VENTANAS

Eduardo Galeano

Para la cátedra de Literatura



Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo: ­Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor. ­¿Yo? ­Me han dicho que usted puede. Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto: ­Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.­¿Y para quién es la carta? ­Para... ella. ­¿Y usted qué quiere decirle? ­Si lo sé, no le pido. Enrique se rascó la cabeza.

Esa noche, puso manos a la obra.

Al día siguiente, el albañil leyó la carta: ­Eso ­dijo, y le brillaron los ojos­. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.


Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1996/jul96/960714/CARTA001-PG.html