Un
encuentro de balompié sobrepasa el ámbito
deportivo y llega a los más íntimos sentimientos
del público.
Desde el día anterior al partido, Asunción hervía
de fiebre. Los jóvenes, hombres y muchachas, también
vestían la albirroja que al día siguiente los
acercaría al triunfo, al júbilo total, a la
gloria.
Nadie dudó un instante del éxito frente a un rival temible que estaba ya clasificado. Nuestro empuje lo derrotaría con nuestra garra y la bizarría. Rebosaba el stadium Defensores del Chaco. Una multitud impresionante colmaba su capacidad. La tarde estaba destemplada y unas pocas gotas amenazaban con precipitar una catástrofe. No hubo sustos ni corridas; la oscuridad del cielo desapareció y la tribuna coreaba con el grito de ¡Paraguay! ¡Paraguay!
Y la emoción subió de punto cuando el público, unánimemente
enfervorizado, cantó "Patria querida",
aquel himno conmovedor en los tiempos de la guerra:
Patria querida
somos tu esperanza,
somos la flor del bello porvenir...
¡¿Quién no habría de conmoverse ante ese cantar
de miles de gargantas poseídas por la pasión?!
Porque de eso se trababa: de un fervor único que
estalló de boca en boca, esperando la lidia, como
en un circo de gladiadores.
Delirantes aplausos, la tribuna se pone de pie: entra la Selección, ¡Viva la patria!
Sorprende la velocidad de nuestro equipo. El público truena, tenso acompaña la velocidad de nuestros muchachos. Y al rato nomás de comenzar el encuentro, viene la sorpresa. Penal. El público se pone de pie y vislumbra el triunfo. Avanza Chilavert, poderosa figura del equipo nacional. Hay una terrible expectación en el aire. ¡Goool de Paraguay! Inenarrable alegría.
La expectación ha subido de punto. La seguridad del triunfo paraguayo ha tensado los nervios.
De pronto un silencio mortal. La Argentina ha igualado. Parece que los vientos se han dado vuelta. La respiración se detuvo. Los movimientos de la gente se volvieron lentos. Pero, para felicidad de todos, Morínigo alojó en la red toda la esperanza del país. Un electrizante nerviosismo se apoderó del campo. Dos equipos que luchaban por la vida se desplazaban con ansias de victoria, hasta que Batistuta dio vuelta la historia. El período final fue sencillamente dramático. A simpatizantes de ambos equipos se les hacían interminables los minutos que transcurrían con pie de plomo.
Paraguay necesitaba ganar. La Argentina, mantener su prestigio de invicto. Ambos, sin fanatismo, ofrecieron un resultado justo. Y es lo que se consiguió. Ningún desorden había entre la hinchada local.
Sólo restaba entretenerse, leyendo los carteles de publicidad y de otro jaez. En uno de esos carteles había uno que decía: "Paraguay es un país único".
Y tenía razón: distinto a todos. Hasta la lluvia se contuvo en precipitarse, respetando el resultado.
(Publicado en Última Hora. Correo Semanal. 03.11.2001)