Los hombres de Crónica

Elvio Romero


En 1913 cuatro jóvenes, con 20 años a cuestas, sacuden el aire amodorrado de Asunción editando una revista: Crónica, con la utopia de redimir la sociedad, sobre la que aún soplaba la polvareda de la postguerra. Rafael Barret había muerto tres años antes. El vacío que dejó no estaba cubierto, las denuncias que formuló estaban olvidadas o semiolvidadas.  

El decaimiento moral de la República parecía incontenible; la corrupción minaba el organismo público; la clase política hacía burlas de una ciudadanía indefensa y abúlica. Por el designio infame de los vencedores, el país quedó dividido en dos regiones, la postetad de los más fuertes: La Mate Laranjeira, bajo posesión brasileña, dominaba el Alto Paraná, con su secuela de esclavitud del trabajador paraguayo, un antro de bandidaje patronal cuyas sucias entrañas denunció el maestro Barret; y en el oeste, la zona del quebracho regida por La Forestal, propiedad del otro socio vencedor, la Argentina; ambos fomentaban la esclavitud como método de trabajo.  

Era necesario estimular el flamante entusiasmo de los jóvenes idealistas que crecían en el páramo. Creyeron, y con razón, los cuatro adelantados de los que vamos a hablar, que solamente la cultura podia zafarnos del grillete de la mediocridad y atroz pacatería de esa sociedad enferma. El fervor por el arte estaba por encima de cualquier proyecto político, ya que de la política la gente sentía un hartazgo merecido. Y estaba ávida de cultura. Tanto es así que el mismo año de la fundación de Crónica apareció, también, el Gimnasio Paraguayo, así como su revista: Anales del Gimnasio Paraguayo, dirigida por Manuel Peña y donde colaboraron Tomás Ozuna, Anselmo Jover Peralta, Juan Francisco Recalde, Juan Stefanich y otros, que dejaron huellas memorables en el quehacer cultural del Paraguay.  

Pero el hito fundamental del renacimiento fue Crónica (en 1913). Sus cuatro personajes serían hombres de leyenda, si entre nosotros la amnesia no fuera tan fuerte, es decir ”que todo caiga en el olvido”.  

Trataremos de revivirlos, aunque sea en la evocación, si eso fuera posible.  

Los ha unido la pasion por el arte y también la forma en que fueron destruidos, en que se anubló su cerebro, matando su creación.  

A los cuatro los aniquiló la droga, a la que entonces llamaban “paraísos artificiales”, ahora en desuso. La droga no destruía entonces, masivamente; elegía a unos pocos para aniquilarlos. Desgraciadamente, en nuestro país, y en aquel momento, eligió a los mejores, a quienes columbraron el porvenir, divisando un futuro imaginario para la Nación. El edén utópico de los señadores. Los que, sin embargo, al ser triturados por la espesa mediocridad del medio, se refugiaron en la droga mortífera, que a algunos arrastró hasta la locura.  

Leopoldo Centurión fue uno de los fundadores. Pronto estuvieron a su lado Pablo M. Insfrán, Leopoldo Ramos Giménez, Pedro Pérez Acosta, Agustín Barrios, Manuel Domínguez, Fidel Maíz, Juan O´Leary, que dieron el puntapié a nuestras letras.  

Leopoldo Centurión nació en Concepción en 1893, teniendo entonces 20 años cuando fundó Crónica. Trabó fuerte amistad con Capece Faraone. Ambos  se inclinaron a las andanzas nocturnas. Ambos se formaron leyendo a Barret. Leo-Cen, como firmaba, dejó cuentos y crónicas estupendas en prosa afilada e irónica. Leo-Cen fue el precursor del teatro nacional. Tres piezas subieron a escena: ”El Huracán”, “Final de un cuento” y “La cena de los románticos”. Satirizó fieramente a los politicos de la hora. No tuvo respuesta en sus diatribas. Y recurrió, en compañia de su amigo Capece Faraone, al consuelo mortal de la morfina.

Falleció en 1922.

 

Publicado en el diario ÚLTIMA HORA (El Correo Semanal), 16-17 de diciembre de 2000 (Asunción, Paraguay).

Encontrado en: http://www.musicaparaguaya.org.py/paraguayprofundo9.htm