Huellas
Eduardo Galeano
Tengo el cuerpo todo lleno de palabras. En los análisis de sangre, siempre aparecen más palabras que glóbulos: Caminares
--El colesterol está dentro de los límites, pero las palabras... -me dice el médico, y frunce el ceño.
Las palabras me caminan adentro, mientras yo camino. En mis ires y venires a lo largo de la costa de Montevideo, las palabras van y vienen todo a lo largo de mí: ellas se buscan, se encuentran, se juntan, y juntas crecen y se van convirtiendo en cuentos que quieren ser contados. Entonces las palabras golpean a las puertas de mi cuerpo, la puerta de la boca, la puerta de la mano, queriendo salir, queriendo darse, mientras yo me dejo ir por la orilla del río ancho como mar. Fue a la orilla de ese río-mar donde alguna vez también yo golpeé a las puertas de un cuerpo, queriendo salir, queriendo darme, y fui nacido.Por acaso del destino, yo estaba allí. Era el tiempo de la guerra, yo andaba de siete años recién cumplidos. El tajo
No soy frecuentador de tristezas, creamé. Rolendio Martínez, un servidor, ya va para un siglo de vida. Nunca gusté de negruras, ni encontré tocayos, ni tuve trabajo aliviado. A esta altura ya no cumplo años ni uso reloj, pero no soy yacaré viudo para andar caminando con la cabeza volteada. Así que no vaya a interpretarme mal. Lo mío no es manía. Yo vi lo que vi, y lo sigo viendo. Con los ojos abiertos, y durmiendo también. Nunca conseguí sacarme ese amargamiento.
Clarito, lo veo. Había un hombre que tenía un pañuelo colorado en el pescuezo. Algo andaría haciendo, quién sabe, ahí a la orilla del arroyo Sarandí. En eso, escuché caballos. Y vi. Fue cosa de un momentito. Dos jinetes llegaron de atrás, pasaron como viento, uno cazó al hombre por el pañuelo y el otro pegó el cuchillazo, y después limpió el cuchillo, al galope, en el anca del caballo. Y se perdieron en el polvo.
Fue a la hora de la siesta, en pleno verano. La memoria mía no ha tenido el consuelo de la niebla, ni la excusa de la oscuridad. Fue hace noventa años, y lo veo todavía: el tajo de oreja a oreja, el chorro de sangre, el hombre que salió corriendo, pegando manotazos, sin saber que estaba muerto.
Los geólogos andaban persiguiendo los restos de una pequeña mina de cobre que se había llamado Cortadera, que había sido y ya no era y que no estaba en el mapa ni en ninguno de los lugares donde ellos la buscaban. La memoria
En el pueblo de Cerrillos, alguien les dijo:
--Eso, nadie sabe. El viejo Honorio, quién sabe si sabe.
Don Honorio, vencido por el vino y los achaques, los recibió echado en el catre. Les costó convencerlo. Al cabo de unas cuantas horas y tragos y cigarrillos y dinero, que sí, que no, que ya veremos, aceptó acompañarlos al día siguiente.
Agobiado emprendió la marcha don Honorio, a los tropezones, y a duras penas trepó las primeras lomas y atravesó el río seco. Pero a medida que iba recorriendo huellas, viajando a lo largo de la quebrada y a lo largo del tiempo, se le fue afirmando el paso. Poquito a poco, el cuerpo doblado se le enderezó.
--¡Por ahí! ¡Por ahí! -señalaba el rumbo, y se le alborotaba la voz cuando iba reconociendo sus lugares perdidos.
Se había echado a andar en silencio, a la cola de todos, pero al cabo de un día entero de caminata, don Honorio era el más conversador, y bajó al valle a la cabeza de los jóvenes exhaustos.
Durmió de cara a las estrellas, fue el primero en despertar. Estaba apurado por llegar a la mina, y no se desvió ni se distrajo.
--Ese es el trillo de la excavadora -señaló. Y sin la menor vacilación, ubicó las bocas de los socavones y los lugares donde habían estado las mejores vetas, la chatarra que había sido máquina, las ruinas de barro que habían sido casas, los secarrales que habían sido vertientes de agua. Ante cada sitio, ante cada cosa, don Honorio contaba una historia, y cada historia estaba llena de gente y de risa.
Cuando emprendieron el regreso, ya don Honorio estaba siendo bastante menor que sus nietos.
En el patio de baldosas, sonó un estrépito de botas con espuelas. Desnudo, tirado boca abajo sobre el charco de su sangre, el Tito Bernal alcanzó a entreabrir un ojo. Y pudo ver las botas plantadas ante su cara, botas que olían a cuero mojado, y desde ellas, la larga sombra que partía en dos el patio. Le ardió en el ojo la blancura del patio, blanco de luna. El profesor
Allá en lo alto de las botas, tronó una voz. El Tito la reconoció. Era la voz de Alcibíades Britez, jefe de policía de Asunción, un servidor de la patria que cobraba los sueldos y recibía las raciones de setecientos policías muertos. El Tito había escuchado esa voz cada una de las muchas veces que había sido molido a palos por causa de las ideas que creía y la gente que quería, porque andaban haciendo alboroto los campesinos sin tierra o porque se estaba llenando la ciudad de panfletos y pintadas que no eran para nada cariñosos con el superior gobierno.
La bota lo pateó, lo hizo rodar, la voz sentenció:
--El profesor Bernal... Vergüenza debía darte. Los profesores no están para armar líos. Los profesores están para dar conocimientos.
El Tito tenía la boca hecha un estropajo, pero consiguió decir:
--Así es. Quizás el jefe de policía lo escuchó. Si lo escuchó, no lo entendió.
Algún tiempo después, el Tito terminó de morir.
Flameaban, altas, las banderas. La banda ensayaba una y mil veces el himno nacional, mientras otros maestros ponían a punto lo mejor de la música lugareña. Un caballo, de nombre Moscardón, espantaba las vacas que se metían a pastar en la pista. El avión
Nadie había faltado. El pueblo entero de Lorica llevaba horas esperando, achicharrándose al sol, todos con el pescuezo torcido y los ojos clavados en el cielo, encajes, lacitos, corbatas, almidonados todos como para boda o bautismo.
Desde lejos, lo vieron venir. Y tragaron saliva. Y cuando el esperado se lanzó a tierra, el tremendo trueno y el latigazo de viento provocaron una estampida general en la concurrencia.
Por fin las hélices dejaron de girar y calló aquel ruido de guerra. Y la multitud boquiabierta pudo ver, de lejos, al gigante. Inmóvil en la neblina del polvo rojo, la máquina, negra, brillaba.
Nunca se había visto un avión en el pueblo de Lorica. La gente quedó muda de espanto, paralizada ante tanto prodigio, hasta que un valiente rompió filas y corrió. Y al pie del monstruo, gritó:
--¡Huele a jabón! Entonces la música estalló. Las dos orquestas tocaban simultáneamente el himno patrio y un popurrí de vallenatos, mientras la multitud atropellaba saltando y bailando. Los pasajeros fueron bajados en andas y al piloto lo ahogaron en un mar de flores. Y celebrando la aparición del venido del cielo, se echó a correr el trago fuerte y se desató la parranda, dale y dale, en las calles del pueblo.
El avión había hecho una escala, una paradita para seguir viaje hacia otros rumbos, pero ya no pudo despegar.
--Ese fue el primer secuestro aéreo de la historia de Colombia -dice David Sánchez-Juliao, el más joven de los secuestradores.
Parece orquídea, pero no. Huele a gardenia, pero tampoco. Sus grandes pétalos, alas blancas, tiemblan queriendo volar, irse del tallo: en Cuba la llaman mariposa. La flor
Alessandra Riccio plantó, en tierra de Nápoles, un bulbo de mariposa, traído desde La Habana. En tierra extraña, la mariposa dio hojas, pero no floreció. Y pasaron los meses y los años, y seguía sin nada más que hojas cuando unos cubanos amigos de Alessandra llegaron a Nápoles y se quedaron en su casa durante una semana.
Entonces, en los alrededores de la planta, sonaron y resonaron las voces de su tierra, el antillano modo de decir cantando: la planta escuchó esa música de las palabras día tras día y noche tras noche, porque los cubanos hablan despiertos y dormidos también.
A la semana, Alessandra dijo adiós a sus amigos. Y cuando regresó del aeropuerto, una enorme flor blanca la estaba esperando. Las alas desplegadas brillaban, luminosas, en la noche de su casa.
El sol se está escondiendo tras los cipreses, cuando Aurora llega al cementerio de San Antonio de Areco. La han llamado: El viaje
--Necesitamos el lugar. Se muere mucha gente, usted comprenda.
Y un funcionario le dice:
--Mucho gusto, señora. Son trescientos pesos. Aquí tiene.
Y le entrega los huesos, dentro de una bolsa de esas que se usan para echar la basura.
En un automóvil negro y enorme, Aurora Meloni se lleva los huesos. El chofer, vestido de negro desde la gorra hasta los zapatos, maneja en silencio. Ella agradece ese silencio. No mira la bolsa de plástico negro. Mira al mundo, que corre al otro lado de la ventanilla. En un descampado, unos muchachos juegan al fútbol. Aurora no soporta esa alevosa felicidad; da vuelta la cara. Mira la nuca del chofer. No mira la bolsa, que viaja en el suelo, apretada entre sus piernas.
Dentro de esta bolsa, ¿quién está? ¿Aquel muchacho que vendía con ella queso casero y dulce de leche en las ferias de los barrios de Montevideo? ¿Aquél que con ella enredado dormía? ¿Por qué nadie les avisó que todo iba a durar tan poco? ¿Dónde están las palabras que no se dijeron? Las cosas que no hicieron, ¿dónde están? Muchos años han pasado. Diecisiete años, o veinte, o cien. El oficial que había arrancado a Daniel de su cama a puñetazos, sigue estando donde antes estaba. Los hombres, armados hasta los dientes, que acompañaban al oficial, también siguen estando, y siguen armados hasta los dientes. ¿Y Daniel? En esta bolsa de plástico, ¿está Daniel? ¿Aquel que amenazaba con cambiar al mundo y fue arrojado a la vera de un camino como éste, con treinta y seis agujeros en el cuerpo?
¿Y ella? En este automóvil de nunca acabar, este fúnebre adefesio de alquiler, ¿está ella? ¿Es ella esta mujer que se muerde los labios y siente agujitas en los ojos? ¿Será esto un automóvil? ¿O será aquel tren fantasma que alguna vez se escapó de la vía, con ella adentro, y se la llevó a ninguna parte? Aurora quisiera llorar, quisiera llorarse, pero tiene la cara reseca. Y a su lado viaja la bolsa de plástico negro, cerrada con un nudo.
En 1984, enviado por alguna organización de derechos humanos, Luis Niño atravesó las galerías de la cárcel de Lurigancho, en Lima. Luis se abrió paso a duras penas y se hundió en el sopor, en el dolor, en el horror. En aquella soledad llena de gente, todos los hombres estaban condenados a tristeza perpetua. Los presos, desnudos, amontonados unos sobre otros, balbuceaban delirios y humeaban fiebres y esperaban nada. La cárcel
Después, Luis quiso hablar con el director de la cárcel. El director no estaba. Lo recibió el jefe de los servicios médicos. Luis dijo que había visto muchos presos en agonía, vomitando sangre o comidos por las llagas, y no había visto ningún médico. El jefe explicó:
--Los médicos sólo entramos en acción cuando nos llama el enfermero.
--¿Y dónde está el enfermero?
--No tenemos presupuesto para pagar un enfermero.
Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n600/contra.html