CEREMONIAS

La tierra

Eduardo Galeano


 

Allí había nacido, allí había dado sus pasos primeros. Cuando Rigoberta volvió, años después, su comunidad ya no estaba. Los soldados no dejaron vivo ni el nombre de la comunidad que se había llamado Laj-Chimel, la Chimel chiquita, la que se guarda en el hueco de la mano: mataron a los comuneros y al maíz y a las gallinas, y los pocos indios fugitivos tuvieron que estrangular a sus perros, para que no los delataran los ladridos en la espesura.

Rigoberta Menchú deambuló por su tierra alta a través de la niebla, montaña arriba, montaña abajo, en busca de los arroyos de su infancia, pero ninguno había. Estaban secas las aguas donde ella se había bañado, o quizá se habían marchado lejos, las aguas rojas de sangre, lejos. Y de los árboles más añosos, que ella creía alzados para siempre y que habían tenido brazos que la protegían y cuerpos que la escondían, sólo quedaban restos podridos. Después, alguien le contó: esas ramas poderosas habían servido para atar las horcas y esos troncos habían sido paredones de fusilamiento. En los árboles más viejos, en los más sabidos, habían sido asesinados quienes conocían sus nombres. Cuando ya no tuvieron quien los nombrara, los árboles se dejaron morir.

Y siguió Rigoberta caminando en la niebla, niebla adentro, gota sin agua, hojita sin rama: buscó al kuxín, su muy amigo, lo buscó donde él vivía, y no encontró más que sus raíces secas. Eso era todo lo que quedaba del que la visitaba en sueños, siempre frondoso de flores blancas de corazón amarillo. Y después, supo: el kuxín había sido salpicado por la sangre de sus queridos y había envejecido en un ratito, dolido de ellos, y se había arrancado a sí mismo con raíz y todo.

 

Contratiempos

Somos hijos de los días. Según los mayas, hemos sido fundados por el tiempo, desde que el tiempo creó a los dioses que nos crearon. Todos somos tierra encantada y todos somos tiempo, y de tiempo en tiempo andamos. El tiempo reina, y se burla: se burla de los pasatiempos que quieren callarlo, de las cirugías que quieren borrarlo, de las píldoras que quieren callarlo, de las máquinas que quieren medirlo y de la gente que quiere ganarlo.

En las reuniones del pueblo de San Andrés Larrainzar, en Chiapas, los funcionarios del gobierno mexicano no han conseguido entender a los indígenas zapatistas.

--Ya déjense de fastidiar con esta cosa del tiempo -dijo uno de los funcionarios. Y señalándose la muñeca, y señalando las muñecas de los indios, sentenció:

--Nosotros usamos relojes japoneses, y ustedes también usan relojes japoneses. Para nosotros, son las nueve de la mañana. Para ustedes, también son las nueve de la mañana.

Los indios sonrieron, y callaron.

 

La cita

Temprano en la mañana, como todos los viernes, la mendiga llegó a la casa de Bud Flakoll, en Managua. Venía arrastrando su larga falda de harapos y murmurando sus protestas, añoso estropajo lleno de añosos rencores. Cada viernes, Bud le daba un billete de cinco córdobas. Había otra gente que le daba limosna, pero Bud era el único que le escuchaba las letanías, y cabeceando asentía con santa paciencia mientras ella se quejaba de los achaques del cuerpo y las maldades del mundo.

Aquel viernes, Bud estaba sentado al borde de la acera. Estaba descalzo, envuelto en una sábana blanca de rayas azules. La vieja se sentó al lado, envuelta en sí misma. Ambos miraban el suelo. Bud dijo:

--Estoy muy cansado.

--Yo también -dijo la vieja, pero por primera vez se quedó calladita la boca. Cuando Bud le preguntó cómo andaban sus llagas, ella cerró los ojos, como para tomar impulso: cuando los abrió, él ya no estaba allí.

Entonces la mendiga llamó a la puerta de la casa de Bud:

--¿El está aquí?

Y supo que Bud había muerto el sábado pasado, y que lo habían enterrado descalzo, envuelto en una sábana blanca de rayas azules.

 

El jacarandá

En las noches, Norberto Paso acarreaba bolsas en el puerto de Buenos Aires, y en los días levantaba la casa. Esta casa la hicieron juntos. Blanca y él. Blanca le subía los ladrillos y los baldes de mezcla y las paredes crecían en torno al patio de tierra. Ellos eran muy jóvenes, se reían de cualquier cosa, nunca se aburrían de mirarse.

La casa estaba a medio hacer cuando Blanca trajo un jacarandá del mercado. Era un árbol chiquito, ella había pagado un platal. Norberto se agarró la cabeza:

--Estás loca -dijo, y la ayudó a plantarlo.

Cuando terminaron la casa, Blanca murió.

Ahora han pasado los años, y Norberto sale poco. Una vez por semana se va al centro, a protestar porque la jubilación es una mierda que no alcanza ni para pagar la soga donde colgarse. Cuando Norberto regresa, tarde en la noche, el jacarandá lo está esperando. Frondoso de flores de cielo profundo, el jacarandá lo espera despierto, para que él le cuente.El exorcismoSixto Ledesma se ganaba la vida partiendo piedras en las canteras de Maldonado. A la caída del sol, se daba un buen baño en el arroyo. Después encendía la radio, y mientras se echaba unos tragos de caña, creía todo lo que la radio decía. Ya en la nochecita, ensillaba el caballo y se marchaba a enamorar a su dama.

A veces, Sixto se caía, por culpa de las mañas del caballo, las trampas del camino o la traición de los tragos. Entonces se sacudía el barro de la zanja, se sacaba la camisa y se azotaba la espalda con un arreador de cuero trenzado. Se daba unos cuantos latigazos en cruz, con alma y vida, y con la espalda sangrante llegaba a casa de Excelsa, su bienamada. Y le decía:

--Tranquila, Excelsa, que estoy suavecito. Ya me saqué todo el comunismo.La boda

Se fueron por las calles los recién casados. En el Central Park, María Hinojosa y Germán Pérez habían jurado que se amarían hasta el mutuo exterminio. Cuando acabó la ceremonia, los padrinos los acompañaron, en bullanguera procesión, por las calles de Nueva York.

Iban tronando tambores los padrinos de la música. Los padrinos del fuego marchaban con velas encendidas. Los padrinos del aire soltaban palomas, y echaban puñados de tierra los padrinos de la tierra: tierra de México, donde nació ella, y tierra de la Dominicana, donde nació él. Y caminaban salpicando agua, agua que había sido bendita por la gente más querida, los padrinos del agua.Comunión

Al toque de diana, se levantaron todos.

Nadie había pegado los ojos en aquel inmenso barracón. Los presos habían estado de plantón hasta la madrugada, después de una jornada de palizas y amenazas de fusilamiento, y corrían rumores de exterminio.

Un preso recién llegado de Montevideo, que todavía no había perdido la cuenta del almanaque, informó:

--Hoy es domingo de Pascua.

Los cristianos se pasaron la voz. Había que celebrar. Estaba prohibido juntarse, no se permitía ninguna clase de

reunión, fuese para lo que fuese, y en carne propia los presos habían aprendido que la prohibición no era ningún chiste. Pero había que hacerlo.

Los demás presos, los que no eran cristianos, ayudaron. Algunos, sentados en las cuchetas, vigilaban las puertas de rejas. Otros formaron un anillo de gente que iba y venía, caminando como al descuido, alrededor de los celebrantes. Y al centro, ocurrió la ceremonia.

Miguel Brun susurró algunas palabras. Evocó la resurrección de Jesús, que anunciaba la redención de todos los cautivos. Jesús había sido perseguido, encarcelado, atormentado y asesinado, pero un domingo como éste había hecho crujir los muros, y los había volteado, para que toda prisión tuviera libertad y toda soledad tuviera encuentro.

En el barracón, no había nada. Ni pan, ni vino, ni vasos siquiera. Fue la comunión de las manos vacías. Miguel ofreció al que se había ofrecido:

--Comamos -susurró-. Este es su cuerpo.

Y los cristianos se llevaron la mano a la boca, y comieron el pan invisible.

--Bebamos. Esta es su sangre.

Y alzaron la ninguna copa, y bebieron el vino invisible. Después, se abrazaron.

 

El Cristito

Dormía poco o nada la Niña María. La luz primera de cada día recortaba las montañas y ya la Niña María estaba clavada de rodillas, susurrando rezos ante el altar.

En el centro del altar, reinaba un pequeño Cristo moreno. El Cristito tenía pelo de gente, pelo negro de la gente del lugar. Milagros casi no hacía, poca cosa, algún milagro que otro, muy de vez en cuando, para no perder la mano, pero los lugareños frecuentaban mucho a ese hijo de Dios que tanto se les parecía, y él aliviaba a los lastimados, consolaba a los solos y escuchaba a los pesados. A él acudían los latosos más aburridores del valle de Conlara y de sus inmediaciones, y el Cristito les aguantaba el quejerío con cristiana paciencia.

La Niña María vivía a la mala, se la comía la mugre, pero ella bañaba al Cristito con agua de manantial, lo cubría con las flores del valle y le encendía las velas que lo rodeaban. Ella nunca se había casado. En sus años mozos, se había hecho cargo de sus dos hermanos sordomudos. Después, había consagrado la vida al Cristito. Pasaba los días cuidándole la casa, y por las noches le velaba el sueño.

A cambio de tanto, ella nunca había pedido nada.

A los ciento tres años de su edad, pidió.

--Quiere vivir -opinaron algunos.

--Quiere morir -aseguraron otros.

La Niña María nunca dijo el favor, pero contó la promesa:

--Si el Cristito me cumple -dijo-, lo tiño de rubio.

 

Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n578/contra.html