Una noche en Mi Medusa

Edmundo Paz Soldán y José Sanjinés


Había conocido a Laura (o mejor: había creído conocerla) en la estación de tren, como suele ocurrir en las películas románticas. Lo irónico era que ese primer encuentro haya ocurrido en esta misma estación en la que Madelo esperaba ahora, adormilado y con un descomunal dolor de cabeza, que llegara el tren que lo llevaría lejos de Piedras Altas.

Ella había ido a despedir a su enamorado de turno y todavía tenía un pañuelo en la mano cuando se dio la vuelta de improviso al dejar el andén y se topó cara a cara con él. Ella murmuró unas disculpas, continuó su camino y de pronto se detuvo, giró sobre sus talones y le preguntó si no era Ricardo Madelo, el director de cine. Él dijo que sí, ella sonrió, y la rueda de acontecimientos comenzó a andar bajo su torpe, desasosegada, improvista dinámica.

Desde su asiento en la estación, y casi a punto de volver a caer dormido, Madelo no pudo distinguir si era su tren que llegaba a la estación u otro que se alejaba de ella. Le pareció oír unas sirenas y supuso (quiso creer) que la policía tardaría al menos un par de días en recibir el sobre y darle una nueva ojeada al Mi Medusa. Nadie lo echaría de menos a él por unos días, no, Sarah sabía que estaba de viaje y no iba a extrañarlo; tampoco echarían de menos a Laura hasta el fin de semana, cuando su ausencia en los restaurants y discotecas de moda sería un hueco fulgurante en el corazón de la fiesta. Extraña, contradictoria Laura, encerrada en su apartado caserón de lunes a viernes, y de pronto un torbellino de presencias en los lugares más palpitantes de la ciudad, hasta hacer pensar a la gente que se trataba de múltiples Lauras las que tomaban Piedras Altas por asalto.

Que la próxima escena entablara con la última le pareció casi natural a Madelo. A la espera de Sarah que llegaba de Las Lomas se había distraído viendo a dos chicos jugar fútbol con una naranja en un rincón del andén donde se arremolinaba el polvo. De golpe la vio. Llevaba unos pantalones elásticos con un diseño felino que parecía como pintado desde las botas de taco alto hasta la cintura. Vio otra vez su ombligo. Recordó haber recorrido su esbelta figura como si por una fracción de segundo fuera invitado a explorar un peligroso territorio que terminaba en una discreta sonrisa de boquita pintada y en dos fijos ojos negros. Ella había vuelto a pronunciar su nombre, y antes de que pudiera preguntarle cómo era que lo conocía, escuchó su voz de nuevo...
--Me gustó Una noche en Mi Medusa...
Desde esa voz, Madelo recibió el título de su último documental como una oferta. Esa voz...
--Mucho. Claro, quedó mejor con los arreglos que le hice.
--¿Qué arreglos?
--Las tijeras todo lo pueden. Alguna de estas noches deberías verlo. De por ahí no lo reconozcas, pero ese es tu problema, ¿no?

Madelo sintió el tono burlón en la voz calmada, la insólita agresión que lo empujaba contra una pared. ¿Quién era esta mujer que se había atrevido a cortajear su obra, y que de paso le decía que la había mejorado? Era normal, en su profesión, tener que soportar a esos artistas de café que venían a contarle lo grandes que eran pero que no eran capaces de escribir su nombre en una servilleta. Tanta gente que se la daba de artista por nada más juntar un par de frases sueltas en su cabeza, un par de imágenes. Madelo la volvió a mirar, se dijo que su belleza merecía que, al menos por un rato, le siguiera el juego.

--Espero que haya encontrado suficiente material para hacer sus confecciones.

Seguro que esta chica creía, como tantos, que un documental no era nada más que un reflejo automático de la vida. Cosa de apuntar la cámara, hacerla rodar, y ya. La pobrecita estaría convencida de que sus tijeras fueron las primeras en entrar en escena. Ni idea tendría de que filmar esa noche en el Mi medusa le había tomado casi seis meses. La verdad que era divertido imaginarla haciendo remiendos con sus tijeras, pero tener que volver a hablar ahora de montaje entre imagen y sonido o de metaforización por enfoque le parecía tan aburrido como esas recepciones en la universidad donde sí había que ser un verdadero artista para poder escabullirse de ellas para regresar a la calle y refugiarse en algún taxi que lo llevara a otro lado. Y aunque Madelo no le había dado mucha importancia al éxito de sus anteriores películas, para él Una noche era distinta. Una noche era un poema articulado como las vicisitudes del deseo en el pequeño bar oscuro donde había sido filmada.

--No ponga esa cara. Usted no me pidió permiso para incluirme en su versión. Sí, yo estaba esa noche en Mi Medusa. Soy esa mujer semiborracha acurrucada junto a dos hombres que se puede ver un par de veces detrás de la pareja bailando ese blues meloso. Creo que usted me recordará mejor por la minifalda negra. Además no sólo hice alteraciones, también me tomé la libertad de añadir algunas nuevas escenas, las mejores del film, pienso, pero si quiere verlas tendrá que hacerlo en otro medio.

Madelo hizo una mueca de hombre de mundo. Ah, las mujeres de hoy, queriendo devolverle un poco de sofisticación a lo que no era más que una transacción entre cuerpos. “Si quiere verlas tendrá que hacerlo en otro medio”. Debía reconocer que el camino para llegar a esa frase-anzuelo había sido el más entreverado de todos en los que había intervenido en su accidentada vida de mujeriego sin pausas. No podía enfocar del todo a esa mujer que desplazaba su identidad entre la muchachita que acababa de conocer a su galán y la araña que tejía sus hilos con placer y se relamía al ver cómo los hombres, esos animales indefensos, caían sin misericordia.
--¿Qué otro medio?
--Tendrá que visitarme.
--¿Cuándo?
--Mañana. Pasado. El fin de semana. Cuando quiera.
--Ahora.
--Más vale temprano que tarde.

Madelo sonrió al ver que había recuperado la iniciativa pero tuvo la sensación de que alguien se había tomado licencias para escribir la escena. Al paso en que iba este diálogo sólo faltaba que ella dijera la gata tiene hambre y que él respondiera en cualquier otra mujer esos pantalones serían cursis. Reconoció otra vez la arraigada proclividad profesional que lo llevaba a verlo todo desde afuera. Acaso era por eso que hace tanto que no se había enamorado. El artista siempre solo, como Velásquez en las Meninas, y cosas así.

A Sarah, que descendía la escalerilla del tren, le pareció reconocer la silueta del hombre que se alejaba con esa mujer que a pesar del camuflaje parecía andar desnuda. Uno de los residuos de la noche de Piedras Altas, buena para una de las brillantes ideas de Ricardo, pensó irónicamente, segura de que él la esperaba o se apresuraba para no llegar tarde. Recordó algunas de las partes que había escrito para ella: Renata, la decente ama de casa en conflicto con sus fantasías; Verónica, la misteriosa femme fatale del auto-stop; Laura, la más difícil de todas, siempre esquiva, como un sueño.
--Vamos a un hotel --dijo Madelo que por primera vez se atrevía a dejar plantada a Sarah.
--No ahora --arañó la mujer subiéndose al primer taxi de la fila--. Esta noche a las diez en Mi Medusa. Ya sabrás como reconocerme. Y no te olvides de andar en busca de lo que más te gusta.
La mujer desapareció y Madelo se rascó la cabeza. La noche prometía sorpresas.
--¿Con quién hablabas? --escuchó, de pronto. Giró y se topó con Sarah.
--Una vieja amiga --improvisó Madelo, dándole un tibio beso en los labios.
--¿Cuán vieja? ¿Quince minutos, tal vez?

Había molestia en la voz. Madelo pensó que si Sarah hubiera llegado cinco minutos antes, se habría producido un encuentro similar al del desenlace en Muerte sin nombre, su primera película. La vida se esforzaba por imitar a ese mundo de magníficas coincidencias del cine. El esfuerzo terminaba en fracaso, las líneas convergían con intenciones de encontrarse y, en el instante final, volvían a bifurcarse. Sarah jamás llegaría a conocer a esa mujer, salvo si ambas estuvieran dentro de los confines de un guión. Era patético.

Entonces Madelo tuvo una idea que lo remeció con su amenazante, cristalina lógica.
--No seas celosa, si precisamente le estaba hablando de ti... Está de visita y no conoce a nadie. Quedé en que los dos nos encontraríamos con ella esta noche. A las diez, en Mi Medusa.
 

Esa noche Mi Medusa parecía abjurar el ritmo de la noche. Afuera llovía mansamente sobre los viejos adoquines que reflejaban jirones de la luna. Madelo puso las manos sobre los hombros de Sarah al entrar al concurrido local que ardía con las muchas lenguas del deseo. El fervor de las voces se mezclaba sin fisuras con la música y los móviles contornos en el aire espeso del tabaco. No sé si te besaría o te mataría si te volviera a ver fueron las primeras palabras de la canción que Madelo alcanzó a escuchar. Lo primero que reconoció Sarah fue el acecho de las miradas. Se sintió hermosa y excitada como ante el ojo de la cámara, pero ésa era una mirada mucho menos amenazadora que las que venían de las sombras.
--No sé como pudiste filmar nada en esta luz, dijo ella alzando la voz sobre la música.
Madelo se encogió de hombros.
--Lo que sé es que estoy seco. Vamos a pedirnos unos tragos.
Sentados en un rincón de la barra Sarah prendió un cigarrillo.
--Hay cada personaje aquí... Mira cómo tienen la ropa y los ojos esa pareja que salieron casi juntos del baño de las mujeres. No sé por qué pero este lugar siempre me recuerda a Laura. Aparte que tenía que tomarme unos tragos antes de decir sus líneas --confesó Sarah relajándose con los primeros calores del coñac--. ¿Y si no viene tu amiguita? ¿Cómo dijiste que se llamaba?
--Si no se aparece, allá ella --fue la respuesta de Madelo a la primera pregunta, y evadiendo la segunda continuó casi sin pausa...
--Nos calentamos un poco más aquí, nos vamos a casa, te dibujo unas gaviotas en los senos, y me chupo sus vuelos para que no se vayan...
--Basta con que dibujes una. Más vale un pájaro en mi mano que mil volando...

Ya alegres y las once, y todavía ni rastros de la mujer de la estación. Vámonos, dijo Sarah un poco borrachita. Una canción más, pidió Madelo buscando minifaldas negras. "Ya sabrás cómo reconocerme. Y no te olvides de andar en busca de lo que más te gusta", le había dicho como en clave. Era raro, pero al pensar en ella sentía su presencia. Entonces escuchó el comienzo de la canción.
--¡Ay no! Otra vez el tema de Laura --exclamó Sarah sin ganas para meterse en tanta deseosa nostalgia--. Se ha hecho popular y yo quise hacerla única.

Casi al mismo tiempo Madelo reconoció esa voz. ¿Podía ser...? No, no podía. Había visto el video de ese tema y la Laura que aparecía allí no tenía nada que ver con la mujer de la estación. O era que un juego o una manipulación digital había permitido que el rostro de esa mujer fuera diferente en la pantalla, o era que efectos especiales baratos --maquillaje excesivo, una peluca-- la habían hecho irreconocible esa mañana. Pero la voz no mentía. ¿O sí? Uno no estaba seguro de nada en estos tiempos. Al menos, pronto tendría la respuesta. Pronto aparecería ella.
--¿Por qué quisiste hacerla única? --preguntó Madelo, tratando de seguir la letra de la canción, y sin pausa añadió una segunda pregunta, la que de veras le importaba... --¿te das cuenta que ésta es una nueva versión?
--Parece que el tema se ha vuelto música de karaoke. Pero la voz no está mal... no, no está nada mal. ¿Y que por qué quise hacer única a Laura? --repitió con tono de incredulidad. --Tenía que ser única porque todas las mujeres de su tipo llevan jeans apretados y terminan en aprietos por sus jeans, a todas les gusta hablar de Telemann en la mesa pero prefieren ver la tele en la cama con su man. ¿Quieres que siga?
--No me hinches --dijo Madelo para ocultar que se sentía un poco burro por haber pensado en manipulación digital y maquillaje excesivo ahora que la voz de Laura le volvía a llegar nítida como un monedita. Era, claro, una nueva versión del tema musical que fue el trasfondo emocional de Sarah en la película que luego popularizó el video con la voz y letra de Franchesca. Pero ahora era otra voz la que cantaba el fantasma de tu amor ronda por ahí...
--Vámonos --volvió a decir Sarah--. Ya ardo, Ricardo.
Madelo la miró con deseo. Estaba deliciosa en esa luz y con esa música. Sintió que una mano se posaba, cálida, sobre su muslo. Y no podía ser la mano de Sarah que encendía un nuevo cigarrillo.
--¿Usted es el director de cine? --era uno de los mozos del bar. Madelo apartó la mano de su músculo. Respondió que sí.
--No se asuste. Una señorita me dejó un autógrafo y se fue.

El mozo sonrió con picardía y se perdió entre las sombras. Madelo leyó la nota en letra apurada, que le decía que había cambiado de idea y que los esperaba en su caserón a las afueras de la ciudad. Un mapa dibujado con trazos firmes acompañaba la nota.
--¿Qué pasa, Ardorcito? --dijo Sarah.
--Nada. Que hay gente que se cree muy viva. ¿Vamos?

Salieron del bar. En el camino al auto, Madelo se preguntó por qué diablos, si el plan de ella era de entrada llevarlos a su casa, los había citado en el bar. Lo había citado, se corrigió Madelo; porque para Sarah, la mujer de la estación iba a ser una sorpresa. Se le ocurrió que acaso en esa larga hora había sido filmado por una cámara oculta detrás de algún espejo, o desde alguna esquina del recinto opresivo en humo. Había siempre ojos que los miraban, y cámaras que los registraban.

Debía sacar ese pensamiento de su mente. La paranoia no conducía a nada --salvo quizá a mantenerse alerta. Acaso era mejor evitar ese juego peligroso, no ir en busca de la mujer de la estación, y proponerle a Sarah volver a casa a hacer el amor acompañados por la porno de turno en Venus TV. Una de las maneras de digerir los fuegos que ardían esa noche en Mi Medusa.

Subieron al auto. Madelo reflexionó que nada le gustaba más que sentirse habitando un film noir, y que, por lo tanto, el siguiente obvio paso era seguir las instrucciones para llegar a ella.

Pasó por alto la primera luz roja y la segunda, acelerando calle abajo sobre los adoquines del viejo centro de Piedras Altas. Acostumbrada ya a su manera de manejar, Sarah hizo un esfuerzo por leer las instrucciones de la nota bajo la débil luz de la guantera.
--La letra de esta tu amiguita es un dédalo del carajo, pero en el dibujo está claro que pasamos la plaza del soldado desconocido o, como la llamas vos, la del dormido, en la estación doblamos a la izquierda y seguimos por la Sarmiento o Sacramento --dijo ella, bamboleándose hermosamente de un lado a otro.
--¿Cómo dijiste que se llama tu amiguita? --agregó al ver que la nota no llevaba firma.
--Laura --respondió Madelo sin pensar y casi al mismo tiempo la sorpresa de haberle dado ese nombre a la mujer de la estación.

El jeep cruzó uno de los puentes del río de Los Bajos para trepar en segunda el cerro empinado por el camino de tierra. Buscaban la calle Málaga número 21. Se detuvieron en una tienda mal alumbrada para pedir direcciones y comprar cervezas y cigarrillos. Luego fueron a arrimarse al borde del camino para ver las luces de la ciudad desde las alturas. Y ahí Ricardo y sus modos de saborear la noche; y ahí Sarah abriendo otras dos latas y dejando caer como distraída sus dedos sobre su entrepierna. "Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes", recitó él sin saber bien en qué o en quién pensaba. A eso de las doce siguieron rumbo arriba, Magnolia primero, después Málaga.

Ella fue la primera en ver la silueta del oscuro caserón iluminado por las luces de Piedras Altas. La casa era un fantasma agazapado. Madelo apagó el jeep y miraron la casona en silencio. Una luz se encendió en una de las ventanas del segundo piso, como para recibirlos.
-----Bajaron.
La puerta se abrió. No había nadie. Madelo y Sarah entraron, vacilantes. Sintió la mano de Sarah buscando su apoyo. Esperaron unos minutos hasta acostumbrarse a la oscuridad, vieron el rellano de la escalera y Madelo sugirió subir, había una luz esperándolos en el segundo piso.
--Ya no quiero seguir --dijo Sarah--. Tengo miedo.
--No te preocupes --dijo Madelo, preocupado--. Estás conmigo.
Y entonces todo volvió a él. Se acordó de aquel tonto guión que había escrito más de veinte años atrás, el primero que había intentado vender sin suerte. Era un pastiche de estilos, el noir encabalgado con el western y el gothic, un homenaje continuo a aquellos grandes que admiraba --Lang, Wilder, Ford--, tan continuo que uno no podía encontrar una sola línea original de Madelo (le habían dicho que todo eso era un plagio pretencioso, pero él pensaba que hasta para plagiar había que ser original). Se le ocurrió que todos los actos de ese día habían sido dictados por alguien que conocía ese guión, era una trampa de la cual Laura era apenas la punta del iceberg. ¿Pero, por qué? ¿Y para qué?

Se acordó de que en su guión, el detective, en la escena final, subía las escaleras de la casona abandonada en busca de la femme fatale que había asesinado a su esposo para beneficiarse con su seguro de vida. Recordó que en su guión el detective moría (por eso los grandes estudios lo habían rechazado, el detective no podía morir en una película).

Vacilante, palpitando, Madelo dio el primero paso y comenzó a ascender los escalones en la penumbra. Vio a Sarah que se agarraba a él con fuerza y lo miraba con grandes ojos como preguntándole si estaba seguro. No lo estaba. Sin saber por qué Madelo siguió subiendo los peldaños sigilosamente, tomando excesivo cuidado al poner en ellos el peso de su cuerpo. Reconoció primero en sí la avidez de quien se esfuerza por no hacer ruido para no despertar, después el culpógeno temor de que alguien lo escuchaba y casi al mismo rato la insoportable certeza de saberse escuchado.

Se detuvo al final de la escalera. Frente a ellos se extendía un corto corredor bordeado por un endeble pasamanos de madera. Al fondo una puerta entreabierta de donde provenía una luz que centelleaba débilmente. Casi no respiraba. Se esforzó por aguzar el oído pero lo ensordecía el galopar de la sangre en su cabeza. Nada. Sólo el suave golpe de los tacos de Sarah que se apegaba más a él.
De pronto oyó una risa de mujer.
--Veo que a ustedes hay que tratarlos con pinzas.
La ironía los sacó de la parálisis, pero el miedo continuaba. Escucharon el comienzo de una canción que provenía del cuarto con luz. Madelo creyó reconocer la música.

Se aproximaron. Sarah respiró hondo y empujó la puerta, casi con desafío. Madelo la siguió, incrédulo.
--Hagan de cuenta que están en su cama, chicos... viendo una película. Pobre profesor, tan acostumbrado a Poe y le hacemos recordar a Stephen King… Le juro no romperle las piernas. Y usted señorita, veo que la estimula la mirada de las cámaras. Háganme el favor de entrar y tomar asiento. La casa es chica pero el corazón es grande… y sin censuras.

Entraron en la habitación iluminada por el ojo parpadeante de un televisor. Escucharon nuevamente esa voz, sin poder saber de dónde venía.
--Pensé en prepararles un cuarto con un bar y un gramófono como me gusta a mí, pero sé que a usted le gustan Hitchcock y Lang ¿o dijo Pabst? No importa. Entonces pensé que quizá sería mejor un cuarto con un proyector de películas de las de 16, a la antigua. Me gusta usted, no porque crea saber cómo apropiarse con originalidad la obra de otros, sino porque creo que en el fondo lo que usted busca es el fermento del alma. Por lo pronto prefiero que vea usted unos cortes de nuestra obra. Perdón, de su obra.

Madelo escuchó su risa deseosa y relajada en la que se sentía el placer de la ironía.
--Recuerdo haber leído en algún lado que usted piensa que la manipulación digital es el curso del futuro, dentro de pocos años nadie sabrá si la imagen lleva un toque o no, por la ventana la autenticidad ontológica de la imagen, y por la ventana la estética de la ventana.

Madelo vio reflejadas en la pantalla las imágenes de una de sus películas. Pero no eran precisamente las imágenes de su obra.

En el trasfondo de una escena de Una noche en Mi Medusa pudo ver, nítidamente y por primera vez, a un grupo de adolescentes inquietos que bebían y bailaban y se drogaban y se toqueteaban junto a la barra, y ver también a un hombre que yacía de bruces sobre su mesa. Un borracho, había pensado Madelo mientras captaba la imagen, y había seguido rodando, despreocupado. Pero esta vez era como si alguien hubiera manipulado sus imágenes y añadido un zoom que lo acercaba al borracho para revelar que el borracho estaba tirado sobre un charco de sangre. Para revelar que el borracho era un hombre muerto.
--¿Lo recuerda? --dijo la voz--. Pedro Granados, el gran industrial secuestrado y de quien no se sabe su paradero. El esposo de la joven mujer de sociedad Laura Biagiotti, que, de acuerdo a los chismes, le era infiel con adolescentes imberbes que encontraba en los bares que solía frecuentar. Laura, sospechosa del secuestro de su esposo y de posible asesinato.

¿Qué hacía Pedro Granados en su película? Madelo intentaba armar un argumento lógico, lograr que la coherencia racional lo sacara del enredo en que se hallaba y en el que había metido tontamente a Sarah. ¿Qué quería la mujer? ¿Qué carajo quería la mujer?

La imagen se congeló en la pantalla.
--Si preguntas por la técnica, no es más que un entramado digital. Si preguntas los porqués, tendrás que resolverlo por tu cuenta.
--Laura... --llamó Madelo buscando un rostro a quien dirigir la voz--. Sus arreglos dejan mucho que desear. Tecnológicamente interesantes pero la verdad que me parecen hasta ahora pobres estéticamente.

Hubo una pausa cargada, lacerante.
--¿Está usted a punto de cometer un crimen y sólo se le ocurre subestimarme? Recuerde que ante un jurado la opinión popular, la doxa como la llamó usted en una de sus clases, tiene cien veces más fuerza de verdad que la verdad misma.
--Puede ser, pero si quiere que hablemos del otro lado de ese problema hágame el favor de salir de su escondite. No hemos venido aquí para repetir juegos de adolescente ni de detective.
--¿Repetir? Me imagino que lo dice porque piensa en esa película en la que el amante sube sigilosamente la escalera de una vieja casa, una casa como ésta, así, igualita. La sube revisando la carga en el tambor de su revolver mientras la mujer que desea lo espera en la cama de su alcoba con un cuchillo entre las sábanas. ¿Recuerda cómo el cuchillo penetra en el corazón de la amante precisamente al mismo tiempo que la bala destruye el del amante? Los corazones eran distintos pero era uno el deseo. Me pareció una bella metáfora del amor, maestro. Pero no se preocupe, ni se haga ilusiones, le aseguro que este misterio encubre un crimen mucho menor que el del amor. Se lo digo para ayudarlo a llegar al corazón de un laberinto en el que, conociéndolo, seguramente cree que lo espera una cama o una fiesta.
--Dudo que te sorprenda que me cuesta aceptar tus garantías --pronunció Madelo, en tono suave, a la vez seducido y buscando seducir a esa voz de otra manera. --Desde esta mañana en la estación estás en todas partes y en ninguna.
--Le estás hablando a esa voz como un enamorado --reclamó Sarah con tono de mujer herida. --¿No te das cuenta que esto no es un juego? Esta casa tiene más ojos que Argos, y todos están abiertos y parece que nos estás escuchando hasta el pensamiento.

Como a manera de respuesta la imagen congelada en la pantalla de vidrio dio paso a otra. La nueva escena aparentemente no añadía nada a la intriga: una pareja bailaba un blues abandonadamente, una mano acariciaba una cadera. Pero nuevamente un zoom al cual Madelo no estaba acostumbrado acercaba lentamente al grupo de personas que ocupaba un raído sofá detrás de la pareja que bailaba. Se trataba de una mujer reclinada entre dos hombres, tenía las manos en la espalda aparentando que estaban atadas y jaladas hacia arriba, en posición de sumisión.

Sin poder aún deducir el propósito, Madelo pensó que lo más probable fuera que la imagen hubiera sido apresada en otro bar, porque si bien de vez en cuando entraban algunos góticos curiosos al Mi Medusa, todos sabían bien que ellos preferían sus propios locales, y además Madelo no recordaba haber visto ni sombra de vampiros durante la filmación de Una noche.

Todos los puentes de la razón se derrumbaron de golpe cuando Madelo, estupefacto, vio en la pantalla que el rostro de ese cuerpo extenuado que miraba de soslayo al ojo seco de la cámara con un deseo mórbido, dulce y peligroso era el rostro de la mujer de la estación. Era la gata deseosa, era Laura con fuegos de humedad, Laura Biagiotti, sí --Madelo ahora recordaba haber visto su fotografía en la prensa-- pero también, y sin saber ni cómo ni por qué, era Sarah, era Sarah en el papel de la Laura de su film, de pronto nítidamente ella, la imagen de Sarah que había filmado en un cumpleaños en casa de sus tías, y enseguida Laura, seductora, depravada, sedienta, casi irreconocible ahora que el montaje hacía que su rostro proteico pareciera lamer la sangre de Pedro Granados.

--¿No le gusta? --preguntó la voz. --Aún no es tarde para hacer algunos cambios.
Y claro, para completar el círculo, esa voz que no se parecía a la de Laura, también debía ser la de Sarah. Madelo se soltó de Sarah con brusquedad, se alejó de ella. La miró y trató de verla como era ella antes de Laura. No, no podía, esa imagen se superponía y contaminaba a la otra, y ahora era él --o su activa paranoia-- el que terminaba por superponer ambas voces y no saber si lo que estaba viviendo, esa Sarah de carne y hueso que lo miraba ahora con distancia, era más real que la sucesión de imágenes congeladas en la pantalla.
--Lección para todos los seudointelectuales --dijo Sarah, una mueca sardónica en el rostro--. Que el estudio de las femmes fatales y de su recreación en tus films no te impidan ver más allá de tus narices y darte cuenta que una más peligrosa que todas juntas duerme contigo todas las noches.

Madelo la miró incrédulo.

En el umbral, de improviso, se recortó una silueta. Era Laura.
--Tranquilízate Ricardo, es lo que piensas --dijo Sarah con esa sonrisa y en ese tono dulzón con que sabía ganarlo --. Brindemos por eso.

Y acercándose a uno de los muebles sacó una botella y llenó dos vasos. Luego se acercó a Laura y le dio un beso en los labios. Laura sonrió y deslizó su mano suavemente por la cintura de Sarah. Sarah miró a Madelo dulcemente restriñendo los labios en un beso que a la vez lo libaba y desafiaba.

Aún atónito, Madelo se tomó el vaso de un trago, sentándose en el primer sillón. Sarah se sentó a su lado, acercando su copa a sus labios, haciendo el gesto de tomar. Volvió a llenar la copa de Madelo incitándolo a tomar con la mirada.

Sin poder resistir, Madelo volvió a beber y sintió que se adormecía lentamente. Con el trasfondo de la música de Una noche que venía del televisor, llegó a pensar en ese viejo recurso de película en blanco y negro, las viscosas gotas disolviéndose en el whisky, llegó a escuchar la voz de Sarah que le recordaba haberle dicho que no era muy tarde para hacer cambios, ¿qué cambios?, la voz de Sarah diciéndole sólo quería verte y que me vieras por última vez ya que después de esta noche no creo que tengas ganas de volver a buscarme.

--Sabemos que eres muy bueno para explorar el deseo en tus películas --dijo Sarah, socarrona--. Pero monotemático.
--Siempre --continuó Laura--, el deseo de un hombre por una o por varias mujeres. Por eso, supongo, no viste lo que ocurría en tus narices. No dejabas que a tu mujer se le acercaran los hombres. Pero, por suerte, no tenías problemas con las mujeres.

Sarah abrió una puerta que daba a un corto corredor. Laura la siguió. Madelo las siguió sin decir nada. Tuvo que sujetarse a Laura cuando descendieron por unas escaleras mal iluminadas. Adormilado, intentó comenzar a deducir los pormenores de la tramoya. Añadir a Una noche una imagen del cuerpo inerte de Granados, otra que con un close-up revelara el resplandor de un disparo o de un cuchillo, luego el rostro inequívoco de Madelo con las manos en la masa.

En el rellano Sarah abrió otra puerta. Luchando contra el sueño, Madelo se dejó guiar hasta el fondo del cuarto, se dejó acomodar en un viejo sofá. Cuando sintió que una de ellas le daba un beso en los labios, Madelo quiso concluir que Sarah había decidido vengarse de sus muchas travesuras con una mucho más desorbitada. Casi placenteramente vencido pensó que ahora era sólo cosa de esperar a Laura y atenerse a lo mejor.

--Laura y yo nos cansamos de nuestros maridos--escuchó decir a Sarah--. Y decidimos comenzar de cero. Así que, después de esto, nos borraremos por un rato. Hay que darle un poco de tiempo a esos sabuesos para que por fin puedan ver bien y apreciar tu película. Seguro que Mi Medusa les va a gustar tanto como nos gusta a nosotras. Y a ti suerte, querido.

Vio venir a Laura pero no pudo tocarla. Vio venir a Sarah pero no pudo tocarla. Vio que una se fundía en la otra. Sarah, o Laura, de tacos altos, lúbrica y a la vez discreta, entrando en un hotel del centro, y en la siguiente escena la niña sonriente partiendo torta con sus amigas, ahora las dos bailando juntas en esa secuencia que Madelo había tomado de la Lulú de Pabst, Sarah, o Laura, con un collar de seda negra en brazos del muchacho imberbe, ellas posando junto a él en el sofá para una cámara oculta en ese mismo cuarto donde una pantalla de vidrio repetía sus imágenes.

Era mejor, después de todo, que la última imagen que lo visitara antes de perder el conocimiento no fuera la de la Sarah real, ni la de la Laura real, sino la de alguna de las imágenes que creó en honor a las mujeres, por ellas, para ellas.

Cuento inédito

Encontrado en: http://www.losnoveles.net/iepazsanjines.htm