Virtudes del anonimato
Elvio Romero
García Márquez le preguntó un día a Fidel Castro qué es lo que más le gustaría hacer en el mundo, éste le respondió: “Pararme en una esquina”. No lo podría hacer, pues se rodearía de miles de personas que querrían ver tocar al legendario personaje.
Jorge Amado, el gran novelista brasileño, para poder escribir tiene que salir de Bahía, buscando un recoleto refugio, ya que su casa está asediada por importunos visitantes.
Stefan Zweig , el biógrafo austríaco, lamentó no haber firmado con seudónimo sus libros, ya que, cuando le llegó la fama, le era absolutamente imposible llegar a sitio alguno y pasar desaparcibidido: no solamente lo cercaban los amigos, sino también los periodistas.
Todo creador tiene como divisa defender su soledad y su aislamiento. Para llegar a Picasso, el pintor del siglo, había que pasar por innumerables cercos y por bastiones difíciles de derribar.
Un joven crítico me preguntó una vez cómo accedera a la casa de Louis Aragón, en París. “Sería como estrechar la mano de Víctor Hugo”, me dijo.
Neruda nos contó que se ponía una máscara de carnaval para pasear, sosegado, por Valparaíso, donde se lo idolatraba, como en otras partes. Acaso fuese una exageración o una humorada del poeta; tendría que recurrir, seguramente, a alguna superchería para pasear sin ser molestado. Le tocaba vivir más o menos en penumbras al llegar donde llegaba y había que recurrir a fondines recónditos para cenar con él sin que lo interrumpieran los lectores.
El caso de Bruno Traven es ilustrativo; de origen alemán y norteamericano, no se sabe, escribió una de las grandes novelas de México: El tesoro de la Sierra Madre, aunque nunca se reveló la identidad real del autor. Lo que sí, en todos los bares de México se dice: ”Ayer pasó por aquí Traven...”.
También nosotros soñamos con el anonimato en los tiempos del dictador. Por emplear nuestros nombres, nos convertimos en veneno. Si hubiésemos escogido, allá en nuestros inicios, un seudónimo, nos habríamos salvado de muchísimas peripecias.
Por lo pronto, dispondríamos de los documentos indispensables para pisar la tierra con seguridad. En 1946, durante ese mínimo alborear democrático que nos tocó, publicamos cuanto quisimos. Y ya entonces recibimos el sello indeleble, acusativo, como novillos marcados a fuego, y que nos acompañó siempre.
En el destierro vivimos, con José Asunción Flores, Lara Bareiro, Severo Rodas y otros tantos, las penurias de la acusación y de la denostación. Miles son las anécdotas que podría contar sobre ese ostracismo físico y moral.
En 1960 regresábamos José Asunción y yo de un largo viaje por los países socialistas. Decidimos visitar España y hacia allá marchamos. Con el cónsul del Paraguay em Barcelona, Luis Mesquita Chavarri, me unía una vieja y fuerte amistad; yo trabajé, bajo su dirección, en la revista Noticias allá por 1943, y allí conocí a los intelectuales más notables de la época. Y José Asunción Flores ejercía sobre él una completa fasacinación. Nos invitó a viajar a Cataluña y nos alojó donde vivía, en el Consulado. Tomamos todas las precauciones para pasar despercibidos. Pero siempre hay una sombra artera que se desliza y espía por el ojo de la cerradura. Hecha la delación, supimos que Luis fue llamado y destituido por albergar a esos “demoños”. El dictador, mañoso y fiero, no admitía esos deslices. Nuestro amigo pagó caro por aquella lealtad.
Otro suceso que no puedo pasar por por alto. Visité Suecia, dando lecturas y conociendo universidades, cuando aún estaba el dictador. Cometí el error de viajar en LAP, y al llegar a Bélgica sufrí la primera agresión: la Policía me rodeó, como un criminal, apenas desembarcado. Mi equipaje fue revisado meticulosamente. Sufrí humillantes interrogatorios. Para qué iba yo a Suecia ? Por qué esto ? Por qué aquello ? Me pusieron, más o menos, patas hacia arriba, como para que cayeran monedas de mis bolsillos. Sentí desprecio por aquellos policías con aliento perruno. Quise telefonear a algunos amigos de Bruselas, pero no me permitieron. Fui, por unas horas, prisionero de la más alta seguridad. Y deseé cambiar de persona.
Pero fue en el retorno donde siguió la pesadilla. Al descender la nave en Asunción y haciendo fila para entrar a la sala de tránsito, me sentí rodeado de sabuesos que me indicaban seguirlos. Les expliqué que estaba de paso y que se violaba la ley. Cuatro tenazas me arrastraron al sitio de control de documentos. Llevaron mi pasaporte no sé adónde. Cuando, pasados los minutos de espera, los pasajeros se dirigieron al avión para seguir viaje, regresó un esbirro y me dejó pasar.
En que país estamos ? me pregunté, y como nunca en mi vida, como nunca, deseé el anonimato, el ser una sombra sin nombre, y poder así desaparecer entre la gente.
Publicado en el diario ÚLTIMA HORA (El Correo Semanal), 16 de abril de 1994 (Asunción, Paraguay).
Encontrado en: http://www.musicaparaguaya.org.py/paraguayprofundo9.htm