Artistas
Eduardo Galeano
El fotógrafo Hiladio Sánchez vive en la oscuridad, como los murciélagos. Como los murciélagos, ve por los oídos. Pero los murciélagos no saben sacar fotos, Hiladio es fotógrafo, y de los buenos.
Era jugador de fútbol, y de los buenos, hace veintipico de años. Jugando para la selección nacional de Cuba, un pelotazo lo tumbó. Parecía muerto. Tiempo después, despertó en el hospital. Estaba vivo. Estaba ciego.
Además de ver por los oídos, Hiladio ve por los ojos de su imaginación y su memoria, y ha encontrado la manera de contarnos lo que ve. Cámara en mano, ejerce sus artes de manosanta de la imagen. Mide la distancia por los pasos, y ajusta el diafragma según el calor del día o la frescura de la tarde. Y cuando todo está listo, apunta y hace puntería guiado por las voces o por los silencios, que nunca están callados.
Hiladio fotografía a sus vecinos, apoyados contra la pared marcada de cicatrices, y fotografía las sábanas colgadas del alambre y las jarras y los sartenes colgados de los clavos, el leve paso de las horas y las gentes, la luz del sol en el patio y la sombra que la corta de un tajo.
No fotografía la luz de la luna, aunque la conoce bien. Cada noche, esos dedos helados le tocan la cara. Es la luna, que lo llama. Y el ciego se hace el sordo.
El candidato No lloraba evocando su infancia desvalida, no besaba a los niños, no estrujaba a las ancianas, no se fotografiaba junto a los paralíticos. Nada pedía, nada prometía. No infligía interminables discursos a los electores. No tenía ideas de izquierda, ni de derecha, pero tampoco de centro. Era insobornable, despreciaba el dinero, aunque se relamía notoriamente ante los ramos de flores frondosos de hojas.
Federico encabezaba las encuestas. La gente, harta de estafas, creía en este joven bóvido artiodáctilo, vulgarmente llamado chivo, de color blanco y barba al tono, que en sus actos públicos bailaba, erguido en dos patas, haciendo cabriolas al ritmo de la banda musiquera que lo acompañaba por los barrios.
En vísperas de las elecciones, Federico, el candidato favorito a la alcaldía del pueblo de Pilar, amaneció muerto. Tenía la barba roja de sangre seca. Había sido envenenado.
El ciudadano Petrucio Maia, quien había lanzado la candidatura de Federico y había organizado su exitosa campaña, acusó a los políticos rivales, pero no pudo exhibir ninguna evidencia.
El sacrificio del chivo expiatorio ocurrió el 2 de octubre de 1996, en el nordeste del Brasil. nLa catedralEn un callejón del centro de Santiago de Chile, un viejo destartalado vendía cigarrillos de contrabando en una destartalada mesita. Yo me detuve a estudiar la mercadería, mientras el viejo, sentado en el suelo, bebía del pico de una botella. El me ofreció un trago de su vino de cirrosis instantánea, y estuvimos charlando un rato. Cuando yo le estaba pagando los cigarrillos, se vino la tromba. De pronto la mesita voló, volaron los cigarrillos, las moscas huyeron, se volcó el vino, yo trastabillé y una demoledora mujer levantó al viejo por el pescuezo.
Me puse a recoger los paquetes desparramados por el piso, mientras la tarzana sacudía al viejo y le gritaba "mujeriego, putañero, qué te has creído, descarao, degenerao, que andái culiando con la Eva", y él balbuceaba "que si yo ni la conozco", "y con la Lucy, y con la Teté", y él: "ella me buscó", gemía, mientras seguía el bombardeo, "que te has revolcao con la Martita, la yegua ésa, y la puta de la Charito, y la Beti, y la Mary", y él: "¿Qué pretende usté? ¿Que sea un maleducao? ¿Que les niegue el saludo?".
Por la vereda iba y venía la gente, ocupada en su ajetreo, y nadie les prestaba la menor atención. Ella había aplastado al viejo contra la pared y lo tenía atrapado por el cuello. Apretando para estrangulación, amenazó:
-¡Te mandai mudar! ¡Te vai! Si no te vai, te lo corto.
Entonces lo soltó, y ante sus ojos cruzó los dedos como hojas de tijera, lentamente:
-¿Oíste? ¡Te lo corto! Quedas alvertío.
El cayó de rodillas y le abrazó las piernas. Señalándome, dijo:
-Aquí está este amigo, que no vai me dejar mentir.
Y juró:
-¿Pero usté no sabe? ¿No sabe usté que usté es mi catedral? Las otrasÉ las otras son capillitas, nomás.
La risa Javier Villafañe y Jorge Valdano habían almorzado juntos en un bodegón de Zaragoza. Ya se estaban yendo, cuando el viejo Javier se golpeó la frente: de un brinco regresó a la mesa y vació, a sorbitos lentos, la copa que había quedado a medio tomar. Mientras Javier bebía aquel resto, porque es pecado dejar vino y porque nunca se sabe si será el último trago, escuchó risas que venían de la cocina.
Habían comido muy bien, un almuerzo que era obra de maestría, y Javier decidió que Valdano y él no podían irse sin dar las gracias al autor. En la puerta de la cocina apareció un hombre tamaño niño, chiquito y solar, un fulgor metido dentro de un inmenso gorro de cocinero. Javier no sabía si felicitarlo o llevárselo para su teatro de títeres.
-Aquí nos divertimos cocinando -dijo el diminutito. Y añadió, orgulloso:
-A los platos se les nota el buen humor.
Y dijo que hay que cuidarse, porque la gente cree que las malas ondas entran por los codos y las rodillas, pero no: entran por la boca.
Miró Almir D'Avila lleva más de cuarenta años en el manicomio de San Pablo. Entró de niño, lo declararon demente y nunca más salió. Nunca nadie le ha escrito una carta, ni ha sido nunca visitado por nadie. Aunque pudiera irse, no tiene adónde; aunque quisiera hablar, no tiene con quién. Pasa sus días deambulando en círculos, con una radio de pila pegada a la oreja, y en su camino se cruza siempre con los mismos hombres que deambulan en círculos con una radio de pila pegada a la oreja.
Una tarde de domingo, uno de los médicos del manicomio llevó a algunos pacientes a visitar la exposición de Joan Miró. Almir se puso su traje único, muy gastadito pero bien planchado bajo el colchón, se metió hasta los ojos su sombrero de almirante de la flota imperial y marchó a la exposición apretando contra el pecho, como siempre, la bolsa llena de piedritas que él usa para pagar favores.
Y vio. Vio los colores que estallaban, el tomate que tenía bigotes y el tenedor que bailaba, el pájaro que era mujer desnuda, los muchos ojos que volaban en cada cielo y las estrellas muchas que cada cara escondía.
Anduvo de cuadro en cuadro con el ceño fruncido. Era evidente que Miró lo había defraudado, pero el médico quiso conocer su opinión:
-Demasiada -dijo Almir.
-¿Demasiada qué?
-Demasiada locura.
Y Almir se atornilló la cabeza con un dedo.
Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n628/contra.html