El destierro

Nota del 1 del 7 de 1997.
 

La cita de Eurípides cola que Gelman nos introduce en su libro salarios del impío es categórica sobre este escarmiento que tiñe gran parte de su obra: "Morirás exiliado, errante, lejos del suelo natal". Los ruegos del expulsado arman un desterradero de identidades en la cuerda de los místicos españoles, los poetas del tango, las jarchas sefardíes del siglo XI, el Libro de Job, etc. Inquilino de la soledad, el poeta escribe cartas al país, asiste puntual a las muchas citas con esa ausencia y opina del modo que sigue.

Entre los primeros exilios está alejarse de la infancia, que para muchos, es un lugar de cobijo, de albergue. En mi caso así lo fue, en cercanía con la madre, con el padre con los asombros. Pero esto pasa, al volvemos adúlteros y adulto dejamos bien atrás ese país. El país de uno es ese, antes de perderlo antes de volvérsele duro, agreste.

En todo caso sé que nada de lo escrito en el exilio está apartado de país, siempre estuvo lleno del país Lo sigue estando. En realidad, es imposible sacar los pies fuera del alma del país.

En el exilio escribí nueve libros de poesía y siempre la temática es el país, es la Argentina.. La temática es la reflexión sobre esa derrota, que es el origen de] exilio. Más que reflexión sobre el exilio es reflexión del proceso que condujo al exilio... el idioma italiano me jodía la oreja y en consecuencia la boca. El idioma italiano es muy dulce, es muy suave, tiene muchos vericuetos para acostarse y descansar... El lenguaje crea a la gente por supuesto también es la gente quien crea el lenguaje. Yo me encontré en otro lenguaje, en otra cosmovisión y lo que hice para salvar me, para matar otros fantasmas para desinfluenciarme, fue escribir una serie de sonetos en lunfardo romano.

(En el destierro) me pasé cinco años sin poder escribir. El impacto del cambio fue muy grande. En el 79 empecé a escribir Si dulcemente, los poemas que están en Hechos y relaciones. Ahí se superpusieron dos fenómenos. Uno, el asunto del exilio; el otro, el idioma. Primero fui a Italia y el italiano es un idioma jodido, porque es muy líquido, muy flexible, se le mete a uno en la oreja. Para contrarrestar eso llegué a escribir sonetos en romano, pornográficos. Los muchachos de la agencia donde yo laburaba se morían de risa. Había inventado un personaje, el Nono, que decía las cosas más terribles. Después de unos treinta sonetos, más ó menos, corté. Tuve ese problema, el de quedarme colgado del contexto idiomático, que es extraordinariamente vivaz.

A mí me decía Marechal que cuando él se iba del país no podía escribir, pues necesitaba estar entre su gente, oírlos hablar para poder seguir escribiendo. Esto parece ser una fórmula bastante general, pero no veo porque tiene que ser la de todo el mundo. En mi caso personal eso es una situación que influye, y más en la poesía, que la materia prima es la palabra, el habla del pueblo que es el que crea todos los idiomas. Pero, repito, que ese es el resultado de una cuestión personal. Es temprano para hacer valoraciones, sin embargo he podido advertir una característica de la poca literatura que conozco escrita en el exilio: no es una literatura de derrota, no es una literatura de autocompasión, donde predomina el sentimiento de la diáspora. Lo que predomina son otros criterios, la sensación de que estamos de paso.

No, no era el país que tenía en la memoria, ni es el país que yo tengo en la memoria. No siento nostalgia por el exilio. Hay momentos perdurables que pasé en el exilio, pero no quiere decir que extrañe el exilio. A mí me parece que es un castigo duro ese del exilio. Para los griegos, el destierro era un castigo duro, peor que la muerte. No sé si es exactamente así, pero sin embargo usted lo está sintiendo... La nostalgia de un país no es la nostalgia de los lugares que existen, no, las calles. Esos lugares físicos están llenos de la historia personal. La nostalgia del país en el exilio son muchas cosas: la época en que no nos habían derrotado, en que se podía creer en las luchas populares. De manera que esa nostalgia, ¿cómo calificarla? Personal-política (se ríe). Particulares desde el punto de vista de lo estrictamente personal. Por ejemplo, mi madre falleció cuando yo estaba en el exilio. Y esos son golpes realmente duros, porque dan en la matadura.

Se trata (en los casos de San Juan de la Cruz y Santa Teresa) más bien de coincidencias con una visión exiliar. Además, creo que el tango tiene esa visión exiliar. Todas esas historias de la mujer que lo abandona a uno, del dolor que esto causa y de los demás pesares presentes en las letras de tango, son nada más que símbolos o representaciones de otros abandonos.

Pero ¿soy el único exiliado de sus cosas? ¿Y la gente que no puede volver, por ejemplo, a los restos de los hijos que perdió?, ¿y la gente que no puede volver a la justicia que se le debe, al salario, a la cultura, a los servicios sanitarios, a la educación que se le debe y a la que no puede volver? Son millones los que están exiliados en el país.

El olvido es una función de la memoria. Es una funci6n muy difícil, por lo menos para ciertas memorias. Hay un regreso de la memoria al olvido y un regreso del olvido a la memoria. Esto es absolutamente inevitable; el regreso y el olvido se juntan ahí. El regreso fue., en mi caso, el reencuentro con muchos vacíos, y es así como la memoria regresa a sus vacíos, y también el encuentro con presencias inesperadas: la presencia del temor, pero a la vez memoria de lo que pasó y olvido de lo que pasó.

No quise hacer peregrinaciones, pero los desplazamientos obligados por las cosas que tuve que hacer me llevaron a visitar muchos lugares, cafés donde paré, el barrio donde crecí, el colegio secundario donde estudié, casas donde vivieron amigos como Paco Urondo, que está muerto. Pasé por el barrio donde vivía mi hijo con su mujer, que están desaparecidos. Las ausencias que más noté fueron las de la gente que ya no está, y también la mía en relación a esos años y a esa gente. Es como si se cerrara un círculo en el mismo punto donde empezó, y como si todos esos años que estuve en el exterior de pronto no hubieran existido. Tenía miedo de encontrarme con el pedazo mío que fue y que se quedó aquí, en un país que ya no es como era entonces. Eso pasé y ahora tengo emociones encontradas, paso de la alegría a la pena con sorprendente rapidez, y a mis años ya no se debiera. A veces me acuerdo de ese soneto de Petrarca, es un fragmento de amor, donde él navega, describe las contradicciones del amor y en el último verso dice: "Tiemblo en verano y ardo en invierno". Acá estamos en verano y he temblado más de una vez... (Viví) la vida del desarraigado, del desterrado. Por lo menos en mi caso, cuando me fui de acá era grande, tenía 45 años, y lo que comprobé fue la imposibilidad, creo que bastante general, de integrarse en otra cultura, en otro país. Se puede vivir mejoro peor, pero lo que es imposible, en mi caso y en la mayoría de los que se exiliaron, es integrarse; de manera que se crea una especie de alucinación, los primeros años me pasaron cosas divertidas como esta: un domingo, en Roma, a las tres de la tarde, voy a visitar a un amigo y paso por el Coliseo, que se parece a la cancha de River, sólo que es más chiquito... El asunto es que era domingo, verano, y mucha gente lo visitaba; estaban los vendedores de helados, de globos, los pibes, todo eso, y de repente oigo ese pito y me dije: "empezó el partido ...", pero resulta que era el pito del guardián que estaba echando a unos pibes que corrían por las ruinas del centro... 0 ir cruzando una calle y ver la placa con el nombre de la calle, que era muy distinta de las que había en Buenos Aires; entonces decir "pero qué rara es la placa de esta calle cosas de este tipo, reflexiones así, y lleva mucho tiempo admitir que realmente se está en otro país.

... Pienso que esto le pasó a la mayoría, incluso había gente a la que su negación del exilio lo llevó a no aprender el idioma a pesar de estar viviendo durante dos o tres años, hasta que empezó a deshacer las valijas del alma.

Mi exilio terminó. No tengo ningún problema de tipo administrativo, judicial o policial para volver. El hecho de vivir en México es una elección. México es un extraordinario país, con una textura social mucho más flexible que la Argentina. Allí me siento un extranjero y efectivamente lo soy. Se produce una situación de extranjería que está bien. Ahora, sentirse extranjero en el país natal es insoportable. Todos los exiliados conocen lo doloroso del exilio. A nadie te gusta que lo echen de su tierra, mucho menos cuando los que te echan son militares. Pero también hay otra forma de exilio: el interior. La cantidad creciente de analfabetos que hay en la Argentina muestra a los exiliados de la educación. Los que no tienen para comprarse un remedio, para ir al médico, son exiliados de la sanidad. Los que cobran una miseria son exiliados de un supuesto desarrollo.

 

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