Espejos

Eduardo Galeano


 

Los patos

En una entrañable novela de JD Salinger, un muchacho llamado Holden Caulfield no daba pie con bola en el colegio ni en nada, y se sentía más solo que un perro solo. En uno de los primeros capítulos, Holden escuchaba los reproches de un profesor del curso de historia, y para escapar de tan atroz aburrimiento, pensaba en los patos del lago del sur del Central Park de Nueva York. ¿Adónde se iban los patos, cuando venían los fríos y el lago se cubría de hielo? ¿Algún camión los recogía y los llevaba al zoológico? ¿O se marchaban a otro sitio por su cuenta? Holden pensaba en este problema de los patos en invierno, y el asunto le interesaba mucho más que el examen sobre los egipcios y sus momias.

Todavía no era invierno cuando Adolfo Gilly conoció ese lago. Adolfo andaba paseando por el Central Park y se sentó al pie de una loma verde, ante las aguas salpicadas por las suaves luces doradas de una tarde de otoño. Y en eso estaba, cuando un profesor, que no era de historia sino de literatura, llegó con sus alumnos a la orilla del lago.

El profesor se puso a leer, en voz alta, ese capítulo de la novela de Salinger. Los muchachos escuchaban, sentados en rueda. Y Adolfo vio que una escuadra de patos se acercaba nadando a toda velocidad. Los patos se quedaron pegados a la orilla, mientras el profesor leía las palabras que hablaban de ellos.

Cuando terminó de leer el capítulo, el profesor se fue, seguido por sus alumnos.

También los patos se fueron.

La noche

Cuando tenía siete años, Helena quiso descubrir la noche.

Se hizo la dormida, y a la medianoche se escapó de la cama. En silencio, se vistió. Se vistió de fiesta, como si fuera domingo o día de cumpleaños. Y con todo sigilo se deslizó hacia el patio y se sentó a conocer los misterios de la noche de Tucumán.

Sus padres dormían, sus hermanas también. Helena quería saber cómo era el cielo mientras la gente dormía. Quería ver cómo crecía la noche, y cómo viajaban la luna y las estrellas. Alguien le había dicho que los astros se mueven, y a veces se caen, y que el cielo va cambiando de color mientras la noche anda, porque la noche nunca es negra como a primera vista parece.

Aquella noche, noche de la revelación de la noche, Helena miraba sin parpadear. Le dolían los ojos, se estrujaba los párpados, volvía a mirar. El color del cielo seguía siendo negro como la tinta china y la luna y las estrellas seguían estando muy quietas, cada cual en su sitio.

La despertaron las luces del amanecer. Helena lagrimeó. Después, se consoló pensando que a la noche no le gusta que le espíen los secretos.

Naturaleza viva

Alfredo Mires rescata las tradiciones de Cajamarca.

Hace años, cuando Alfredo estaba empezando a recoger la memoria de las costumbres y los tiempos, los campesinos le propusieron algunos temas de trabajo:

el eclipse,
la lluvia,
la inundación,
la niebla,
la helada,
el ventarrón,
el remolino.
Alfredo asintió:

-Ah, sí -dijo-. Fenómenos naturales.

Nadie respondió. De callada manera, le estaban diciendo que tal cosa no existe en Cajamarca.

Con el tiempo, Alfredo aprendió.

Aprendió que el eclipse ocurre porque el sol y la luna son una pareja que se lleva mal, sol de fuego, luna de agua, y cuando se encuentran, se pelean, y el sol quema a la luna o la luna moja al sol y lo apaga por un rato;

y aprendió que la lluvia es hermana de los ríos;

que por los ríos corre la sangre de la tierra, y hay inundación cuando la sangre se derrama;

que la niebla se mata de la risa burlando a los caminantes;

que la helada es tuerta, y por eso quema los cultivos por un solo lado;

que el ventarrón se relame comiéndose las semillas sembradas en luna verde

y que el remolino da vueltas porque tiene un solo pie.

La voz

En busca de Franz Kafka, caminé las calles de Praga.

Anduve en silencio, rodeado de silencio, a pesar del alboroto del gentío y de las máquinas. Por mucho ruido que hubiera, por mucha gente que tuviera, Praga estaba callada como Kafka, callada de él; y sola.

Atravesé la ciudad de punta a punta, y ya había caído la noche cuando llegué a la calle Celetnà. En la esquina donde la calle Celetnà se abre a la gran plaza de la Ciudad Vieja, una voz rompió, de golpe, el silencio que yo traía. Una mujer cantó. Alzándose sobre su silla de ruedas, esa mujer tullida desgarró la noche con la voz más bella que yo haya escuchado jamás. La voz más bella, la más dolida: clavada en el negro fulgor del empedrado, esa mujer cantó el alarido de todos los solos del mundo.

Me quedé estupefacto, me pellizqué el brazo. ¿Estaba dormido? ¿Estaba soñando? ¿En qué mundo estaba? Pero a mis espaldas, unos muchachos se burlaron de la paralítica cantora, la imitaron riendo a las carcajadas, y ella se calló y agachó la cabeza. Y entonces, no tuve dudas: yo estaba despierto y bien despierto, en el exacto centro de este mundo.

El lector

En uno de sus cuentos, Osvaldo Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido de la Patagonia. Al Barda del Medio, el equipo local, nunca nadie le había metido un gol en su cancha. Semejante agravio estaba prohibido, bajo pena de cárcel o de horca. En el cuento, el equipo visitante evitaba la tentación durante todo el partido; pero al final, en una de las pifias de la defensa del Barda, el delantero centro quedaba solo frente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.

Treinta y tres años después, cuando Osvaldo llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en un abrazo y lo alzó con valija y todo:

-¡Gol, no! ¡Golazo! -gritó-. ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé lo festejaste! -y cayó de rodillas, elevando los brazos al cielo. Después, se cubrió la cabeza:

-¡Qué manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!

Osvaldo, boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.

-¡Se te vinieron encima! ¡Eran un pueblo! -gritó el entusiasta. Y entonces se hinchó como un sapo, señaló a Osvaldo con el pulgar y dijo a los curiosos que se habían acercado:

-A éste, yo le salvé la vida.

Por primera vez se estaba llenando de gente aquel partido que Osvaldo había jugado a solas, una lejana madrugada, sin más compañía que una máquina de escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.

El pintor

-Yo me di cuenta de que estaba muerto, porque hablaba en latín -me explicó Angel Vázquez.

Además, se sabía. Hacía tiempo que Urbano Lugrís, artista pintor, yacía bajo tierra. Pero aquella tarde, Angel había subido a la torre, para esperar el otoño, y se lo había encontrado.

Desde lo alto de la costa gallega, Angel estaba contemplando el otoño, que venía de la mar, y el otoño era una luz blanca que invadía el cielo, limpio de nubes. En esa paz estaba Angel, blanca brisa, aire nuevo, cuando descubrió que tenía al artista a su lado. El viejo dijo alguna de esas maldades muy suyas, que en latín sonaban raro, pero rió como siempre reía, que no era con la boca sino con sus peligrosos ojos de niño encendidos bajo la maraña del pelo.

Y entonces, de pronto, el cielo se enloqueció: se alborotó, se oscureció, y en la súbita negrura aparecieron bailando unas nubes venidas quién sabe de dónde, nubes de oro, nubes de fuego, nubes de vino, y luego llegaron los relámpagos y las acuchillaron. Y tembló el mundo, sacudido por los truenos, y sobre el mundo se desplomó una lluvia del fin del mundo.

Angel gritó:

-¡Don Urbano! ¡Pinte eso, hombre!

Inmóvil bajo la lluvia violenta, el artista echó un bufido de perro viejo. Fue en latín, pero dio para entender:

-¡Pero no ves que estoy muerto, carajo!

El exilio

Leonardo Rossiello vino del norte del mundo. El viaje desde Estocolmo hasta Montevideo se complicó, hubo no sé qué problemas con las conexiones de los vuelos, y por fin Leonardo llegó, tarde en la noche, en un avión que nadie esperaba.

Ante la puerta de la casa de sus padres, vaciló:

-¿Los despierto? ¿No los despierto?

Hacía años que vivía lejos, el tiempo del exilio, los años ciegos de la dictadura militar, y estaba loco de ganas de ver a su gente. Pero decidió que mejor esperaba.

Se echó a caminar por la vereda, la vereda de su infancia, y sintió que las baldosas le reconocían los pies. Se le llenó la cabeza de noticias viejas y chistes malos, y todo le parecía nuevo y divertidísimo. La luna llena había subido, cielo arriba, para saludarlo y para iluminar su ciudad dormida. Era una helada noche de invierno, la ciudad estaba envuelta en escarcha, pero él respiraba estos aires como si fueran del trópico.

Leonardo demoró un buen rato en darse cuenta de que estaba cargando una valija, y que la valija pesaba más que un cementerio. Entonces cruzó la calle, atravesó el campo baldío y se sentó sobre la valija, de espaldas contra una pared.

El frío no lo dejaba dormir. Cuando se alzó, y miró la pared, encontró garabatos y palabras en el rotoso revoque, corazones flechados, promesas del amor y agravios del desamor, calumnias (La María tiene celulitis).

Y gracias a la luna, Leonardo pudo leer, también, unas letras medio borroneadas, que preguntaban: Y entonces, ¿dónde estabas? ¿Diciendo qué palabras? ¿Hablando con qué gente?

El árbol

Siete mujeres se sentaron en círculo.

Desde muy lejos, desde su pueblo de Momostenango, Humberto Ak'abal les había traído unas hojas secas, que él había recogido al pie de un árbol.

Cada una de las mujeres quebró una hoja, suavemente, contra el oído.

Una sintió un viento soplándole la oreja.

Otra, la fronda que se hamacaba.

Otra, un batir de alas de pájaros.

Otra dijo que en su oreja llovía.

Otra escuchó los pasos de algún bichito que corría.

Otra, un eco de risas.

Otra, un rumor de aplausos.

Humberto me lo contó, y yo pensé: ¿No será que las hojas muertas susurraron, al oído de esas mujeres, la memoria del árbol?

 

Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n603/contra.html