| 4 de septiembre de 1999 |
La experiencia del exilio: entrevista con Juan Gelman
Jorge Boccanera
Brecha, 3 de septiembre
En el destierro, Juan Gelman dio paso a una extensa producción a partir de "Hechos" (forma parte de Hechos y relaciones), Si dulcemente, Citas y comentarios, Com/posiciones, "Bajo la lluvia ajena" (incluido en Exilios, libro compartido con Osvaldo Bayer) y Salarios del impío. El poeta, que reside en México y acaba de publicar su libro Prosa de prensa, aborda en esta entrevista uno de los temas pendientes de reflexión en Argentina: el exilio.
-Se fue en el 75 perseguido por la Triple A, pero su ida tuvo que ver concretamente con directivas partidarias.
-Exactamente. Me fui en 1975 y regresé recién en enero de 1989.
-¿Pensaba que volvería pronto? -Salí del país en abril de 1975 con la misión de lograr la solidaridad de las fuerzas políticas y sociales europeas con la sociedad argentina, ya agredida por la Triple A, la política económica y la amenaza de golpe de Estado. No creí que me iba por mucho tiempo. O no quería creerlo. Después del 24 de marzo volví clandestinamente en octubre del 76 y en mayo de 1978. Luego de este segundo regreso comprendí que el exilio iba a ser largo: las organizaciones guerrilleras habían sido aniquiladas, el movimiento obrero estaba desarticulado -aunque oponía una resistencia de baja organicidad-, la clase política apoyaba al régimen militar por acción u omisión y la Iglesia lo bendecía y alisaba el alma de los asesinos.
Buena parte de la sociedad, sin conducción para la resistencia, vivía una represión y un terror desconocido en la historia del país. Otra parte nadaba en "plata dulce" y practicaba el "por algo será". La única resistencia real, además de la obrera, fue la de las Madres de Plaza de Mayo, y todavía sigue.
-En ese 78 se da la ruptura con Montoneros.
-Volví clandestino para poner en contacto con la realidad del 78 a unos periodistas extranjeros; palpé que la organización, Montoneros, estaba totalmente desmantelada y que la contraofensiva que su conducción ordenó a fines de 1978 era una locura. Por ésa y otras razones rompí con la organización en diciembre de ese año.
-Resulta llamativo que justamente usted, que puso a funcionar a varios poetas inventados (John Wendell, Sidney West, Julio Grecco), haya creado un profesor francés, esta vez para ocultar su identidad.
-Fue para mi segundo regreso clandestino; entré al país con pasaporte extranjero y falsa identidad. Al día siguiente tomé un taxi para ir a una cita con un compañero, y arrastrado por el idioma porteño que hacía dos años que hablaba casi solo, me puse a charlar con el chofer sin el acento foráneo necesario. Nos paró una pinza militar. Un sargento me pidió documentos, bajé del taxi -por precaución con el taxista-, mostré mi pasaporte, recuperé el acento correspondiente al extranjero que hablaba castellano y se suponía que yo era y el sargento me desarrollaba la lección entera que había aprendido hacía muy poco: que había pasaportes falsos, que había que verificar. Se acercó un teniente y pedí ir al "puesto de policía" más cercano para hablar con "mi embajador". El teniente vaciló, entonces, como buen europeo amarrete me quejé de que el taxímetro seguía marcando y que me estaban esperando, y que era eso, en fin, lo de siempre. A todo esto yo sentía la extraña seguridad de que el chofer -a quien también le pidieron documentos y explicaciones y que me había escuchado hablar con acento fingido- no me iba a delatar. Así fue. El teniente venció su vacilación y nos dejó ir. Subí de nuevo al taxi, el coche arrancó y a la cuadra el chofer -que tenía las mejillas coloradas- me mira por el espejito retrovisor y me dice después de un suspiro denso y largo: "¿Justo a nosotros nos tenía que tocar?". Y a continuación: "¿Lo llevo al mismo lugar que me dijo?". Por supuesto, respondí que sí, con el acento porteño que me tocó en vida, y ése fue el asunto. Fui imprudente, pero tuve suerte. Por aquel entonces, no pocos taxistas eran informantes de la policía o policías directamente.
-¿Cómo caminaba en su juventud a Buenos Aires?
-Nací y viví en Villa Crespo. Conocí el arroyo Maldonado sin tubos. Vi pasar el entierro de Gardel. Tomaba el tranvía y bajaba en La Boca para recorrerla. También recorrí amarguras por ser hincha de Atlanta. Jugué al billar -mal, claro- en el café San Bernardo, que sigue siendo el Trianón en un tango. A los dados y al dominó en el café Colón. Fui a la milonga en clubes y salones varios. Al mismo tiempo, estudiaba y obtuve el bachillerato en el Colegio Nacional Buenos Aires. De chico me gustaban las películas en episodios como La mano que aprieta, y mi madre me llevaba al Colón (al gallinero y una vez por año) a ver obras de teatro en yiddish. Recién casado, viví en Villa Urquiza y en La Paternal; de separado, Paco Urondo me dio cobijo en su casa de San Telmo. No puedo olvidar un crepúsculo que me aconteció en Patricios. ¿Uno camina Buenos Aires o Buenos Aires lo camina a uno?
-En alguna entrevista dijo que entre los exilios está el alejarse de la infancia, que para muchos es un lugar de cobijo.
-Sí. Tal vez la infancia sea con la lengua la verdadera patria de cada quien, esa patria entrañable y con minúscula, no la otra, de la que se creen dueños los militares.
-¿Qué significa ser extranjero? ¿Se siente así en Argentina o en México?
-No me siento extranjero en Argentina, ni en México, ni en cualquier otro lugar. Como dijo alguno, acá abajo la patria más importante es la vida. Extranjera es la poesía.
-Su destierro registra un itinerario por países de Europa y América Latina.
-Pasé en Roma unos seis años, luego unos meses en Madrid, unos meses en Managua y finalmente París casi siete años. Posteriormente llegué a México, fue a inicios de 1998. Pero vivir en México forma parte de una decisión personal, no es exilio ni autoexilio.
-En el marco de esa experiencia escribió mucho.
-Escribí nueve libros con una misma temática: Argentina. El eje es la reflexión sobre la situación que originó el exilio, por eso más que sobre el exilio como tema, los libros giran alrededor de la reflexión sobre esa derrota, del análisis del proceso que condujo al exilio.
-¿Con qué lugar se dio una relación más estrecha?
-Con todos y con ninguno. He conocido gente que se adapta tanto a su otro país que no parecen extranjeros. El ucraniano de mi padre hablaba un argentino con acento de Campana, y yo me preguntaba qué agujero había en eso. Ni él lo sabía. No soy así. Hablaba el italiano de modo que los tanos del norte pensaban que yo era del sur y viceversa.
Cuando hablo inglés me dicen que parezco un judío del Bronx. Bueno, finalmente a algún lado pertenezco.
-Marechal le contó que él no podía escribir afuera.
-"Me resulta imposible prescindir del pneuma que rodea aquí a la gente y a las cosas. Fuera no me sale ni una línea", me dijo Leopoldo Marechal alguna vez en su departamento de la calle Rivadavia, en el Once. Se burlaba de José Mármol: "fíjese que no por su novela, aunque es mala, sino porque se fue del país por haber pasado unas horas en la comisaría". Respetaba, en cambio, la escritura de Julio Cortázar, a quien consideraba mejor cuentista que novelista.
-¿Es verdad que escribió sonetos en lunfardo romano?
-Afuera me pasé varios años sin poder escribir hasta que en el 79 escribí Si dulcemente y ahí aparecieron dos asuntos: el exilio y el idioma. Yo estaba en Italia y el italiano es un idioma dulce, suave, flexible, que se te mete en la oreja. Para contrarrestar esta situación escribí una serie de sonetos en lunfardo romano; algunos pornográficos, eran dichos por un personaje inventado: el Nono, que decía cosas terribles. Mis compañeros de trabajo de la agencia noticiosa se morían de risa con las cosas del Nono. Luego traduje a poetas de siglos pasados, fue una forma de encontrar consuelo.
-En este caso último aparece la coincidencia del destierro.
-Sí, la afinidad es el tema del exilio. Traduje, en el sentido de reescribir, a poetas judeo-hebreos de los siglos XII, XIII y XIV.
-En Citas y comentarios aparece también esa visión del apartamiento, aunque ampliada a los poetas del tango y los místicos españoles.
-El tango, pienso yo, tiene una visión exiliar. Las historias de la mujer que lo abandona a uno están en las letras de tango y son representaciones, símbolos de otros abandonos. Lo mismo pasa con San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
-¿Se niega el destierro?
-El exilio es la condición primera del destierro. Algunos lo niegan mucho tiempo, van a volver mañana. Esa negación es ignorancia de lo que se niega realmente: que me echaron.
-En sus textos aparecen aquellos que se solidarizaron con los expulsados ("tienen como vergüenza de nosotros"). ¿Se supo evaluar esta ayuda? ¿Fue conflictiva esta relación?
-Bueno, ahí están las solidaridades ciegas y las desconfianzas excesivas de parte de los anfitriones. De parte nuestra, la bronca y el rechazo de la nueva realidad, una exigencia explícita o implícita de abrigo y hasta compasión, en algunos un sentimiento de superioridad ("estos franchutes -o alemanes o suecos o tanos- son unos giles"), y no faltaron los que, al irse, estafaron a los que ayudaban de verdad. Conocí en México casos de tipos que, para amueblar el departamento que tenían, pedían avales para créditos a amigos mexicanos, compraban de todo, lo embarcaban y pagadiós.
-Hizo también mención en sus textos de los "profesores, sociólogos, llorones" del exilio. ¿Qué venden?
-¿Qué venden los profesores y etcéteras del exilio? Los del lugar, una compasión interesada; hubo ñatos que vivían del exilio ajeno en organizaciones no gubernamentales dinamarquesas o suecas. Los llorones, autocompasión interesada no reducida a la guita: abarcaba el rubro minas, etcétera. Una belleza.
-¿El tema del exilio fue debatido con alguna seriedad por la sociedad argentina?
-No lo creo. Como tampoco creo que se debata con la profundidad necesaria todo lo que pasó bajo la dictadura militar, y menos -salvo excepciones- lo que está pasando ahora. Pareciera que la sociedad argentina -salvo excepciones- se autoanestesia de manera muy particular. No sólo conserva en un rincón -la juventud aparte- el miedo que instalaron los militares: también persiste en el silencio del miedo. Lo mismo pasa -salvo excepciones- con los intelectuales del país. Los olvidadizos no quieren hablar de los olvidados. Así les va a todos.
-Por último, ¿hay desexilio?
-Tampoco lo creo. Se vuelve y el país ha cambiado, uno mismo ha cambiado, las piezas del rompecabezas ya no encajan. Claro que cada caso es cada caso. Me consuelo pensando que el cabalista judío del siglo XVI Isaac Luria imaginó que Dios se contrajo para dar espacio a su creación. Es decir, fue el primer exiliado del que se tiene noticia.
Encontrado en: http://www.eurosur.org/rebelion/hemeroteca/cultura/bocca1.htm