Elvio Romero
Hablamos la semana pasada de la generación de Crónica, de los pioneros que abrieron un ancho surco de fecundidad en nuestras letras. De esos adelantados que desafiaron la quietud de una sociedad de politicos logreros y militares impúdicos, hechos a imagen y semejanza de los ocupantes brasileños y argentinos, corruptos y ávidos de ganancia y poder, Mencioné ya a Leopoldo Centurión, a su pasion por las letras.
Un día de 1913 apareció, como salido de un torbellino, Guillermo Molinas Rolón, poeta floripondioso y de sonoridades jamás oídas en nuestro ambiente. Venía de San Miguel de las Misiones, donde nació en 1889, y se dirigió a la dirección de Crónica, que se aprestaba a dirigir su amigo Leo-Cen, es decir, Leopoldo Centurión. Era de estampa fornida, con músculos de hierro, cabello crespo y tez oscura, donde parecieron mezclarse sangre aborigen y sangre negra, para ofrecer un cuerpo de sólida textura.
Pero Molinas Rolón no era hombre de tertulias ni de diálogos ilustrados. Llegaba a la dirección y luego desaparecía no se sabe hacia qué arrabales de la ciudad, en cuyos aledaños, crecían los pueblitos del interior, tapados por la selva. Leía con fervor a Rafael Barret y asistió a sus conferencias en el Teatro Nacional y en los sindicatos. Su ideología era como aquel se definió: la de un anarquista moral, de raíz tolstoiana. Por eso su inclinación hacia los marginados, los pobres, los desamparados, cuya compañia buscaba. Conocida es su convivencia con Manuel Ortiz Guerrero, llegado de Villarrica, impelido por el destino a ser el primer bardo nacional, y con quien robó las velas del cementerio para alumbrarse en una fría noche de invierno. Transcurría el año 1914, en que publica Ortiz Guerrero sus primeros poemas en los centros estudiantiles, y dos años después, en 1916, en la revista Letras aparece “!Loca!”, para admiración de la ciudadanía.
Es que había aparecido el primer gran poeta de nuestra tierra.
Hubieron que separarse. Molinas Rolón sentía desprecio por la sociedad en que vivía. Deseos tenía de redimir a los caídos. Y con la resistencia de titán que le caracterizaba, se arrojó al alcohol y a la morfina. Así siguió las huellas de Leopoldo Centurión, quien también cayó bajo el rayo de los estupefacientes.
Y ya sujeto al grillete atroz de los “paraísos artificiales” se vuelve más retraído, desdeñando la fama que su pluma le ofrecía. Aparecía de tarde en tarde, sin asistir a las reuniones, de las que se aleja definitivamente.
Alguien lo encontró años después por Arroyos y Esteros, solitario y errante. Se lo vio también por las regiones del Monday. Habitaba los ranchos derruidos de los campesinos. Era el gran solitario del grupo y pronto se llamó a silencio.
En 1940, la generación de ese año lo ignoró por completo. Pero él, una reliquia viva, seguía de pie. Hasta que, fuerte ayer como el quebracho arrasado por el viento, cayó en la tierra como una débil rama.
Publicado
en el diario ÚLTIMA HORA (El Correo Semanal), 23-24 de
diciembre de 2000 (Asunción, Paraguay)
Encontrado en: http://www.musicaparaguaya.org.py/paraguayprofundo9.htm