Elvio Romero. El sol bajo las raíces (1952-1955)

El santero


 

Lacú, cara de miel, cabello cano,

temblándole, jadeante, la camisa,

fabrica santos, leve la sonrisa,

barcino guante de sudor la mano.

 

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto,

con calor de melcocha por la frente,

lo llama por allí la buena gente:

"Lacú, cara de miel, cara de santo".

 

Modela efigies rojas de madera,

pálidos santos de color de luna,

y le suenan los dedos como en una

llanura fatigante y forastera.

 

Cuando está airado, talla entre avatares,

y cuando alegre, hasta el taller se alegra,

se le envuelve la sangre en noche negra

si se le llena el alma de pesares.

 

Tales son sus desvelos; Son tan fijos

sus labores, sus vértigos, sus sueños,

y es tanta la pasión de sus empeños

que tiene el rostro de sus propios hijos.

 

Lacú mira el vivir, sigue a la gente,

ante las vidas simples se emociona,

siente latir un gesto y lo aprisiona,

lo fija todo en su labor paciente.

 

De allí que cuando miran los vecinos

las figuras de palo en sus altares,

se ven, tal como son en sus hogares,

tal como son, jirones de caminos.

 

Para probar mejor lo que origina

dentro del puño como fuelle ardiendo,

se amarra al brazo enérgico un estruendo

de escopeta o cuchillo o carabina.

 

Si labra un santo, firme y despiadado

baña el cincel de fuego y agavilla

la gubia con cendal de maravilla,

fragor de tierra, semillar y arado.

 

Y si es santa, despierto en nuevo brío,

le da un soplo final mágico y sabio:

con flor de pacholí le pinta el labio,

las lágrimas, con gotas de rocío.

 

Y tanto se parece a sus criaturas

que él mismo es ya raíz, árbol, madera,

palpitación terrestre y verdadera

de cortezas con sol por vestiduras.

 

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto

con calor de melcocha por la frente,

lo llama por allí la buena gente:

"Lacú, cara de miel, cara de santo".