"MEMORIAS Y DESMEMORIAS" II 
 
Eduardo Galeano

("La Jornada Semanal, 11-5-97)


La memoria porfiada

                            ¿Dónde estaba yo, antes de estar?
                            Pregunta de un niño de cinco años
                         a la madre, según me contó la madre.

¿La historia se repite? ¿O se repite sólo como penitencia de quienes 
son incapaces de escucharla? No hay historia muda. Por mucho que
la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la
memoria humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue
latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no
lo quiera o no lo sepa.

Los libros y las gentes achicharrados en las hogueras de la Santa
Inquisición irradian una obstinada energía, energía de pluralidad y
tolerancia, sobre los procesos de cambio de la España de hoy. Las
voces de la América precolombina, castigadas voces que hablan de
la vida en comunidad y de la comunión con la naturaleza, resuenan
muy nuevitas, abriendo brechas en los callejones sin salida de esta
América actual. Los brasileños están redescubriendo el más
despreciado capítulo de su historia, la resistencia del reino de
Palmares, aquel santuario de libertad donde los esclavos negros
fugitivos derrotaron a más de cuarenta embestidas militares a lo
largo de un siglo, y en esa perdida memoria están empezando a
celebrar el más certero símbolo de la dignidad nacional. Los
argentinos empiezan a reconocer su mejor símbolo de salud mental
en las madres de la Plaza de Mayo, que habían sido llamadas locas
cuando se negaron a olvidar, y en Guatemala el símbolo de otro
país posible ya se llama Rigoberta Menchu, la mujer indígena que
desde hace dos años encabeza el desafió contra la amnesia de los
crímenes del terror de Estado.

La mala memoria

                       Tenía tan mala memoria que se olvidó
                       de que tenía mala memoria y se acordó
	       de todo.

                                                                               
Ramón Gomez de la Serna

La amnesia, dice el poder, es sana. Desde el punto de vista del poder, 
no solo estaban y están locas las madres de sus
víctimas, sino que también están locos sus propios instrumentos, los 
verdugos, cuando no pueden dormir a pata suelta, sin
otra molestia que los mosquitos del verano. No es mucha la gente que 
nace con esa incómoda glándula llamada conciencia,
que segrega culpa, pero a veces se da: cuando un oficial del ejército 
argentino, el capitán Scilingo, reveló que no podía
dormir sin lexotanil o borrachera desde que había arrojado al mar a 
treinta prisioneros vivos, sus superiores le recomendaron
tratamiento psiquiátrico, porque se había vuelto loco.

El gobierno argentino ha enviado a Europa a más de un oficial nazi, 
aplicando la extradición por crímenes masivos cometidos
hace más de medio siglo, al mismo tiempo que otorgaba impunidad, y 
aplausos, a los oficiales argentinos que habían
cometido crímenes masivos hace un rato nomás. La memoria y la justicia, 
¿son lujos que los países latinoamericanos no
pueden permitirse? ¿Estamos obligados a vivir en estado de perpetua 
mentira? El poder identifica a la memoria con el desorden
y a la justicia con la venganza. En nombre del orden democrático y de la 
conciliación nacional, se han dictado leyes de
impunidad en los países latinoamericanos que vienen de sufrir dictaduras 
militares. Esas leyes, que entierran el pasado,
destierran la justicia.

Cuando en 1989 se realizó en el Uruguay el plebiscito contra la 
impunidad, la mayoría de la gente cayó en la trampa de la
propaganda oficial, que sembró el pánico bombardeando con amenazas a la 
opinión pública. Lavado de memoria, lavado de
cerebro: si se castigaban los crímenes de la gente de uniforme, o si 
simplemente se abría la posibilidad de que semejante cosa
ocurriera, la violencia volvería, se repetiría la historia. El olvido 
era el precio de la paz.

La experiencia dice todo lo contrario. Para que la historia no se 
repita, hay que recordarla; la impunidad, que premia al delito,
estimula al delincuente. Y cuando el delincuente es el Estado, que 
viola, roba, tortura y mata sin rendir cuentas a nadie, se
emite desde el poder una luz verde que autoriza a la sociedad entera a 
violar, robar, torturar y matar. Y la democracia paga, a la
corta o a la larga, las consecuencias.

La impunidad del poder, hija de la mala memoria, es una de las maestras 
de la Escuela del Crimen. A esa escuela acuden, hoy
por hoy, muchos millones de niños latinoamericanos; y el alumnado crece 
día a día.

Encontrado en: http://burn.ucsd.edu/archives/chiapas-l/1997.05/msg00151.html