Roque Capece Faraone
Elvio Romero
Un cura afortunado (nunca se sabrá cómo había en Paraguay, por esas fechas, hombre de tal riqueza ni de qué origen provenían sus bienes) protegió al niño que llegó de Italia, nacido en 1894, y que pasó bajo los cuidados del sacerdote una holgada adolescencia, estudiando en el Colegio Nacional. Precoz fue su vocación por las letras. El cura protector anunciaba su llegada al son de las campanas de la Iglesia de San José, cuando él llegaba. Chispeante y dicharachero, bello y cautivador, la fortuna parecía sonreírle. Pero el destino suele troncar, como en este caso, los sueños más prometedores.
Faraone, el cura dadivoso, falleció en un accidente dramático y el joven Roque siente que el vacío se abre bajo sus pies. La fortuna del difunto se diluye en manos inescrupulosas y nuestro escritor desciende, del día de la noche, al pavoroso infierno de la indigencia. La miseria aprieta con manos de hierro su garganta indefensa.
Era un hombre malancólico Capece Faraone, y nunca conseguirá mitigar sus melancolías.
Escribía cuentos breves y concisos. Su invención reproducía imágenes de las mujeres que su imaginación engendraba, “esas musas de carne y hueso” que deslumbraron a Ruben Darío. Empleaba una fina ironía al retratarlas.
El romanticismo de los hombres de Crónica era un romanticismo anacrónico, sin huella alguna del modernismo que revolucionaba en esos momentos la desfallecida prosa española.
Capece Faraone es envuelto por un suave descreimiento de las cosas y pronto el escepticismo pone un rictus amargo a su sonrisa.
El ambiente político de la época no era propicio para ninguno de los ensueños ni del idealismo. Y el fastidio se apodera de las almas y pone a poco, como ya lo dijimos otra vez, esa realidad los aplastó.
En el descreimiento y la amargura, recurrieron a la droga y terminaron, como ya se sabe, en la telaraña que no les dejó escapar.
Capece Faraone, aturdido por la morfina, padeció un mal extraño: se le arrugó la piel y encaneció súbitamente, aunque su imaginación no se agotó del todo.
A Natalicio González, a quien entregó sus últimos cuentos, le confesó:
-Centurión fue más afortunado que yo, porque murió a tiempo: yo me sobrevivo.
Y sobreviviendo fue quedando fuera del tiempo. La literatura paraguaya no es de ficción; el tema de la historia ocupa todo; así como se vindica a Solano López, así también se lo denuesta. Ya se presiente la Guerra del Chaco; el patriotismo nacional se enardece. Los cuentos de Capece escapan de esa problemática; pareciera que los problemas sociales no existieran en el Paraguay. El destino cinceló su alma para la melancolía; sus personajes son mujeres frágiles con el corazón marchito; en un mundo gris las cubre el tul de la tristeza.
Era ya un fantasma que se arrastraba por las Redacciones entregando sus cuartillas; su voz había decaído como sus cuentos, que tenían la decadencia del crepúsculo. La capacidad de invención de su juventud se había volatilizado; su pluma permaneció al margen de los acontecimientos de la época; su estilo caducaba en un romanticismo muerto. Ya los sucesos del litigio chaqueño estaban al rojo vivo; el pleito con Bolivia enardecía los ánimos. Capece, a medias lúcido, a medias loco, se sumergió inevitablemente en la penumbra. Allí desapareció en 1928 hecho un pingajo. Y su obra, sin reunirse en volumen, desapareció con él.
Publicado en el diario ÚLTIMA HORA (El Correo Semanal), 6-7 de enero de 2001 (Asunción, Paraguay).
Encontrado en: http://www.musicaparaguaya.org.py/paraguayprofundo9.htm