Potrero Montiel

Elvio Romero


A Carmencita

        Es un sitio fantasmal, donde el polvo de los árboles parece de otros siglos; un lugar detenido en el tiempo, como se dice, donde nada se ha movido de la matriz original.

         A 100 kilómetros de Asunción subsiste, por no sé qué milagros. Está hacia el sur, como flotando sobre un estero, entre el Tebicuary y el lago Ypoá; es una islita, como una estrella caída para vivir en soledad; un ámbito paradisiaco soltado por la mano de Dios y también abandonado por Él, huérfano de todo y de todos, pueblo expósito, como tantos hay en el Paraguay.

         Potrero Montiel tendrá 20 casas, no más, corroídas por los bichos y descascaradas; no lejos de Caapucú. Allí nadie trabaja: sus habitantes trabajan en la Capital o en las cercanías; tiene una alcadía, con un policía que la cuida, descalzo y con mirada neutral, indiferente; y un almacén, expendedor de caña y frituras, de donde sale algún borracho para mirar la carretera.

         El estero tiene un color de azogue, lleno de pájaros, y está rodeado de cerros que brillan y –dice la gente- que guarda oro en sus entrañas.

         Tiene Potrero Montiel una iglesita, en la que se oficia misa una vez al año, donde acude gente de los alrededores y de otras vecindades. Allí se ejercitan malabaristas solitarios, rústicas orquestas para bailar, músicos trashumantes de toda laya y el santo pasea entre los promeseros alegres sorteando las mesitas con naipes y loterías.

         La reverberación del Sol en la atmósfera cristalina produce alucinaciones.

         Un anciano, sentado en un sillón de paja, nos contó que, luego de la Guerra Grande, acampó en ese lugar un circo que venía de London –así dijo-, con su cohorte de ilusionistas, payasos, trapecitas hermosas como muñecas, tragasables, tiradores de cuchillos, tigres traídos de Malasia y toda la parafernalia del espéctaculo, pero que el día de su presentación no había nadie y que el dueño, un señor gordo vestido con smoking y un reloj de bolsillo colgado con cadena de oro, completamente solo,aplaudía frenéticamente bajo la carpa inmensa, con una sonrisa de loco.

         El mono, saltando en la pasarela, aplaudía también como su dueño.

         Eso  nos contaba el viejo, con palabras que apenas se entendían en la boca vacía, afirmando que el patrón del circo, para acercarse allí con su compañia, tenía que estar con un tornillo flojo.

         Omito referir que apenas terminó de contarnos esta ilusoria visita de un circo a Potrero Montiel, el viejo desapareció, volviéndose invisible en la resolana que hizo de cristal el mediodía.

         Obviamente, todo es falso; es mentira que aquí haya llegado un circo, que exisitiera un viejo desdentado fabulando sobre asuntos inexistentes y que se haya vuelto invisible; todo es resultado del espejismo que produce en el viajero el aire de un pueblo como Potrero Montiel, resto de un  tiempo irremediablemente perdido, muestra del retraso y del abandono en una tierra paradisiaca que mereció y merece mejor destino.

 

Publicado en el diario ÚLTIMA HORA (El Correo Semanal), 9-10 de setiembre de 2000 (Asunción, Paraguay).

Encontrado en: http://www.musicaparaguaya.org.py/profundo8.htm