La pobre mano humana

Eduardo Galeano


En otros tiempos imperiales, mientras Roma se apoderaba de todo el Mediterráneo y mucho más, los ejércitos regresaban arrastrando caravanas de prisioneros de guerra. Esos prisioneros se convertían en esclavos. La cacería de esclavos empobrecía a los trabajadores libres. Cuantos más esclavos había en Roma, más caían los salarios y más difícil resultaba encontrar empleo.

Dos mil años después, a principios de 1997, un empresario hizo una reveladora alabanza de la globalización:

-Los asiáticos trabajan veinte horas al día -declaró- por ochenta dólares al mes. Si quiero competir, tengo que recurrir a ellos. Es el mundo globalizado. Las chicas filipinas que trabajan en nuestras oficinas en Hong Kong están siempre dispuestas. No hay sábados ni domingos. Si se tienen que quedar varios días de corrido sin dormir, lo hacen, y no cobran horas extras ni piden nunca nada.

Unos meses antes de esta elegía, se había incendiado una fábrica de muñecas en Bangkok. Las obreras, que ganaban menos de un dólar por día y comían y dormían en la fábrica, murieron quemadas vivas. La fábrica estaba cerrada por fuera, como los barracones de la época de la esclavitud.


EL PREMIO Y EL CASTIGO

Al paso que vamos, el trabajo humano podría llegar a convertirse en la mercadería más barata del mundo. El derecho laboral tiende peligrosamente a reducirse al derecho de trabajar por lo que quieran pagarte. La cacería de brazos ya no requiere ejércitos, que de eso se encarga solita la miseria creciente en la mayor parte del planeta, y las fábricas ya están abarcando al mundo entero: atraviesan las fronteras a la velocidad de la luz, por obra y gracia de las nuevas tecnologías de la comunicación y del transporte, que han hecho desaparecer el tiempo y las distancias.

En América Latina, esta realidad se traduce en un vertical crecimiento del llamado sector informal, el trabajo al margen de la ley, que en 1996 llegaba al 56 por ciento del total, según los datos de la oit, el organismo internacional especializado en estos asuntos. Los trabajadores fuera de la ley son, pues, mayoría: trabajan más, ganan menos y no los amparan las garantías laborales ni los beneficios sociales

conquistados en largos años, duros años, de lucha sindical. "Desregulación" y "flexibilización" son los feos eufemismos que definen a una situación que obliga a cada cual a arreglárselas como pueda. Y al cabo de una vida de trabajo, tampoco es mucho mejor la situación de los trabajadores legales, que fue certeramente definida por una vieja obrera que me comentó, a propósito de su jubilación de hambre:

-Si éste es el premio, ¡cómo será el castigo!


EL REINO DEL REVÉS

Personas, países: ¿quién se salva del miedo? El miedo como realidad, el miedo como amenaza o coartada. El mercado de trabajo vomita gente, y no sólo en las regiones condenadas a los precios de ruina de sus productos y a la usura de los bancos internacionales, sino también en los propios reductos del privilegio, donde el desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo del ocio y los espacios de libertad, sino que, paradójicamente, está sembrando el miedo. En algunos países europeos, uno de cada cuatro jóvenes no encuentra trabajo, por el desplazamiento de las industrias livianas a los países pobres del sur del mundo, y también por el vertiginoso progreso de una tecnología que reduce espectacularmente el tiempo de trabajo necesario para la producción de cada cosa.

Nadie está a salvo, ni siquiera los trabajadores especializados en los sectores más sofisticados y dinámicos, donde también la contratación a destajo tiende a sustituir al empleo fijo. En las telecomunicaciones y la electrónica, ya están funcionando las empresas virtuales, donde el trabajo se realiza de computadora a computadora, sin que los trabajadores se conozcan entre sí ni conozcan a sus empleadores, que no deben obediencia a ninguna legislación nacional. También estos profesionales, altamente calificados, están condenados a la incertidumbre y a la inestabilidad laboral.

El pánico a la pérdida del empleo no es para nada ajeno a un disparate que las estadísticas registran, y que sólo puede parecer normal en un mundo que ha perdido todos los tornillos: en los últimos treinta años, los horarios de trabajo aumentaron notablemente en Estados Unidos, Canadá y Japón, y sólo disminuyeron, un poco, en algunos países europeos. Es un atentado contra el sentido común: el asombroso aumento de la productividad operado por la revolución tecnológica no sólo no se ha traducido en una elevación proporcional de los salarios, sino que ni siquiera ha disminuido los horarios en los países de más alta tecnología. En Estados Unidos, el trabajo es actualmente la principal fuente de stress, según las encuestas, muy por encima de los divorcios y del miedo a la muerte, y en Japón el karoshi, el exceso de trabajo, está matando diez mil personas por año.

El afán de consumo y las ilusiones de ascenso social no alcanzan para explicar, por sí solas, tanta locura. En vez de generar libertad, tiempo libre, tiempo de vida vivida por el placer de vivir y no por el deber de producir, las máquinas generan miedo. Y al fin y al cabo, eso nada tiene de nuevo. El miedo siempre ha sido, junto con la codicia, uno de los dos motores más activos del sistema que en otros tiempos se llamaba capitalismo y ahora luce el nombre artístico de economía de mercado.

Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n641/contra.html