El Día Cero
Elvio Romero

Los atentados terroristas contra Estados Unidos mostraron la vulnerabilidad del imperio.

Inauguramos el siglo XXI con alborozo y exaltación, con la Ciencia y la Técnica augurando lo mejor; mediante ellas conseguimos un saludable mejoramiento de las condiciones de vida y hasta hemos prolongado nuestro tiempo de existencia.

La lectura del genoma humano sorprendía hasta a los más incrédulos sobre los alcances del conocimiento de las enfermedades que traemos de nacimiento.

La concordia entre los hombres era alcanzable. El control sobre las armas acabaría con las matanzas. Soñábamos con la felicidad de la paz.

De pronto, y sin que nadie lo imaginara, un grupo de fanáticos hicieron trizas las esperanzas. Igual a un bombardeo atómico semejaban el humo y las llamas que rugían de las dos Torres Gemelas de Manhattan, Estados Unidos, atravesadas por dos aviones terroristas que demostraron al mundo que los Estados Unidos eran tan vulnerables como las chozas que ardían en ?frica bajo el fuego de los colonialistas.

Nunca la sorpresa fue mayor como esa mañana en Nueva York, cuando las construcciones del poder financiero mayor del planeta ardieron como papel, tocados por un fósforo gigantesco y soplados por un huracán que salía del infierno o de un lugar donde habitan los demonios.

El espectáculo era macabro. Veíase a una multitud mirando el cielo, donde Satanás escupía llamaradas esparciendo la muerte por doquier. ¿Quién pudo imaginar la súbita aparición del apocalipsis? Nadie, ciertamente.

El imperio pisaba fuerte y parecía sólido. Nadie en el mundo imaginaba desafiarlo. Parecía tener a todos en un puño o bajo un talón de hierro, cuando de repente, en intervalos de minutos, su vulnerabilidad fue sacudida y hecha pavesas.

Enviados especiales de todas las latitudes llenaron los informativos con imágenes del horror de los destrozos de una ciudad presa del pánico.

El Pentágono, símbolo del poder militar del país más poderoso del planeta, también fue blanco de otro avión suicida que no mezquinó vidas para perpetrar el asesinato. Y otro más que cayó en un bosque se dirigía a la Casa Blanca para consumar otro crimen: había que destruir también el bastión del poder civil.

Momentos antes de estrellarse la aeronave, con sus pasajeros despavoridos, dieron muerte a una azafata apuñalada, lo que erizó los pelos de los ciudadanos del mundo.

Se vio saltar desde las torres incendiadas a quienes querían salvar las vidas; parecían muñecos que rebotaban como un inmenso catafalco envuelto en llamas. ¿Qué sucederá ahora? Miles y miles de cadáveres, algunos bajo los escombros todavía, claman por una rápida justicia. ¿Destruiría el mundo la crueldad humana? Es impensable otra guerra, pero puede suceder.

Esta vez el terrorismo pasó sus límites de audacia. ¿Cómo hacer para frenar sus propósitos diabólicos?

Ahora sabemos que los fantasmas existen y que ya nadie se salvará de su aliento frío y fétido. 

(Publicado en Última Hora. Correo Semanal. 29.09.2001)