Prosa



  
 

De a perrito

Una novela de celos, sexo y alcohol. 

Federación Editorial Mexicana (1988), Distribuciones Fontamara (1998)

 

Contraportada

Yo necesitaba un prólogo para este libro. Un prólogo de García Márquez.

Simplemente porque García Márquez es Premio Nobel.

Si conseguía un prólogo de él para mi libro sería, ¿por qué no decirlo? como sacarme la lotería.

¡A huevo! Conseguiría un prólogo de él y me volvería rico y famoso: el sueño de todo pequeño burgués.

Dice Borges que la riqueza es la peor de las vulgaridades.

En fin, quería fama como todos (¡perdonenme marxistas!).

Los sucesos fueron el tres de octubre. Desde antes Mongo me dijo:

- Oye, García Márquez va a develar una placa para una obra de teatro. ¿Por qué no vas a 

ver si lo apañas y le dices que te prologue tu libro? Sería como sacarte la lotería.

- Como sacarme la lotería. Exacto.

 

(fragmento)

   Ayer, después de mi eyaculación precoz y de beber la primera ginebra, recuerdo haber salido por un momento a la cantina El Colegio, ahí me encontré unos obreros y albañiles que me alivianaron desde su diálogo precoz y ausente. Diálogo de borrachos inentendibles como el que se sostiene con los hermanos cercanos y odiados.

  Uno de los obreros preguntó que a qué me dedicaba. Le dije que escribía.

  -¿Qué escribes?

  -Hago una novela.

  -Cómo se va a llamar?

  -De a perrito -le contesté-. Es una novela tipo Rayuela, todos los personajes de los que hablo acaban poniéndose de a perrito. Al final yo soy el que me pongo de a perrito y la muerte me da por el culo.

  -Aaaaahhhh, qué interesante -me respondió mientras alzaba una cuba o un vodka tonic o un vino. No importaba, lo esencial era seguir bebiendo. Mientras, seis mandatarios se hincaban ante Ronald Reagan pidiéndole clemencia para no ser destruidos por las armas nucleares.

  En verdad era bueno estar hincados ante los Estados Unidos, todos lo hacíamos, de alguna manera u otra. Digo que era bueno porque era la mejor forma de disimular nuestra estupidez y cobardía.

  Qué curioso fue eso de la eyaculación precoz de ayer. Me paro a buscar un poco más de ginebra, las ansias de una tierra en libertad me esperan. No conozco un placer más grande que autodestruirse borracho. Me sirvo una ginebra, pienso en ti y en tu novela inmortal. Creo y me recreo en la muerte de David Cooper.

  Recuerdo que en ese momento la cruda me asediaba. En cambio ahora, qué bello es todo, con mi vaso de ginebra a un lado, música intercerante que inventa palabras, un teléfono pequeñoburgués -como el que tiene Rogelio a la orilla de su cama.

  Lástima que el cable de este pinche teléfono sea el cordón umbilical de una placenta muerta. Del otro lado está la gente, ningún hombre que me ayude a hacer la revolución y muchas mujeres que me quieren castrar. Dios mío, ni a qué santo rezarle.

  1986. Recuerdo que Mike clarito me lo dijo:

  -Noooo mano, hazte una novela que sintetice la década de los ochentas y hacemos diez mil ejemplares.

  -¿Como Cien años de soledad? -le pregunté, esperando más terapia de apoyo de su parte.

  -No mames -contestó, mirando la pared sin verla.

  De pronto suena el teléfono. Es Rogelio. Me llama para preguntarme si voy a ir a la disco, al Ocho y medio.

  El sabe que no puedo entrar pues François, el dueño -se pronuncia franzuaaá-, me impide el paso. Lo que sucede es que el Ocho y medio es una discoteca gay, quiero decir, de putos. En una de mis borracheras se me ocurrió comentarle a François (franzuaaá, es mejor irse acostumbrando):

  - Oye, este bar es de putos. Y se llama Ocho y medio porque simboliza un hombre con el medio parado, además -hic-, tú me caes a toda madre, nada más que no me gusta cuando te vas con Jean Claude (se pronuncia Chancló) a hablar en francés a la cocina y no me pelan, además me dan ganas de agarrarle las tetas a Jaime cuando se disfraza de María Victoria. ¡ Cuidadito, cuidadito cuiiiiiiiiiidadito!

  Mientras hablaba con él me le colgaba del brazo exigiéndole una copa. Creo que mi actitud briaga y pendeja lo asustó (...)

 

 

 

Los niños bien

Distribuciones Fontamara, 1977

 

Contraportada: Los niños bien es producto de la locura. Es una paradoja absoluta. Su existencia -aunque esté situada en el año dos mil y pico- no tiene fecha, es un libro vacío cubierto de alcohol. Los personajes están dados por una mente llena de laberintos sin salida. Puede ser criticada como una novela con instintos finiseculares, pero más bien está adjetivada para fines milenarios. La trama es absurda, vale la pena leerla para conocer lo que hace y deja de hacer un autor con tal de avanzar a un punto claro: el enigma de la sobriedad.

En Los niños bien escuchamos los huecos de una calavera que es síntoma social, ya que la facie de ser uno entre millones de escritores es horrible y nauseabunda, el personaje central -de esta especie de novela picaresca- se mira en el espejo y se da cuenta de que él es el feo y horrible narcisista por el que vale la pena morir.

Ama su estupidez por encima de todas las cosas porque es suya y de nadie más.

  

 

(fragmento)

-Mira, vete "hermanito", la verdad es que no sé ni porqué te llamé, creo que con la resaca los personajes se me salen de cuadro, sácate de aquí y háblale al primero que encuentres en esta mansión y dile que su decimotercer Lord Byron esta sufriendo de inanición principal; anda Zacarinas, vete rápido que este recabrón lujo de la existencia me está matando; -aun no he dicho que Nuestro Autor vive en México Distrito Federal, en la colonia más rica de todas, que es dueño de noventa y seis casas, tres minas de carbón en Brasil una plantación de algodón en Chilpancingo y tres yates comprados y por comprar-; anda ve y dile a Nicolaievch Andropov, que necesito Valium para conciliar esta feroz mortaja que se llama realidad. Me siento de la chingada, y, hasta creo que se me deshonra el terreno y me hundo y me hundo en tu estúpida sonrisa y en tus fulgurantes ojos de cohete, que viene de bajada perdiendo brillo; ¡ándale cabrón! Que ya me siento Carlos Fuentes hablándoles de Tú a sus criados, ándale con un carajinski... -pero Zacarinas no se movía, se quedó congelado mirando el tiempo, y parece que el tiempo era el vacío y que, ese vacío, lo encontró entre los ojos de Nuestro Autor, que empezó a hacer gestos, pero se quedó ahí, perverso e inmutable; se quedó ahí, impávido y estúpidamente literario, estúpidamente absorto con un permiso que nadie le daba. (…)

Nuestro Autor regresó a seguir nadando sobre sus sábanas, y se cobijó a mil mares sobre esa pasión llamada abstracción o por aquella otra llamada traición. "La traición es una abstracción", pensó, "Aaaaaahh pensar...", pensó. Nuestro Autor nació en el hospital más caro de México, en la sala de partos más cara del mundo y en medio de enfermeras rubitas y de ojos azules. Nuestro Autor es un Niño Bien, porque parece que todo lo hace bien; Nuestro Autor cae pesado en su nostalgia, y todo porque la palabra nostalgia le ha gustado tanto como un caramelo. Nuestro Autor desea escribir libros gordos, como los que aspiran al Premio Nobel, pero Nuestro Autor es honesto con los lectores y el diccionario; Nuestro Autor no puede crear mundos porque él es un mundo y Nuestro Autor no puede ser Nuestro Autor porque sería una irreflexión teórica el hecho de que así fuera, pero Nuestro Autor tiene una máquina de escribir y ésta lo tiene a él.

Se levantó como si dejase escamas sobre las azules sábanas, se desprestigió a si mismo como si metiera la cabeza y los ojos en un papel, se alisó los dedos como si fuera a escribir sobre el agua, y tecleó en la máquina lo siguiente:

-Por medio de la presente hago constar que recibí en el puerto de Acapulco a diecisiete señoritas revisadas y escanciadas...

Pero no firmaría ese recibo provisional hasta mañana que fuese a Acapulco. Había pensado ir con el Freddie, pero el Freddie estaba hecho una lata de sardinas descompuesta.

-Me vestiré, -se dijo, y metió la mano derecha a una camisa azul rey y la pierna derecha en un pantalón vaquero Pierre Cardin; se miró al espejo como un rito, y el rito se cumplió cuando se quitó lagañas y marasmos adquiridos durante el sueño. Se puso unos zapatos de piel de cocodrilo y, entre que pensaba si el desayuno le serviría de algo alcanzó a gritar: -¡Nicolaievich!

Un hombre delgado, pelirrojo, de uno setenta de estatura con uniforme blanco y negro, enfilado hacia el drama por culpa de unos lentes rectangulares, que parecían dos vagones unidos, se presentó ante sus ojos.

-¿Me llamó el señor? -preguntó nuestro personaje sacado de la peor película de ciencia ficción rusa.

-¿Por qué los criados siempre tienen que responder lo mismo?

-Porque usted así nos lo indicó, señor.

-Bien indicado, Nico.

 


La mirada

                                                            
  
    Desde que llegamos a la habitación, la noté un poco triste. Como si los gorriones la hubiesen abandonado, estaba seguro que esa tristeza, era por su corazón que estaba enojado con el movimiento normal de los astros.
    La besé como siempre. Con la tenue claridad de mi cuerpo. Ella lloraba en silencio. Estaba  acostumbrado, esos accesos eran parte de su extraña ecología, que daba emoción a diversos corceles.
    Nos derrumbamos en tacto, hasta que ella en el lecho se internó en su selva, descuidando mi piel que poco a poco se acomodó en su universo. Al derramarme salí pensativo. Y al sentirla distante y fría le dije: "¿Por qué estás tan lejana?" y sólo en la oscuridad vi su mirada que fija se posaba en mis ojos. "¿Por qué me miras así?". Como una bujía que se sabe condenada iluminaba en un triste sepia el cuarto sin responderme.
    Estaba acostada y en su sudor aparecían peces asustados. La noche entraba y salía por mi tráquea esperando su voz. Volví a cuestionarla y al notar en la oscuridad que aún me miraba. El silencio volvió a rugir en la vida y casi al momento olvidé sus ojos por culpa del sueño.
    Al otro día, desperté con deseos de volverme a internar en su cueva, que aun sostenía el esperma que le había dado. Pero al ver que seguía en su actitud distante y petrificada con su mirada ambarina sobre mis nervios temblorosos; deduje que ya no era necesario preguntarle el por qué de su mirada.
    Cerré sus ojos con el calor de mi mano. Me recosté junto a ella y encendí el último cigarrillo que quedaba. Y me dije: "Dios; he amado a una muerta".