Elvio Romero. Los innombrables (1959-1973)

Con ese mismo corazón que cantaba


En memoria de Wilfrido Álvarez,

mártir paraguayo.

 

Soñó con un país

que fuera una corriente

de ríos al andar,

de jazmines la frente,

de granos de maíz

resonante el cantar.

 

Hoy recuerdo su rostro que tenía

rasgo de arcilla y tierra del lugar,

donde hallara el secreto de pulsar

con el acero de su rebeldía

la cívica guitarra popular.

 

Soñaba con un país

hermoso, con la camisa bordada

de color nuestro, de lluvias

nuestras y vastas en las madrugadas;

iguales surcos quería,

que todo en el esfuerzo de los hombres cantara.

 

El decía: -De todos

será el pan en la tierra

cuando la tierra sea para todos.

 

Y haya pan para todos.

 

Decía: -En paz sobre la tierra

descansará el hermano

cuando se viva en paz sobre la tierra.

 

Y haya paz para todos.

 

Él decía: -¡ Qué hermosa

la patria libre! ¡Hagamos

libre a la patria hermosa!

 

Soñaba con un país

claro, fértil, que no oprimiera y sangrara

como un despojo deshecho, quería

que en un país de labranzas

cantasen la sangre, el valle, las cordilleras, los ríos;

lo soñó así, sin que jamás retirara

los pasos, la voz, los ojos

de esa intensa lumbrarada.

 

País de sol y azafranes y corazón de guitarras.

 

Varón entero, tenía

polvo de pueblo en la cara.

Se alzó por los que yacían,

vistió el sol cada mañana,

noche a noche alumbró el día,

día a día tocó el alba,

sufrió prisión por ser libre,

llevó luz de casa en casa,

pidió por los que no piden,

por otros hirió su entraña.

 

 Y si ha partido ahora, vuelve en esa marea

 de resolanas altas que golpea con furia y con constancia.

 el mediodía claro, vuelve a la clandestina tormenta

de las horas

en que su corazón, puro y vivo, cantaba;

vuelve a mirar las cosas de los hombres iguales

en orfandad tiránica, en luz torva y hambrienta,

en humildad y orgullo;

vuelve, vuelve a lo mismo, vuelve a arrojar al rostro dei

verdugo su cólera,

su cólera más honda que el odio y la vergüenza

del verdugo, más inmensa que el gesto del verdugo

alevoso, vuelve, cabal y entero, como siempre

volvía (sin que jamás partiera) de ese país que fuera

la imagen de su vida.

 

Vuelve así en esta tarde.

 

Vuelve con la sonrisa

de inocente camino con que incendiaba el día,

con esa fortaleza de bosque de sus sueños,

con esos camaradas que son sal de la tierra

y vuelven, con él vuelven a la región y al tiempo

de redimir la sangre del crimen y el ultraje.

 

Vuelve así en esta tarde, regresa al mediodía,

vuelve con ese mismo corazón que cantaba.