Edades

Eduardo Galeano


 

El cumpleaños

Sally cumplía su primer año de vida en el mundo, y el acontecimiento fue celebrado en grande. La madre, Beatriz Monegal, tendió en el piso un enorme mantel de flores bordadas, de origen inconfesable, y encendió la velita en el mástil de la torta de varios pisos que había comprado, a pagar quién sabe cuándo, en El Emporio de los Sandwiches.

En un santiamén desapareció la torta y se desató la parranda. Los invitados bebieron y bailaron y gozaron hasta rodar de la risa, mientras la homenajeada dormía profundamente, envuelta en ropa limpia y almidonada, dentro de una canasta de verdulería. A las tres menos cuarto de la madrugada, cuando ya no quedaba ni una gota de vino en las damajuanas, Beatriz tomó sus últimas fotografías, apagó la radio, echó a la gente y recogió de apuro todas sus pertenencias.

Y a las tres en punto llegó la policía, a ejecutar el desalojo. Beatriz había invadido aquella casona hacía dos o tres meses, junto a sus muchos hijos negros y a su más reciente amor, que tenía documentos y era rubio y fornido y bueno para abrir casas a patadas. Cuando sonó la sirena del patrullero policial, ya Beatriz había iniciado su nueva peregrinación. Iba por el medio de la calle, tirando de las varas de un carro lleno de niños y de trapos, seguida por su hombre rubio y sus hijos mayores. Ella iba en busca de otra casa para invadir, y su risa rompía el silencio de la noche de Montevideo.Preguntas

Inés, de tres años, hija de Alejandra Rosencof:

-¿Qué tengo yo, mamá? ¿Tengo hambre o tengo sueño?

Julieta, de tres años, hija de Nelly Hughes:

-¿Por qué me voy a ir, si aquí estoy más?

Manuel, de cuatro años, hijo de Minou Tavárez Mirabal:

-¿Otra vez vas a salir, mamá? ¿Pero es que tú no sabes que me haces falta? ¿Que cuando tú te vas, yo lloro?

Soledad, de cinco años, hija de Juanita Fernández:

-¿Por qué los perros no comen postre?

Camilo, de seis años, hijo de Glenda Irazábal:

-¿Por qué me llamás "mi vida", mamá? Vos tenés tu vida y yo tengo la mía.

Vera, de seis años, hija de Elsa Villagra:

-¿Dónde duerme la noche? ¿Duerme aquí, abajo de la cama?

Luis, de siete años, hijo de Francisca Bermúdez:

-¿Se enojará Dios, si no creo en él? Ay, mamá, no sé cómo decírselo.

Carlitos, de cuarenta años, hijo de María Scaglione:

-Mamá: ¿a qué edad me sacaste la teta? Mi psicóloga quiere saber.

La ventolera

Aquella mañana Diego López cumplía cuatro años y le brincaba en el pecho la alegría, la alegría era una pulga saltando sobre una rana saltando sobre un canguro saltando sobre un resorte, mientras las calles de Montevideo volaban al viento y el viento batía las ventanas de la casa. Y Diego abrazó a su abuela Gloria y en secreto, al oído, le ordenó:

-Vamos a entrar en el viento.

Y la arrancó de la casa.Una carta

Vera Carnevale, que tenía once años, escribió una carta a su padre enfermo.

Te digo: querete, cuidate, protegete, mimate, sentite, amate, disfrutate. Te digo: te quiero, te cuido, te protejo, te mimo, te siento, te amo, te disfruto.

Con la carta de su hija bajo la almohada, Héctor se fue en el sueño.Los ciclos

Para cuándo, preguntaba ella, para cuándo.

Una vez por semana, Miguel Migliónico pasaba por allí. La encontraba siempre en el zaguán, clavada a su sillón de mimbre, de cara a la calle, y doña Elvirita lo acosaba a preguntas sobre el embarazo de su mujer:

-¿Para cuándo?

-Para junio, parece.

-¿Qué día?

-Tanto, no se sabe.

Blanca ropa, pelo blanco, siempre lavada y planchada y peinada, doña Elvirita irradiaba paz y solera, señorío del tiempo, y daba consejos.

-Tóquele la panza, que trae suerte.

-Que tome cerveza negra, o malta, para que dé buena leche.

-Hágale los gustos, todos los antojos, que si la mujer se traga las ganas, sale la cría manchada.

Cada viernes, doña Elvirita esperaba la llegada de Miguel. La piel, que le envolvía el cuerpo como un humo rosado, traslucía el ramaje de las venitas alborotadas por la curiosidad:

-¿Cómo está ella? ¿Está linda? Y la barriga, ¿la tiene en punta? Entonces, no falla: será varón.

Soplaban fríos los vientos del sur, el otoño se estaba yendo de las calles de Montevideo.

-Ya falta poco, ¿no?

-Poco, doña, muy poco.

Una tarde, Miguel pasó muy apurado:

-Dice el médico que es cuestión de horas. Hoy, o mañana.

Doña Elvirita abrió grandes los ojos:

Al viernes siguiente, el sillón de mimbre estaba vacío. Doña Elvirita había muerto el 17 de junio de 1980, mientras en casa de los Migliónico nacía un niño que se llamó Martín.Soñares

Al fin de sus días, la abuela Raquel estaba ciega. Pero en el sueño de Helena, la abuela veía.

En el sueño, la abuela no tenía un montón de años, ni era un puñado de cansados huesitos: ella era nueva, era una niña de cuatro años que estaba culminando la travesía de la mar desde la remota Besarabia, era una inmigrante entre muchos inmigrantes. La abuela pedía a Helena que la alzara, en la cubierta del barco, porque el barco estaba llegando y ella quería ver el puerto de Buenos Aires. Y en brazos de Helena, veía.

Y después la abuela le decía que quería ver a sus queridos de toda la vida, y Helena se la llevaba volando y la abuela los veía, uno por uno veía a los bienamados:

-¡Tanto tiempo sin verte! -gritaba la abuela, en plena volandería.

Y después de tanto ver, la abuela quiso verse:

-Quiero verme -pidió-. Quiero verme como yo era antes.

Y en el sueño de Helena, Helena quiso, pero no pudo.El juego

A lomo de mula, a lomo de moto, a lomo de nada, Federico Ocaranza recorre los caseríos perdidos en las montañas del norte argentino. El anda curando bocas en esas soledades, en esas pobredades: la llegada del dentista, el enemigo del dolor, es una buena noticia para los pastores de llamas y los labradores de tierras heladas, y allá las buenas noticias son pocas, como poco es todo.

Federico me contó que los niños jamás se cansan jugando al fútbol en la altura, y se pasan el día persiguiendo una pelota de trapo entre las nubes. Pero me dijo que no es el fútbol lo que más los divierte. Mucho más disfrutan haciéndose los muertos. Los niños se acuestan en el suelo de piedra, con los brazos en cruz, y se burlan de los cóndores. Cuando los cóndores, que vuelan en círculos, se lanzan al ataque, ellos pegan el brinco.

Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n625/contra.html