Contribuciones
Eduardo Galeano
Para la Cátedra de Geografía (I)
Estaba intentando descifrar el alboroto de los pájaros de California, en las arboledas de la Universidad de Stanford, cuando un viejo profesor, que deambulaba por ahí, se me acercó. El profesor, sabio en alguna especialidad de las ciencias biológicas, tenía mucha charla guardada. De lo suyo, sabía todo. Yo, que de aquello no sabía nada, nada entendía; pero él era simpático, hablaba suavemente y daba gusto escucharlo.
A cierta altura, lo picó la curiosidad y quiso saber de qué país venía. Le contesté; y por sus ojos, estupefactos, me di cuenta de que el nombre de Uruguay no le resultaba muy familiar. Yo ya estaba acostumbrado, pero el profesor fue amable y me hizo un comentario sobre las ropas típicas de mi país. Era evidente que el profesor confundía Uruguay con Guatemala: retribuí su gentileza haciéndome guatemalteco en el acto y sin chistar, y dije no sé qué cosa sobre la tormentosa historia de América Central.
¿Central America? -me interrumpió. Y por sus ojos, estupefactos, me di cuenta de que tampoco ese nombre le resultaba muy familiar. Como también a eso estaba acostumbrado, no me sorprendí. Era evidente que el profesor creía, como muchos de sus compatriotas, que en el centro de América está Kansas City.
Para la Cátedra de Geografía (II)
En Chicago no hay nadie que no sea negro. En pleno invierno, en Nueva York, el sol fríe las piedras. En Brooklyn, la gente que llega viva a los treinta años es una prueba de la existencia de Dios. Las mejores casas de Miami están hechas de basura. Perseguido por las ratas, Mickey huye de Hollywood.
Chicago, Nueva York, Brooklyn, Miami y Hollywood son los nombres de algunos de los barrios de Cité Soleil, el suburbio más pobre de la capital de Haití.
Para la Cátedra de Oftalmología
Estaba sentado a la puerta de una pensión, en el centro de Melo. Inmóvil detrás de sus lentes negros, dejaba pasar el tiempo. Sólo los bostezos le movían la cara. Cuando alguien le preguntaba cómo andaba, él contestaba con un murmullo o gemido.
Está enfermo de las vistas -me dijeron.
¿Y no se puede operar?
Ya lo operaron. Esa fue la desgracia.
No era desventura del destino, era error de cirugía. Según se decía en el pueblo, en el hospital lo habían operado y lo habían dejado mirando para adentro. Y el pobre se aburría, se aburría de verse.
Para la Cátedra de Historia
Hace unos quince mil millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.
Hace unos cuatro mil o cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quién convidar el trago.
Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos y se abrazaron y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.
Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a defenderse del invierno.
Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse.
Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.
Para la Cátedra de Literatura (II)Por las noches, Avel de Alencar cumplía su misión prohibida. Escondido en una oficina de Brasilia, él fotocopiaba, noche tras noche, los papeles secretos de los servicios militares de seguridad: informes, fichas y expedientes que llamaban interrogatorios a las torturas y enfrentamientos a los asesinatos. En tres años de trabajo clandestino, Avel fotocopió un millón de páginas. Esos documentos eran el confesionario completo de la dictadura militar, que estaba viviendo sus últimos tiempos de poder absoluto sobre las vidas y los milagros de todo Brasil.
Una noche, entre las páginas arrancadas a los archivos militares, Avel descubrió una carta perfumada. La carta había sido escrita diez años antes, pero el perfume del papel no se había desvanecido del todo y el beso que la firmaba estaba intacto. La huella de la boca entreabierta parecía fresca al pie de las palabras.
A partir de entonces, cada vez que encontraba alguna carta, Avel detenía sus trajines ante la máquina fotocopiadora. Descubrió muchas cartas. Junto a las cartas, estaban los sobres interceptados por los funcionarios militares.
El no sabía qué hacer. Mucho tiempo había pasado. Ya nadie esperaba aquellas cartas. Habían sido escritas por personas, habían sido dirigidas a personas, pero ahora eran mensajes de fantasmas a fantasmas. Y sin embargo, Avel no podía leerlas sin sentir que estaba cometiendo una violación. ¿No estaban vivas esas palabras, aunque vinieran desde los muertos y desde los olvidados hacia lugares que ya no eran y personas que ya no estaban? Avel no podía devolverlas a los archivos militares. Era como devolverlas a la cárcel. Intentó romperlas, y se sintió un criminal.
Al fin de cada noche, Avel metía en sus sobres las cartas que había encontrado, les pegaba sellos nuevos y las echaba al buzón del correo.
Para la Cátedra de FútbolAl fin del verano del 96, José Luis Chilavert hizo un gol histórico en Buenos Aires. Jugando por el club Vélez contra River Plate, Chilavert tiró de sesenta metros: la pelota atravesó las nubes y de pronto cayó verticalmente sobre el arco contrario y entró.
Los periodistas quisieron conocer el secreto de su disparo: ¿Cómo hizo la pelota ese viaje increíble? ¿Por qué cayó la pelota en línea recta desde la altura?
Porque chocó con un ángel -explicó Chilavert.
A nadie se le ocurrió ver si la pelota estaba manchada de sangre. Nadie se fijó. Y nos perdimos la oportunidad de saber si los ángeles se nos parecen, aunque más no sea en eso.
Para la Cátedra de UrbanismoEn Andalucía, en el pueblo de Castelar Viejo, un collar de casas blancas rodea al castillo, y cada casa tiene cara y cada cara tiene historia. Al lado, está el pueblo de Castelar Nuevo, que es un ajedrez de casas prefabricadas, todas iguales.
En una cantina de Castelar Nuevo, trago va, trago viene, se hace la noche. Y alguien explica:
Aquí ya no puedes ni emborracharte, porque después no hay manera de que encuentres tu casa.
Para la Cátedra de Literatura (I)No hacía mucho que había estrenado los pantalones largos, cuando recibí mi primera lección en el oficio del buen decir, por hablado o por escrito.
Una noche, no recuerdo el dónde ni el porqué, fui invitado a un banquete. Recuerdo que me sentía perdido entre tantos señores respetables, mucha ceremonia, poca comida, y recuerdo que cuando yo ya había devorado el postre escuálido y estaba raspando el plato, escuché un tintineo de cucharitas. Entonces, en la cabecera de la mesa, un caballero se alzó, anunció:
Seré breve.
Y derramó su verba sobre todos nosotros. Y transcurrieron los minutos, y transcurrieron los años, mientras caían las cataratas de gorda prosa. El café se enfriaba, cabeceaban las cabezas, algunos ojos se cerraban y otros ojos se desorbitaban de pánico. No había quién pudiera detener al peligroso dueño de la palabra. Ni él podía. Jadeaba el orador en busca del punto final: no iba a encontrarlo, era evidente, jamás. Pero el perseguidor del punto no tenía más remedio que continuar su cacería. Y el punto huía. Cada vez que él estaba a punto de atrapar el punto, el punto pegaba un salto, salto de pulga, y se iba.
Cuarenta años antes, muy lejos de la ciudad de Montevideo, Isaak Babel había escrito:
Ningún acero penetra tanto el pecho como un punto puesto a tiempo.
Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n651/contra.html