Dioses
Eduardo Galeano
Los siete pecados capitalesCuando creyó que se moría, un amigo me contó que él era culpable de avaricia, envidia, gula, lujuria, pereza, soberbia e ira: "Jamás me confesé. Yo no quería que el cura gozara más que yo con mis pecados, y por avaricia me los guardé. No confesé que me daban envidia las moscas, que podían volar bajo la falda de esa mujer. ¿Gula? Sí, gula: desde la primera vez que la vi, el canibalismo no me pareció tan mal. Por lujuria o rayos X yo siempre la veía desnuda, como desnuda se ve la espada a pesar de la vaina. Meterme en ella era lo único en el mundo que no me daba pereza; fuera de ella, yo andaba desganado, asueñado, como bicho fumigado me arrastraba sin rumbo ni tumbo. Y en ella estuve, más entrando que saliendo, hasta que cometí la soberbia de creer que ella era yo. Y una noche, loco de ira, rompí a golpes ese espejo".
Los pecadosEn 1992, mientras se celebraban los cinco siglos de algo así como la salvación de las Américas, un sacerdote católico llegó a una comunidad metida en las hondonadas de las montañas de Chiapas.
Antes de la misa, fue la confesión. En lengua tojolabal, los indios contaron sus pecados. Carlos Lenkersdorf hizo lo que pudo traduciendo las confesiones, una tras otra, aunque él bien sabe que no hay quien pueda traducir esos misterios:
-Dice que ha abandonado al maíz -tradujo Carlos-. Dice que muy triste está la milpa. Muchos días sin ir.
-Dice que ha maltratado al fuego. Ha aporreado la lumbre, porque no ardía bien. Ella sufrió.
-Dice que ha profanado al camino, que lo anduvo macheteando sin razón.
-Dice que ha volteado un árbol y no le ha explicado por qué.
-Dice que ha lastimado al buey.
El sacerdote no supo qué hacer con esos pecados, que no figuran en el catálogo de Moisés.
La diosaLa noche de Yemanyá, toda la costa es una fiesta. Bahía, Rio de Janeiro, Montevideo y otras orillas celebran a la diosa de la mar. La multitud enciende en la arena un lucerío de velas y arroja a las aguas un jardín de flores blancas y también perfumes, collares, tortas, caramelos y otras coqueterías y golosinas que a ella tanto le gustan.
Entonces los creyentes piden algún deseo a Yemanyá:
el mapa del tesoro escondido,
la llave del amor prohibido,
el regreso de los perdidos,
la resurrección de los queridos.
Mientras los creyentes piden, sus deseos se realizan. Quizás el milagro no dura más que las palabras que lo nombran, pero mientras ocurre esa fugaz conquista de lo imposible, los creyentes son luminosos y brillan en la noche.
Cuando el oleaje se lleva las ofrendas, ellos retroceden, de cara al horizonte, por no dar la espalda a Yemanyá. Y a paso muy lento regresan a la ciudad, al desamparo.
Yo pecadorMe confieso, padre, y disculpe la demora. Fue a fines del año 93, creo, si no recuerdo mal. Yo volaba hacia Madrid, y en el avión estaba leyendo un diario español, para ponerme al día con las novedades de la madre patria. Un aviso, bastante grande, me llamó la atención. Era un convento haciendo publicidad. Un convento de clausura, en Granada, que andaba escaso de monjas. Yo no sé si usted conoce, padre. El convento había sido fundado, no sé cuándo, para albergar más de cien monjas, y ya no tenía más que nueve. El aviso invitaba a las muchachas españolas a meterse al encierro, y les prometía la gloria: "¡Entrégate al Señor!", decía el aviso, y decía: "¡El te dará el goce eterno!". Como lo oye. Aquello me fulminó, padre, le ruego que comprenda. ¡El goce eterno! Me sentí humillado. Y entonces, padre, lo confieso, cometí el sacrilegio de pensar que Dios Nuestro Señor estaba practicando la competencia desleal. Juro que me arrepentí en el acto, pero reconozco que justo en ese momento el avión pegó tremenda sacudida.
El blasfemadorClavado de una sola mano, Jesús de Nazaret colgaba de los restos de una cruz quemada. El otro Jesús, el de Cambre, colgaba del andamio.
Jesús Babío, el de Cambre, era maestro albañil, maestro carpintero, maestro fontanero y maestro blasfemador. Hacía bien todo lo que hacía, pero él había andado mundo y bien sabía que no había en el mundo quien pudiera superarlo en el arte de la blasfemia, que es, como la mística, un arte español. Y a blasfemazo limpio estaba Jesús, el de Cambre, reconstruyendo la iglesia de Santa María de Vigo, que había sido incendiada por los rojos en los años de la guerra, mientras Jesús, el de Nazaret, negro de tizne, escuchaba aquellos homenajes sin una mueca.
Una mañana, Angel Vázquez llegó de a caballo, y con caballo y todo se metió en la iglesia en ruinas. En lo alto del andamio, Jesús estaba en lo suyo, picando una pared y cagándose en el otro Jesús y en sus llagas y en sus espinas y en sus clavos y en la inmaculada madre que lo había parido.
Por cambiar de tema, Angel le preguntó por sus viajes. Aquel obrero errante había trabajado en Inglaterra, Holanda, Noruega, Alemania...
-Y en Cataluña y en Barcelona, también estuve -aclaró Jesús, mientras clavaba unas cuñas de madera-. Sí que he viajado. He viajado mucho, y fue muy interesante.
Los pájaros entraban y salían, torrenciales como lluvia, por el ventanal de la iglesia, invadido de vegetación.
-Muy interesante -repitió Jesús-. Pero mire usted, don Angel, estuve pensando. -Y con el martillo señaló el ventanal, y más allá señaló el sendero que atraviesa el bosque de Cambre-. Yo me cago en el camino del Calvario, en el camino de Damasco y en todas las autopistas.
Angel miró. En el sendero no había nadie, o quizás había algún lugareño que llevaba, montado en burro, una carga de leña o alfalfa. Y Jesús Babío, el de Cambre, sentenció:
-Porque sepa usted, don Angel, vaya sabiendo, que todo lo que hay para ver en el mundo, y en el alto cielo, pasa por ese caminito ahí.
Génesis, 2Andrea Díaz iba trotando, montaña abajo, por la costa del Pacífico, cuando de pronto se le descolocaron las rodillas y cayó redonda al suelo.
En andas fue llevada hasta el pueblo de Quepos. La llevó un vecino que tenía músculos hasta en las uñas y ni se enteró del esfuerzo. Después, el tarzán trepó como ardilla por el tronco de un cocotero y a machetazos partió los cocos:
-Tómese esto -mandó.
Y explicó que no hay mejor remedio que el agua de coco para que vuelvan a su sitio los huesos que se han corrido de lugar:
-Esto bebían Adán y Eva, en el tiempo en que no había enfermedades. Las enfermedades son de después.
Andrea obedeció, pero no pudo callarse la boca:
-¿Y usted cómo sabe?
El hombre la miró con pena:
-Pero mi niña, cualquiera sabe. ¿No ve que en el Paraíso no había agua corriente?
RecuerdosLuiza Jaguaribe jamás olvidará el día que murió el tío Moro, ni la noche que la tía Gisela dijo la verdad.
Luiza estaba jugando, en el jardín de la casa de las afueras de Passo Fundo. Brincando en un solo pie, iba contando los botones del vestido:
-Uno, dos, porotos con arroz.
Contando los botones, adivinaba al marido que el destino le daría. ¿Se casaría con rey o con capitán, con soldado o con rufián?
-Tres, cuatro, porotos en el plato.
Pegó una voltereta en el aire, abrió los brazos, cantó:
-Cinco, seis. ¡Me caso con el rey!
Y al darse vuelta, chocó con las piernas de su padre y cayó al suelo. El padre se alzaba, inmenso, contra el sol.
-Basta, Luizinha -dijo el padre-. El juego terminó.
Tumbada en el suelo, Luiza supo que el tío Moro ya no estaba más. Ella nunca más iba a escuchar sus cuentos. De labios del tío Moro, Luiza había conocido brujas que viajaban en escoba a motor, ogros que meaban por un agujerito del pie y fantasmas resfriados, que se delataban estornudando.
El tío murió poco antes de la Navidad. Nunca se juntó tanta familia para la cena de Nochebuena. Luiza descubrió una parentela que jamás había visto, un gentío venido quién sabe de dónde, todos vestidos de luto de la cabeza a los pies.
La tía Gisela se sentó a la cabecera de la mesa interminable. El vestido negro, de cuello alto, le quedaba lindísimo, pero Luiza no se atrevió a comentarlo con nadie.
Erguida la cabeza, la mirada perdida en el aire, la tía Gisela no probó bocado ni dijo palabra hasta la medianoche. Entonces, en medio del bullicio, algo dijo: lo dijo suavecito, casi hablando para sí misma, y sin embargo todos lo escucharon. Luiza también lo escuchó:
-Dicen que hay que querer a Dios. Yo lo odio.
Los parientes se persignaron.
Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n631/contra.html