Tal es el caso de la Catedral de Sal de Zipaquirá, donde las columnas de la fe se erigieron en los socavones subterráneos de una mina de sal. Su boca de entrada se abre en la cumbre de una colina, y penetrar en su interior es desafiar la penumbra. Se comienza por un largo túnel parecido a un catafalco, y es ir zozobrando en la oscuridad y vacilando como los ciegos. A ratos un espacio de luz permite ver las esculturas santas en los muros y en las paredes hechas de sal; en tanto avanzamos, una fría tiniebla nos recoge y las galerías se entrecruzan y siguen adornadas con las imágenes sacras, que parecen hechas por orfebres de otro mundo con manos de gigante.
Una cosa es levantar una catedral en las escarpadas alturas de una montaña, como acercándonos al cielo, y otra cosa es levantarla en los subsuelos oscuros, donde habitan los demonios.
El esplendor está en Nôtre Dame, en la Catedral de Milán, en la de Compostela, en la de Sevilla, donde descansa la Macarena; en Westminster, en la Catedral de San Pedro, en Roma. En la imponente de Toledo, en la de Puebla, en México; y en la oscuridad silenciosa de ésta de Zipaquirá, que penetra el fondo del globo terráqueo, donde la noche se instaló por una eternidad.
"Seguimos. Todavía falta", nos advierten los acompañantes que nos guían, y falta de veras. De pronto desembocamos en la gran nave donde se erige la gigantesca cruz del más célebre suplicio de la historia. Aquí la sal se ha sublimado, envuelta por un aire sagrado. Las estalactitas, esas lágrimas colgantes, señalan las rutas del Paraíso.
En los días religiosos la nave silenciosa se llena de creyentes. Llegan peregrinos de otras regiones y se cumplen las promesas del año anterior. Y he aquí un grupo de profesantes de la poesía. No sabíamos, no lo sabía yo, que nos trajeron para leer nuestros versos. Setenta poetas de América recitarían en ese sitio solemne. La acústica es perfecta. No estábamos adiestrados para tal hazaña. Donde la voz retumba como en un órgano.
Esta experiencia es única. El subsuelo se estremece en estas profundidades. Viejos dioses aztecas se arrodillan y escuchan
(Publicado en Última Hora. Correo Semanal. 05.10.2001)