Elvio Romero. El viejo fuego (1977)

La historia de mi corazón


 

La historia de mi corazón

es simple, así lo ven, como la vasija de arcilla

traída de aquel barranco rojo, como los frutos 

                                                        radiantes

de mi país; un suceso callado y sobrellevado como

el puñal riesgoso que se esconde en el pecho;

bonancible unas veces y otras veces amarga como

todas las cosas del amor: un eco de guitarra

rasgada en el amanecer y en el atardecer de la 

                                                                tierra.

 

La historia de mi corazón

contiene un ancho río con piraguas y hogueras,

recónditos remansos con reflejos de pieles

de jaguares y pumas que se acercan jadeando a sus orillas;

un aire antiguo aventa sin pausa sus latidos

y un viento de verano sopla en sus cicatrices;

vigila a un ancho cielo que atestiguó las danzas

rituales de una raza callada y destruida.

 

Abarca la de mi pueblo,

el pergamino de su largo viacrucis,

guarda sus viejas crónicas de esplendor 

                                                        y violencia,

sus secretos de guerra y campamentos;

están aquí, con su vigor de sangre y su escritura

de fuego, sus hitos silenciosos de victoria y 

                                                            catástrofes.

 

Así es mi corazón,

así sus encrucijados, sus atajos dorados;

se reflejan en él-como una nube en la 

                                                        corriente-

senderos recorridos, amores padecidos

                                  y olvidados, hechos hondos

que lo movieron, de una luna a otra luna, de una

    magia a otra magia,

intensa, interminablemente

hacia un extraño suelo de color aturdido.

 

Mil veces ha tenido que marchar de tu lado

y regresar mil veces. Tendría acaso la

                                                    predestinación

de esta tierra, la de todos los hombres y las cosas

de este solar: cambiar de sitio siempre,

trasladarse y volver

a la querencia, salir y retornar a la entraña, a la

    matriz desollada,

desmemoriado y memorioso, intacto, herido,

con espadas dispuestas a otra intensa jornada.

 

Ahora el viejo fuego lo estremece de nuevo,

hoguera sin extinción, diamante de estos días

profundos, reanimando sus lumbres. Y es entonces

cuando comprende que ya no cejará en sus

                                    arrebatos, en su reiteración

de saberse en la música del querer, de entre tantas

cenizas salir airoso hacia la plenitud, hacia el

                                                                    rocío,

hacia el acto invencible con que el amor se

                                                encara con la muerte.