Universitarias
Eduardo Galeano
PARA LA CÁTEDRA DE DERECHO CIVIL
Están haciendo cola los pobres de absoluta pobrecía, los condenados a pena de pena perpetua. Olor a jabón barato, gente limpita y peinada: la ley se despierta temprano, hoy atiende el abogado a primera hora.
El abogado ve que en la cola espera una anciana con varios niños y un bebé en brazos. Cuando le llega el turno, ella muestra sus papeles. Los niños no son nietos, son hijos. Esa mujer tiene treinta años y nueve hijos, y viene a pedir ayuda. Ella había levantado un rancho de lata y madera en algún lugar de las orillas del Cerro de Montevideo: creía que era tierra de nadie, pero era de alguien. Y ahora van a echarla de allí, ya le ha llegado esa cosa que se llama orden de lanzamiento.
El abogado la escucha, revisa los papeles que ella ha traído, menea la cabeza. Demora en hablar, traga saliva, por fin dice:
--Lo lamento, señora, pero no hay nada que hacer.
El abogado lo dice en voz baja, mirando al suelo.
Cuando alza la mirada, ve el racimo de hijos en torno de esa mujer. Una de las niñas se está tapando las orejas con las manos. Quién sabe si ella sabe que esas palabras, "no hay nada que hacer", ese trueno, ese castigo, van a aturdirle los oídos a lo largo de todas las vidas de su vida.Para la Cátedra de Historia del Arte
En las profundidades de una cueva del río Pinturas, un cazador estampó en la piedra su mano roja de sangre. El dejó su mano allí, en alguna tregua entre la urgencia de matar y el pánico de morir. Y algún tiempo después, otro cazador imprimió, junto a esa mano, su propia mano negra de tizne. Y luego otros cazadores fueron dejando en la piedra las huellas de sus manos empapadas en colores que venían de la sangre y de las cenizas, de la tierra y de las flores.
Trece mil años después, cerquita del río Pinturas, en la ciudad de Perito Moreno, alguien escribe en una pared: "Yo estuve aquí".
Unas cuantas abejas vuelan dentro de una habitación vacía y cerrada. Durante varios días se ofrece a las abejas, por único alimento, un néctar de flores mezclado con la pócima Z. Entonces se introduce en la habitación una camisa impregnada del olor de alguien. Agotado el néctar, las abejas pasan hambre, revoloteando en torno a ese olor. PARA LA CÁTEDRA DE DERECHO LABORAL
Una noche, se libera a las abejas cerquita de la hamaca donde duerme el dueño de la camisa. Las abejas, desesperadas, clavan sus dardos. Al amanecer, el inoculado no consigue levantarse. No le responden sus músculos de trapo. Al mediodía, se apaga como una vela. De nada sirven las compresas de hojas de romero y de nuez de jenjibre, empapadas en ron clarín, ni otros remedios infalibles. A la tarde, sus queridos lo llevan en andas al cementerio, y derraman lágrimas y arrojan flores mientras las paladas de tierra caen sobre el cajón. Pero esa noche, el difunto rompe el cajón, abre la tumba y vuelve al mundo. El regresado ha perdido la pasión y la memoria. Los ojos idos, callada la boca, trabaja sin horario ni salario, moliendo caña o alzando paredes o cargando leña, y no se queja jamás, ni jamás exige, ni pide siquiera.
(Esta es una modesta proposición para corregir la indisciplina de la mano de obra en la era de la globalización industrial. Se basa en un tratamiento ya ensayado, en casos aislados, en la república de Haití, que podría aplicarse exitosamente en escala universal. La experiencia permite confiar en su eficacia contra las tendencias conflictivas que actualmente alteran la paz pública, perjudican al sistema productivo y desalientan la inversión extranjera.)
PARA LA CÁTEDRA DE EDUCACIÓN CÍVICA
Corría el año 1916, y la Argentina celebraba elecciones.
En el pueblo de Campana, se votaba en la trastienda del almacén de ramos generales. José Gelman, de profesión carpintero, fue el primero en llegar. Iba a votar por primera vez en la vida, y el deber cívico le hinchaba el pecho. Aquella era la mañana de su descubrimiento de la democracia. José era un inmigrante venido del otro lado del mundo y no había conocido nada más que el despotismo militar de la lejana Ucrania.
Cuando José estaba metiendo su voto, voto por el Partido Radical, en la boca de la urna, una voz ronca le paralizó la mano:
--Te estás equivocando de montón -advirtió la voz.
Por entre las rejas de la ventana, asomó el caño de una escopeta. El caño apuntó al montón correcto, donde estaban las listas del Partido Conservador.
José corrigió su error.
PARA LA CÁTEDRA DE RELIGIÓN
Cuando llegué a Roma por primera vez, yo ya no creía en Dios, y no tenía más que a la tierra por único cielo y único infierno. Pero no guardaba un mal recuerdo del Dios padre de los años de mi infancia, y en mis adentros seguía ocupando un lugar entrañable el hijo, el rebelde de Galilea que había desafiado a la ciudad imperial donde yo estaba aterrizando en aquel avión de Alitalia. Del Espíritu Santo, lo confieso, poco o nada me había quedado: apenas el vago recuerdo de una paloma blanca de alas desplegadas, que caía en picada y embarazaba a las vírgenes.
No bien entré al aeropuerto de Roma, un gran cartel me golpeó los ojos: Banco del Espíritu Santo.
Yo era muy joven, y me impresionó enterarme de que la paloma andaba en eso.
A través de los campos y los tiempos, marchaba el tren desde Sevilla hacia Morón de la Frontera. Y a través de la ventana, el poeta Julio Vélez contemplaba, con ojos cansados, las arboledas y las casas que huían en ráfagas, verderías y blancuras tantas veces vistas, mientras su memoria deambulaba por otras geografías. PARA LA CÁTEDRA DE ANTROPOLOGÍA
Sentado frente a Julio, iba un turista. El turista quería practicar su dificultoso español, pero Julio andaba quién sabe por dónde, buscando alguna certeza que se le había ido, alguna palabra o mujer que se le había perdido.
--¿Usted es andaluz? -preguntó el turista.
Julio, ausente, asintió.
Y el turista, intrigado, insistió:
--Pero si es andaluz, ¿por qué está triste?
Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/numeros/n621/contra.html