Diálogos de Juan
Nota del 1 del 7 de 1997.
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Diálogo dos: González Tuñón, el duende
El café está repleto y hay que levantar la voz para hacerse oír. Unos muchachos acaban de formar el grupo literario El Pan Duro y festejan con tragos de ginebra. Un tipo acodado en el mostrador dice que ese nombre trae a la memoria títulos de publicaciones anarquistas de Fin de siglo. Intenta convencer a un abstemio con el rostro en blanco de que nada se compara con los nombres que adoptaban los poetas chinos de antaño. Mueve la mano como si escribiera en el aire: "¡Imagínese algo así como El Pabellón de las Orquídeas o Los seis ociosos del bosque de bambú!".
Otro más, con aires de sabelotodo, reprueba esas denominaciones, sus preferencias van por el lado de algo "más moderno –dice-, del tipo Los Fugitivos, grupo que Allen Tate formó con otros escritores del sur norteamericano".
Un tercero, mientras sus ojos circulan por la cintura de una rubia, evoca las mateadas literarias en un cuarto que Horacio Quiroga alquilaba en la calle 25 de Mayo: "Le llamaban el Consistorio del Gay Saber, era una especie de misa donde cada uno leía sus disparates".
Alguien silba bajito Los mareados. Cada vaso de ginebra amplifica un tema. Hay para todos los gustos, desde la muerte reciente de Dylan Thomas hasta el conflicto entre la Iglesia y el peronismo, desde una forma narrativa de poetizar que viene de la mano de Pavese hasta la Guerra Civil Española. Gelman cuenta que por esos años, con otros pibes del barrio juntaban el papel plateado de los cigarrillos creyendo que con ese material podía fundirse el plomo para las balas de los republicanos.
En la otra esquina del salón conversan José Portogalo y Rosario Mase. Destacado bailarín de tango, envuelto en un aparatoso abrigo de piel de camello que compró con los pesos del Premio Municipal, Portogalo dice con una voz que delata experiencia: "Mirá, Mase, yo soy enemigo acérrimo del soneto. Me gusta Quevedo, que es eterno. Pero vos, sin embargo, me reconciliás con el soneto porque lo llenás de cosas".
Cerca de una de las ventanas del bar, Navales¡ concita la atención de un par de estudiantes de filosofía que lo escuchan hablar sobre el compromiso del escritor. Negro comenta los resultados de la última fecha de fútbol y explica, para quien quiera escucharlo, que los primeros poetas que lo conmovieron fueron los del tango, por supuesto, pero también Darío, Almafuerte y Miguel Hernández.
¿Cuánta gente forma El Pan Duro? Si uno alza un poco la vista sobre la espesa cortina de humo podrá ver las cabezas de Álvarez Morgade, Gelman, Navalesi, Bignozzi, Mase, Ditaranto, Negro, Wainer, Silvain, Harispe, Santirso, De Luca, Hierba, Castelpoggi, Reches. El bullicio detiene a unos curiosos que pasan por la puerta del bar, alguien pregunta qué se festeja y le responde con un dejo de resignación una voz que se pierde por las calles oscuras: "¡Nacieron incendiarios en un mundo bombero!".
Tienen 20 años, buscan los papeles metalizados de los cigarrillos, los papelitos plateados que flotan en el sueño, centelleos para poder vivir, animalitos fosforescentes para domesticar, fulgores para una revolución. Cuando la madrugada manda que hay que irse y baja la música de la conversa, algunos desarrugan billetes de colores, pero el mozo los detiene con una noticia inesperada: "Ya todo está pago, buenas noches, señores", y señala la mesa donde hasta hace un momento estaba sentado un hombre pequeño, un gran hombre, un duende: Raúl González Tuñón.
Diálogo tres: Homero Manzi, con voz de sombra
El cantor desertó de esa orquesta que ahora lo persigue, empujándolo a una pregunta sin respuesta que él trata de formular con todo el cuerpo. El cantor mastica tres o cuatro recuerdos y los escupe con bronca, detrás de él la orquesta es una nube oscura llena de relámpagos y truenos. Al final, como tantas veces, el cantor golpea el suelo con el zapato y la historia se apaga. En el interior del boliche chorrea una luz amarilla y se escuchan conversaciones como ésta.
Póngale fecha, Manzi.
Fue en un cafetín de Porto Alegre a inicios de los 40, Juan. ¡Mire dónde la fui a conocer! Se llamaba María Elena Tortolero y tenía la virtud de ser su propio fantasma. Aunque cantaba allí, en medio de las mesas, yo sentía que su voz venía de otra parte, de abajo del piso, del interior de una muñeca de goma tirada en plena calle, de los cajones de un mueble, en fin, no podía decirse que cantara bien, pero había algo, arrastraba la voz. Me hubiera gustado escribirle ese verso, de corazón.
Lo dice de goloso, Homero. ¡Vea que se comió milongas, usted!
Me acuerdo como si fuese hoy, Lucio Demare le puso música y lo estrenó con su orquesta en Radio El Mundo, después lo cantó Fiore con el gordo Troilo. Me hubiera gustado agregarle una línea como ésa.
Usted metió en el cubilete a Neruda, Darío, los payadores, Carriego, los franceses, y sacó cosas memorables.
Espere, a toda esa fauna agréguele a Rilke; llamaba a rescatar las cosas que están pasando al olvido, irrremplazables, familiares. Él decía que nosotros tenemos la responsabilidad de guardar su recuerdo humano y lárico. ¡Lárico! ¿Se da cuenta? Rilke ya hablaba del barrio...
Lo suyo no se arruga, Homero, yo me llevé su respiración en la valija y a ratos la escuchaba en una callecita de Roma o de Managua.
Pero me hubiera gustado poner ese verso, como un remate. Quizá, Juan, como usted dijo por ahí, el tango sea una especie de resumidero de abandonos, un asunto que va un poco más allá de la separación de la mujer.
Me refería a una visión exiliar, Homero, y le tiro un ejemplo: una noche me sorprendí en París silbando Ninguna y ahí estaba el asunto, porque Ninguna no es solamente la ausencia de una mujer, ¿me comprende?, son todas las ausencias.
De acuerdo. Por lo mismo ese verso le viene como anillo al dedo, precisamente porque es rotundo, definitivo, me atrevería a decir patético. ¡Pensar que a veces se ha llegado a criticar al tango precisamente por eso, su carga emocional, su sentimiento!
Mire Manzi, no sé si será patetismo, desesperación o vaya a saber qué, pero hay un tono desgarrado que pasa por Vallejo y llega a Discépolo; nos marca a muchos más allá o más acá del tango tradicional. Desde este barrio Cadícamo mira la llovizna y dice "las gotas caen en el charco de mi alma"; y desde otro tiempo y otro lugar el rumano Tudor Arghezi le contesta que esa misma garúa "parece el alma de todos los ejércitos vencidos". ¿Qué me cuenta?
Está bien, es fuerte. Sigo pensando que en la letra de esa canción cabe algo así y, no quiero aburrirlo, pero le repito que me hubiera gustado anotarlo.
¡Escríbalo, Homero, es un honor, pero apúrese que ya va a entrar la orquesta!
Entonces ahí va: Malena canta el tango con voz quebrada, Malena... se parecía a la palabra nunca.
Diálogo seis: Coronel Urtecho, la conversa y el Gaspar
La figura del viejo ondula en el aire caliente y por momentos se descompone en colores gaseosos. En la punta de su caña de pescar hay nada más que un gran silencio, pero él, lejos de quejarse, masculla una canción que dice: "En nuestra casa nos reuníamos / para verte partir en globo / y tú partías en galera". El viejo sostiene aquella vara como quien esgrime una espada. Espera en la ribera del río San Juan y los únicos peces que cruzan por sus ojos están tallados en el bastón pintado de colores que trajo de México y es uno de sus compañeros fieles. A su lado otro amigo, el poeta argentino, lo escucha atentamente hablar del gaspar como de un pez blindado con boca de flauta dentada que no llegó a cocodrilo y de seguro habita esos lugares aun antes de que el río fuera esa línea azul entre Nicaragua y Costa Rica. El argentino, por más esfuerzo que hace por imaginarse a ese animal antediluviano, tiene repetido en su mente el brillo de una lata de cerveza. Mire poeta -dice el viejo mientras pega un respingo como si algo tirara de la caña-, un día pesqué un bombín medio comido por los ratones, fue hace mucho, me paseaba con él por la plaza del pueblo y viera qué escándalo se armó.
Hábleme de Oliverio Girondo -interviene el argentino.
¡Ah, pero eso fue casi al principio! Lo pesqué de casualidad y no hubo red con que atraparlo, cambiaba de forma en cada salto, resbaló entre las manos y volvió a sumergirse, pero me enseñó cosas. Mucho después encontramos boqueando en la orilla un libro con pedacitos de todos los mares, se llamaba Cinq Continenis y era de Iván Goll. Con eso terminamos enredando los hilos con los ismos que venían de Europa. ¿Puede tenerme la caña un segundo? ¡Es una barbaridad grande! -dice el argentino con tono burlón, mientras el viejo se quita por un momento esa boina que parece atornillada para siempre a su cabeza blanca y se pasa un pañuelo por la frente perlada de sudor.
¿Usted se ríe? -dice el viejo con aire festivo-. Pero yo he pescado farsetas, una que otra ópera bufa y hasta un juguete cómico.
Conozco todo eso -dice su amigo palmeándole un hombro-, hay muchas leyendas alrededor suyo.
¿De verdad?
Claro. ¡Con ese bombín comido por los ratones y la juglaría que trajo cuando llegó de San Francisco! Era mucho ruido para un lugar tan...
Tan cuerdo, sí, dígalo de una vez. Me llevaron de muchachito a Estados Unidos y cuando volví conocía un poco más toda esa fauna. Con decirle que muchos veían el interior de mi canasta y se asombraban con esos nombres raros, poco familiares entre nosotros como Marianne Moore, Bret Harte, Robert Frost. Si hubiéramos seguido en la cordura estaríamos todos muertos. El sol cae a plomo sobre las dos siluetas sentadas a la orilla del río. El gaspar sumerge su cola de escamas esmaltadas y romboidales y el río cambia de color; cuando sale a la superficie tiene la apariencia de un tronco flotando. El argentino le entrega la caña al viejo e inclina la cabeza hacia atrás buscando la sombra que arrojan unas ramas cercanas. Su voz se une sin violencia al rumor del lugar.
Esa canasta suya, Coronel, fue muy importante. Había otra manera de cantar, de pescar, de buscar.
Bueno, yo aprendí con ellos, esos juglares que nos ponían calles para caminar, espacios libres para mover las piernas, vagabundear, en fin; allí estaba Vachel Lindsay entre el sermón y la charlatanería haciendo su reparto de pueblo en pueblo, metido entre la multitud. Y Sandburg con su energía, su vozarrón a trompadas en los mercados; también la jerga de Harte y la conversación maravillosa de Frost...
Usted trajo esos cardúmenes a estos confines y avivó el fuego de las canciones para que todos supieran que había otra manera de pescar.
Puede ser, Juanito, puede ser...
Coronel masculla, simula una sordera, se desentiende del asunto.
Fíjese si en esa lata hay más carnada -dice mientras recoge con paciencia el sedal para arrojarlo nuevamente todo lo lejos que den sus fuerzas-. El gaspar habita, sobre todo, la cuenca del río Usumacinta, también al sur de México.
Mire, viejo, después quiero invitarlo con una cerveza, ¿conoce alguna cantina buena?
Cuando llegué de San Francisco y formamos el grupo aquel, de vanguardia que le decían, recorrimos toda clase de cantinas, mesones y mondonguerías para instalar la que iba a ser nuestra sede, el Café de las Artes. Eran tiempos lindos, yo me había rapado la cabeza y decía mis cosas desde la torre de la iglesia de la Merced...
Usted es un niño terrible, todos los niños terribles son líderes.
Eso es mucho decir. Pasó que por la ubicación de mi casa llegaban todos fácilmente allí.
¿Y cómo plantearon la cosa?
Con todos los medios que teníamos al alcance, hasta con dinamita, para nosotros no existía la palabra imposible.
El viejo recoge de nuevo el cordel y guarda sus latas de camada en el canasto, se apoya en el bastón donde circulan miles de peces de colores y erguido mira el río como si lo viera por última vez; su pañuelo va y viene por la frente sudorosa. Por fin voltea la cabeza donde su amigo, el argentino, espera con un cigarrillo entre los labios.
Vamos, Juanito, le acepto la cerveza.
Ambos cruzan lentamente por un aire sofocante que sobreimprime sus siluetas en papeles de vapor y las disuelve luego en un Vaho que aplasta. Entonces el viejo se detiene un momento, se pasa por enésima vez el pañuelo por la frente y habla.
Mire, Juanito, la verdad es que no pesco, yo invento los pescados.
Diálogo siete: Pound, Inventar lo inventado
La revista Crisis debuta en los quioscos en 1973 y no puede dejar de dedicarte un número completo a Ezra Pound, fallecido un año antes, exactamente en Venecia el lº de noviembre. Asume la tarea Gelman, secretario de redacción, y se da tiempo para colectar diversos materiales y releerlos línea por línea. En su mesa de trabajo van acumulándose papeles, libros, cuadernos con anotaciones y proyectos de notas donde circulan el poeta de Idaho, el hijo de cómicos ambulantes, la edición de su primer libro A lume spento, del que sólo se imprimieron cien ejemplares, su correspondencia con Eliot, las teorías sociales de Gesell y Douglas más su aversión al entramado financiero internacional, que lo llevaron al fascismo, sus Cantos y sus pies cansados subiendo la escalera de caracol rumbo a su celda en el hospital St. Elizabeth en Washington, Columbia.
Entre la montaña de papeles Gelman elige un retrato hablado de Pound hecho por alguien que lo conoce como la palma de su mano, José Coronel Urtecho: "Alto, nervioso, incapaz de estar quieto, el pelo rojo desgreñado, la mirada curiosa, desafiadora, la altiva perita roja alzada como un penacho, o según Malcolm Cowley, como la barba de un soldado griego arcaico; la ropa inconvencional, bizarra, limpia y decente, aunque desaliñada, y uno se lo encontraba por dondequiera zanqueando por las calles de Londres o París con la cabeza muy levantada, echada para atrás observándolo todo y conociendo a todos, comiendo a toda velocidad en algún restaurante barato o cocinando en su cuarto con el arte de un chef, jugando tenis o boxeando con Hemingway". La montaña de papeles continúa creciendo hasta adueñarse de la oficina. Lo mejor para conocer a un poeta -piensa Gelman- es buscarlo en alguno de sus textos o llamarlo por teléfono. Entonces abre un libro de Pound en el Canto LXXIV y se mete en una cabina telefónica. La voz cascada del otro lado del hilo es concluyente.
Discúlpeme, Gelman, pero no doy entrevistas.
No es una entrevista, estamos preparando un número sobre su obra para una revista cultural.
Linda empresa la de sacar revistas, participé en muchas, ¿cómo dijo que se llamaba la suya?
Crisis.
¡Espléndido! ¡Crisis! La última guerra se inició a fines del siglo XVII con la fundación del Banco de Inglaterra... la usura en el corazón de la crisis, justamente. Como le decía, me interesé siempre por ese tipo de publicaciones dando a conocer a los nuevos creadores. Las revistas culturales nacen y se desvanecen con un halo de misterio, ¿así nació Crisis?
Más o menos. Tiene una historia azarosa. Su director, Eduardo Galeano, fue convocado accidentalmente en un principio para que colaborara traduciendo un libro de poesía china, que no era precisamente su especialidad; después quedó al frente de la revista.
De eso sí me interesa hablar, Gelman, de la poesía china, pero sin grabadoras, ¿me oye bien?
Hay alguna interferencia, pero lo escucho.
Hace rato que me interesé por el asunto, digo, ahí está Cathay...
Conozco ese trabajo.
Bueno, todo empezó cuando me topé con los borradores de Ernesto Fenollosa o ellos se toparon conmigo, es igual. ¡Qué placer hundir la atención en esas aguas para encontrar el murmullo de Liu Changking y Tsui Min-tang! Pero ese Po-I-Po que usted cita en sus libros, Gelman, no lo encuentro por ningún lado. Claro que me identifico con sus preguntas: "La traducción, ¿es traición? La poesía, ¿es traducción?".
Vamos recreando, Pound, mirando el mundo con ojos usados.
Me gusta eso, Gelman, simulación, gusto por descifrar y descubrir...
...reescribir.
Piense en Li Po cuando dice aquello de "los hechos y los hombres viajan hacia el morir/ como pasan las aguas del río Azul/ a perderse en el mar", y muchísimo tiempo después Manrique: "Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en el mar/ que es el morir".
Y Vallejo está en Mallarmé y Quevedo en Liu Ko-chuang.
Exactamente, Gelman, pero el que se me escapa es ese tal Po1Po, ¿de dónde lo sacó?
Dinastía Tang. El hombre le leía sus poemas a una sirvienta y rompía o conservaba esos textos según la opinión de esa mujer.
No, no, ése era Po Chu-yi. Está dándome datos falseados, Gelman, me gusta el juego; creo que usted casó a Chu-yi y a Li Po -en mi opinión el más interesante de todos- para darle voz a su Po-I-Po.
Se me están acabando las fichas de teléfono...
Ha sido un gusto. Llámeme otro día y conversaremos sobre el japonés Yamanokuchi Ando.
Delo por seguro.
Y si por un casual lo ve a Po-I-Po, salúdelo de mi parte, cuéntele que coincido con su pensamiento, esa manera de inventar que algunos llaman traducción.
Gracias por su tiempo, señor.
Tenga muy buenas tardes.
(Jorge Boccanera, Confiar en el misterio.
Viaje por la poesía de Juan Gelman,
Sudamericana, Buenos Aires, 1994.)
Encontrado en: http://www.lamaga.com.ar/www/area2/pg_nota.asp?id_nota=2499