El diablo en la lechería
Por Mario Vargas Llosa
SALZBURGO.- Desde que lo dirige Gérard Mortier, el Festival de Salzburgo
es
escenario de controversias y muchos habituales están felices de
que el belga
se vaya, según ha anunciado, dentro de un par de años, pues
lo acusan de
haber aplebeyado y posmodernizado los festejos con que celebra el genio
de
Mozart su ciudad natal. Es verdad que lo ha hecho, pero no creo que con
su
empeño en abrir Salzburgo a gente nueva haya traicionado al creador
de Don
Giovanni, espíritu irreverente y zumbón, y en su época
adelantado de la
modernidad.
Por lo demás, sin Mortier jamás hubiera delirado Salzburgo,
como lo hizo la
noche del 19 de agosto, con el montaje de La condenación de Fausto
(1848),
de Hector Berlioz, producido por la Fura dels Baus, con los coros del Orfeón
Donostiarra y la dirección de Jaume Plensa. Para ganar mi ración
de
inmortalidad o de ignominia, diré de entrada que desde que comencé
a asistir
a la ópera, hace ya muchos lustros, éste es, con el montaje
de Moisés y
Aarón, de Arnold Schönberg, que hizo aquí mismo Peter
Stein, lo más original,
imaginativo y bello que me ha tocado ver sobre un escenario. No se equivoca
el crítico Vela del Campo cuando dice que esta concepción
de la obra de
Berlioz "adelanta la estética operística del siglo XXI".
Una de mis constantes frustraciones, como espectador de teatro y ópera,
con
los montajes contemporáneos de los clásicos es que a menudo
éstos se
convierten en mero pretexto para el alarde egolátrico y narcisista
de directores
y productores, que no vacilan en desnaturalizar -a veces asesinar- la obra
original para exhibir mejor su talento o lucir sus disfuerzos. Esta recreación
de
la leyenda dramática de Berlioz es vistosa, espectacular, absolutamente
insólita, repleta de audacias y provocaciones, y, sin embargo, de
una fidelidad
esencial al espíritu, las ideas y la música de la obra original,
que resultan
gracias a ello realzados y enriquecidos. Semejante lectura no moderniza
La
damnation de Faust, sino que revela lo moderno de su contenido.
El sueño de Fausto
Después del montaje de Salzburgo ya nadie se atreverá a seguir
reprochado a
esta ópera de Berlioz ser demasiado estática. Porque, gracias
a la versión de
la Fura dels Baus, todo se mueve en ella, sin parar y a un ritmo a menudo
frenético y enloquecedor. La transgresión principal cometida
por Berlioz
respecto a la versión goethiana del mito de Fausto es que, a diferencia
de lo
que ocurre en el poema, donde el alma de Fausto se salva para la vida
eterna, en la ópera se condena, con deliberación, para redimir
a Margarita
(que ha asesinado a su madre). Sin embargo, la razón profunda de
la
condena de Fausto, de la victoria final de Mefistófeles, es su soberbia,
su
desmesurada ambición de forzar los límites de lo humano -los
del tiempo, del
saber y del amor-, de aspirar en cierto modo a no ser hombre sino Dios.
Esta
utopía es la que está simbólicamente castigada con
su perdición eterna.
La puesta en escena de Jaume Plensa saca a primer plano este rasgo casi
siempre descuidado de la obra, con un desfile visionario de imágenes
que
aluden, todas, a ese antiquísimo sueño que se diría
congénito de la
humanidad y que ha sido, siempre, fuente de horrendos cataclismos: la
utopía social, la quimera de una sociedad perfecta, hecha a la medida
de los
deseos y sueños humanos. En un gigantesco cilindro -un horno de
fundición-
se cuecen y fraguan los vástagos de una humanidad nueva, producto
de la
ciencia y la tecnología y liberada de la trascendencia, del accidente
y del error,
al compás de los macabros conciliábulos de Fausto y Mefistófeles
y de la
majestuosa violencia de la música -y los soberbios coros donostiarras-,
que
parece perforar la materia y adentrarse en las profundidades tremebundas
del
averno.
Esta pesadilla utópica, la de una sociedad uniformada e igualada
según las
pautas de poderosos planificadores, está graficada en el montaje
de manera
luminosa, en el atuendo regimentado de los figurantes y en dos objetos
totémicos que empujan o cargan: unos moldes gigantescos (se diría
que ellos
regurgitarán a Frankenstein) y las lecheras de latón. Inofensivo,
benigno, el
multiplicado recipiente de leche adquiere, de pronto, una siniestra
connotación, como la marca infamante que los negreros infligían
a los
esclavos o las cruces invertidas de los aquelarres demoníacos. El
diablo, lo
sabemos, puede aquerenciarse en los lugares más inusitados, pero,
¿quién
se lo hubiera imaginado en una lechería?
El montaje está lleno de citas y referencias sutiles a las grandes
utopías
macabras del cine y la literatura: Un mundo feliz, de Huxley; Nosotros,
de
Zamyatin; 1984, de Orwell; las películas del expresionismo alemán
sobre
fábricas de esclavos y ciudades futuristas infernales, y hasta la
apoteosis nazi
de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad. Pero, sobre todo, a ese
símbolo
quintaesenciado del apetito de conocimiento universal que es El Aleph de
Borges.
En la recreación de Plensa, la minúscula pantalla del cuento
borgeano se
transforma en un gigantesco cilindro por el que circulan todas las imágenes
de la historia civil y psicológica del ser humano en-carnado en
Fausto, incluido
el director de orquesta, Sylvain Cambreling, al que vemos de pronto,
magnificado y aéreo, conduciendo la Staatskapelle de Berlín
en el estreno de
La damnation de Faust.
El mito de Fausto es apocalíptico, se enraíza en los miedos
y apetitos más
desaforados y ancestrales de la civilización occidental, el pánico
a la condena
eterna y el temerario designio de Luzbel -desafiar a Dios, reemplazar a
Dios-,
y por eso una puesta en escena tan excesiva como ésta no desentona,
más
bien potencia lo que hay de desesperado y de grandioso en el tema de la
obra: la lucha del ser humano contra su precariedad y su incertidumbre,
y por
trascenderse a sí mismo, liberándose de las limitaciones
y frenos que su
condición impone a sus deseos.
En la versión de Goethe, Fausto se salva, y en esta redención
se ha visto una
apuesta optimista, de fe en la razón y el conocimiento como armas
de
progreso y salud para la humanidad futura. En la versión de Berlioz,
la del
romanticismo, la desintegración y ruina espiritual de Fausto preludian
más
bien un horizonte siniestro, de destrucción y fracaso repetidos
en el dominio
afectivo y anímico, pese al progreso material que la ciencia y la
técnica
puedan aportar a la sociedad venidera.
Interrogantes de hoy
En su relectura del mito de Fausto, Hector Berlioz acertó a adivinar
una de las
más angustiosas interrogantes que se plantearía la civilización,
siglo y medio
más tarde: ¿por qué el formidable desarrollo del conocimiento
y de las
técnicas, que ha sido capaz de llevar al hombre a las estrellas,
que ha dado
victorias definitivas contra la enfermedad, que ha creado instrumentos
suficientes para acabar con la pobreza y el atraso en que viven tres cuartas
partes de los seres humanos, es todavía incapaz de ganar batallas
equivalentes en el dominio de la justicia, de la moral, de los derechos
humanos, de la paz, de la solidaridad? ¿Qué progreso es éste,
que permite
que buena parte de la humanidad siga todavía sin salir del salvajismo
y la
barbarie?
Es posible que alguien me diga que ninguna de estas preocupaciones aparece
explícitamente formulada por el gran músico francés
cuando describió las
intenciones y asuntos que quiso volcar en su cantata. Pero una obra clásica
lo
es no sólo cuando resulta ser cifra de una época dada. También,
cuando tiene
la capacidad de atravesar las épocas, renovándose sin tregua
con la marcha
de la historia, y hablando a cada una de ellas con un lenguaje actual,
sin por
ello renunciar a su naturaleza permanente. La condenación de Fausto
no es
una hermosa antigualla romántica, es un clásico de abrumadora
actualidad,
aunque casi nadie lo sabía. Habrá que agradecerle siempre
a la Fura dels
Baus (y, de paso, al detestado Gérard Mortier) haberlo demostrado.
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