Elvio Romero. Los valles imaginarios (1984)

Relato sobre Chiro, el hechicero

que acompañó a Garay a fundar

Buenos Aires y regresó

volando al Paraguay


 

Cuentan que Chiró, el hechicero,

el hacedor de cosas mágicas,

acompañando a los Mancebos

de la Tierra, a zonas lejanas

(en donde luego fundarían

su lar, junto a un río dc plata),

marcó su huella entre las huellas,

por si algún tiempo regresaba.

 

Allá, ya junto al Lago Grande,

cercado por la empalizada,

abrió caminos en la tierra,

sembró el maíz, tendió su hamaca,

leyó en las manos el destino,

midió el alcance de su hazaña,

vertió el sudor entre los surcos,

musitó el canto que guardaba.

 

Un día, resonó en su oído

el trueno de una voz nostálgica,

un soplo de aire estremecido

que era el eco de una llamada;

recordó el brillo de su tierra

de colores y marañas,

sus panales en la arboleda,

el silbo de las cerbatanas.

 

Y entre las sombras de la noche

buscó su huella en la distancia,

donde la luna se perdía

en las praderas de esmeralda,

tendió sus brazos hacia el cielo

y ascendió hasta una luz extraña,

cruzando, con vuelo de pájaro,

por los confines de la pampa.

 

Y volando y volando y volando

entre subidas y bajadas,

Chiró se aproximó a su reino

de guacamayos y cascadas,

a su reino de hojas radiantes

que lo indujo a que regresara,

a su reino de miel y montes

de maderas escarlatas.

 

Su país le fijó en la frente

una antorcha de eterna llama,

y desde entonces los cetrinos,

los anhelantes de su raza

llevan, ardorosos y errantes,

el alma desasosegada,

el recuerdo de su querencia,

la negra cruz de la nostalgia.

 

Cuentan de Chiró, el hechicero,

del hacedor de cosas mágicas...