el gorro a Tuzla, para mostrárselo a Sdenka. Acaso sería el que
perteneció a su hijo, y eso la ayudaría a cicatrizar esa herida que no la
dejaba dormir durante las noches.
Debía desbaratar esos pensamientos, por más bien intencionados que fueran. No
estaba pensando como una aprendiz de científica sino como una vulgar ladrona.
Al final, me contenté con prestarme la máquina fotográfica de Debbie -una
Canon digital- y de pedirle permiso a Bertrand para acercarme al gorro y
sacarle fotos. Saqué diecisiete fotos.
Le conté a Debbie de Marcos. Estábamos en su cama, era más angosta pero menos
ruidosa que la mía. Del cuarto de Emilia provenían las voces de la BBC, apenas
discernibles en medio del fragor de la estática. Debbie apoyó su cabeza en mi
pecho y me dijo que Marcos le parecía un tipo estúpido y que no entendía qué
diablos le había visto. Yo tampoco lo entendía, pero así funcionaba el amor,
¿no? Me preguntó si todavía lo quería. Le dije que sí, que a veces lo
extrañaba.
-Espero que estas semanas te sirvan para cambiar de preferencias -me dijo-. Si
lo que vemos cada día no te convence del todo de la imbecilidad de los
hombres, no sé qué más te puede convencer.
-Me gustaría que me gusten las mujeres por ellas mismas -dije-, no porque me
hayan decepcionado los hombres. ¿Eso fue lo que te pasó?
Imaginé un tío que la había abusado en la infancia, un novio que la había
violado en la adolescencia, un primer amor que la había engañado con toda
mujer que se le cruzara por delante.
-A decir verdad, no -dijo-. Nunca me atrajeron los hombres, y punto. Pero me
alegro de eso. Son tan brutos, tan primitivos.
-Hay de todo.
-Seguro. Pero no hay mujeres como ellos, tan capaces para el mal.
Ninguna pudo convencer a la otra. Terminamos la discusión haciendo el amor
frenéticamente. Yo ya me animaba a soltarme.
Cuerpo treinta y nueve: un cráneo con una perforación de bala a la altura de
la nuca, un gorro azul con el logo de Nike a los costados.
No habíamos cumplido diez días de trabajo y ya se habían llegado a exhumar
cien cuerpos, más de los que se esperaba que hubiera en la fosa común de
Cerska. La prensa internacional se interesó, y el gobierno serbobosnio, que
hasta el momento había guardado silencio, se preocupó. Los cráneos destrozados
por las balas y las muñecas amarradas con cables eran señales claras de que
aquellos hombres no habían muerto en medio de una batalla, como decía el
gobierno serbiobosnio, sino que habían sido ejecutados a sangre fría.
Faltaba poco para terminar la exhumación y de pronto me sorprendí diciéndome
que no quería que terminara. Después de Cerska, yo acompañaría a Bertrand a
exhumar la fosa común de Nova Kasaba, cerca de una cancha de fútbol; Debbie,
en cambio, se volvería a los Estados Unidos. La esperaba la jugadora de
lacrosse en Palo Alto, el verano de sol y playa en California.
Las mujeres volvieron a visitarnos. No teníamos mucho para ofrecerles. Le
mostré mis fotos de la gorra a Sdenka. Cuando vi la desilusión en el rostro,
me desesperé. Debía haberle pedido, primero, que me describiera el gorro en
detalle, y luego debía haber hecho lo imposible por encontrar un pedazo de
realidad que estuviera de acuerdo con su descripción. Podía incluso haberle
pedido a Marcos que me enviara por Federal Express un gorro como el que
rememoraba la mujer, y luego podía haberlo fotografiado, o mejor, podía
haberlo desgarrado y cubierto de tierra en la fosa de Cerska, y luego
presentárselo como si fuera el que ella buscaba. El deseo de aferrarse a una
certidumbre, por más remota que ésta fuera, hubiera hecho el resto.
La exhumación de Cerska concluyó el 19 de julio, doce días después de
iniciada. Alrededor de ciento cincuenta cuerpos y fragmentos de cuerpos se
hallaban en bolsas en el camión refrigerador que las llevaría a la morgue en
Kalesija, para que los patólogos forenses pudieran continuar la investigación.
Bertrand, ojeroso y con las ropas sucias y un olor a tabaco en el cuerpo
-había llegado a fumar dos cajetillas al día-, estaba radiante, pero eso no lo
hacía detenerse: ya estaba preparando todo para iniciar la exhumación de Nova
Kasaba. Nos pidió a Emilia y a mí que nos alistáramos, partíamos al día
siguiente.
No hubo mucho tiempo para mi despedida con Debbie, tan sólo esa noche. Quizás
era mejor así. Le dije, mientras acariciaba sus mejillas, tan delicadas que
acaso con un poco de presión de mis manos se romperían en mil pedazos, que la
extrañaría y le escribiría y quizás algún día la sorprendería visitándola en
Palo Alto. Se quedó callada un buen rato. Luego me dijo que lo mejor era que
guardáramos esos días que habíamos pasado juntas como algo especial,
imborrable. Me pidió que no le escribiera, no quería arriesgar su relación con
Elka. Mejor: me pidió que no tratara de contactarla.
Asentí. La entendía. Le dije que nunca olvidaría su olor a cítricos. Jugué con
su pelo, le dije que tampoco olvidaría su cerquillo. Espero que tampoco
olvides otras cosas de mí, me dijo, la mirada pícara. Luego me besó con ardor,
sus dedos acariciaron mis pezones, y me dejé hacer.
¿Puede uno, en este trabajo, perder la sorpresa, desensibilizarse, entrar en
la rutina? La fosa de Nova Kasaba era la segunda que visitaba, y me sorprendió
aún más que la primera. El olor a amoniaco, los huesos desparramados, las
prendas de ropa adheridas a la carne: todo era familiar y a la vez
sorprendente hasta la conmoción. Sospechaba que yo nunca dejaría de
sorprenderme.
Esa tarde extrañé a Marcos y lo llamé desde una cabina telefónica
internacional. Apenas me contestó, me di cuenta que ésa no era la voz que
quería escuchar, y colgué.
Lateral, enero 2005 Nº 121
Encontrado en: http://www.lateral-ed.es/revista/articulos/121_cuento.htm