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Entrevista
con Juan Gelman
Enrique
Portilla F.
Las
circunstancias del corazón
Juan
Gelman (Buenos Aires, 1930) nació mientras en los estadios de futbol
del barrio de Villa Crespo se agitaban las barras de inmigrantes
(él es hijo de ucranianos). A mediados de siglo, Gelman irrumpe en la
literatura con su libro Violín y otras cuestiones. Tenía 26 años.
Hasta 1993, sumaban 22 sus libros publicados. Su obra ha sido traducida
a diez idiomas. Los cuarenta años entre su primer libro y el más
reciente (En abierta oscuridad) son de poesía y periodismo, de
amistades con Alberti, Evtushenko, Neruda. En 1976, la policía política
Argentina allana su casa; no lo encuentran, se llevan entonces a su hijo
y a su nuera embarazada; ambos desaparecen. Gelman inicia el peregrinar
del exilio: Roma, París, Madrid, Managua. Hace siete años radica en la
ciudad de México; sin embargo, mientras en Sudamérica sus libros se
reeditan con tirajes de diez mil ejemplares, inexplicablemente, aquí
pocos lo conocen.
Se le ha catalogado generacional y estilísticamente como
perteneciente al neovanguardismo argentino de los años sesenta. ¿Usted
está de acuerdo con ese juicio?
Mire, en realidad el tema de los juicios y las etiquetas es algo a
lo que no le encuentro mucha validez. Pareciera ser una voluntad de
clasificación para comodidad de los críticos, pero si se
individualizan los elementos y los poetas de eso que se da en llamar la
generación de los sesenta, se encontrarán voces muy diferentes,
registros muy dispares.
En el caso de Argentina, lo que se denominó neovanguardismo había
empezado ya en la década de los cuarenta, después de la llamada
Generación del '40.
¿Con Raúl González Tuñón y los "martinfierristas"?
No precisamente, más bien con gente que perteneció al grupo Madi
o Nueva Invención, que también abarcó movimientos en la pintura, la
escultura; o los que se embarcaron en la asunción del surrealismo pero
con elementos muy nacionales. Hubo también otro movimiento, empujado
por Poesía de Buenos Aires, una revista que dio a conocer voces
de poetas extranjeros como Francisco Urondo. Lo que ha dejado todo eso
son voces diversas, poetas que sólo de manera artificiosa pueden ser
puestos en un mismo saco.
Toda esa gente convivió y escribió en los sesenta, pero cómo
llamar a estas diversas voces. Supongo que todos estos poetas estarían
vinculados a un tema político, a la llamada "poesía de
compromiso" que también se mal llamó "poesía
conversacional".
Yo creo que en torno a esto hay una gran cantidad de equivocos; los
poetas que le mencioné rara vez escribieron poemas de tema político.
Hay clasificaciones que crean confusión.
¿Y cuál es la relación de la poesíacon el boom de la
narrativa en los años sesenta?
En América Latina fue precedido por el boom de la poesía;
antes aparecen grandes voces como las de Neruda y Vallejo, y antes de
ambos la de Rubén Darío y el modernismo. Y estoy hablando de dos
cumbres, pero como siempre ocurre en todo arte, alrededor de esas
cumbres hay otras menos visibles que también existen. Esto es así, la
poesía me parece un tejido continuo, pero desde el fondo de los siglos
y en ese tejido que ha sido tan fuerte en Latinoamérica a partir de
fines del siglo pasado, y sobre todo en el siglo XX, están inscritos
muchos nombres.
El tema no es buscar
complejidad, la poesía no es una cuestión de voluntad y aunque habrá
quien lo hace, en lo general no es cosa de buscar una expresión
compleja o simple, sería un error. Lo que hay que buscar es lo que uno
necesita expresar, la obsesión.
Muchos críticos han tratado de interpretar la filigrana de su
poesía. Si usted debiera hacerlo, ¿qué diría?
Creo que se escribe porque hay una especie de obsesión, y esto en
mí se manifiesta incluso físicamente. Algo se mueve en el interior y
uno no sabe qué es. Uno trata de saber qué es, escribiendo.
Ese proceso lo describió muy bien Pavese, cuando dijo que ante cada
página el poeta debe estar virgen, como si nunca hubiera escrito; y a
eso, supongo, Mallarmé le llamaba "el horror de la página en
blanco". A medida que sucede la escritura, se va encontrando la voz
más cercana a la obsesión, que nunca se funde completamente con ella;
la obsesión se va agotando y la expresión poética va ganando en
cercanía a esa obsesión. Hay un momento en que se cruzan las dos líneas
y, a partir de ese momento, como dice Pavese, se escriben los poemas más
felices.
Cuando la obsesión se agota o está a punto de agotarse, es mejor no
escribir más, porque ahí empieza lo que se llama "la
maquinita", en la que, por ejemplo, un gran poeta que admiro mucho,
Neruda, incurrió muchas veces: se adquiere una especie de costumbre de
expresión, en la que se escribe con la expresión misma y no con la
vivencia que le dio origen; así se explica la cantidad de "odas
elementales", que son como la recreación de una técnica
conquistada por una vivencia inicial, pero ya separada de ella.
Usted escribe sin eludir lo complejo, sin miedo a enredarse en
la complejidad, ese gran fantasma de los poetas.
La realidad es compleja, y creo que uno también lo es. El tema no
es buscar complejidad, la poesía no es una cuestión de voluntad y
aunque habrá quien lo hace, en lo general no es cosa de buscar una
expresión compleja o simple, sería un error. Lo que hay que buscar es
lo que uno necesita expresar, la obsesión. Lo complejo es la poesía
misma, en el sentido de que es inaferrable, y la búsqueda de un milagro
es lo que empuja a escribir.
¿Cómo resuelve Juan Gelman la integración de la técnica a su
poesía para expresar su realidad?
Cada obsesión busca su expresión, y la lucha es tratar de
acercarse lo más posible. Hay un punto en el que ya no se puede avanzar
hablo de lo que me ocurre. La obsesión y lo que ella exige expresar,
siempre está mucho más allá de lo que se logra expresar, por lo cual
uno llega a odiar su propia obra, como decía Nietzsche. El lenguaje es
siempre insuficiente para la poesía, por eso se produce esa persecución.
Hay poetas cuya imaginación poética nace de su vivencia, está
estrechamente relacionada con ella y hay otros a los que no les ocurre
eso; lo señaló muy bien Eduardo Milán al decir que los segundos más
bien "fantasean".
Entonces el trazo poético "genuino" parte de "lo
real"...
Creo que es la única poesía posible, y prefiero la imaginación a
la fantasía, son territorios distintos. La imaginación requiere
precisión y mucho más trabajo me refiero al trabajo interior,
escucharse a sí mismo en un mundo en donde hay tanto ruido.
¿Las figuras semiocultas, las constantes elipsis en sus metáforas
son un intento de hacer del lector un cómplice del acto poético?
Mire, la verdad es que no intento nada, y a veces pienso incluso
que le estoy inflingiendo cosas al lector. Cada poema, de quien fuere,
tiene la lectura que el lector le da; ya el encuentro entre la lectura y
el texto es un enigma que pertenece a cada lector.
En cuanto a lo que usted señala como elipsis: el poema no sólo
debería decir lo que dice, sino también decir lo que calla (¡y con
suerte, de ese modo callar lo que dice!)
Para mí, el poeta más alto de la lengua castellana es San Juan de
la Cruz, pues justamente su poesía conlleva ese milagro. ¿A qué
se debe su popularidad en Sudamérica y Europa y su escasa difusión en
México?
No pienso que sea un fenómeno que atañe a mi obra solamente. En
América Latina vivimos una lamentable balcanización; en Buenos Aires
no se conocen poetas espléndidos del interior del país y mucho menos
del Uruguay, Chile, Perú, México. Y esto ocurre en todos nuestros países.
La globalización se realiza en determinados andariveles, dejando al
margen inmensos espacios de creación, no sólo poéticos o de las
artes, sino también educativos, de creación popular, etcétera...
Pero usted vive en México desde hace siete años, y mientras en
Sudamérica sus libros tienen tirajes de diez mil ejemplares aquí
apenas lo conocen...
Aquí en México se editó, en 1982, Hacia el Sur, y en 1993
la editorial Siglo XXI publicó mi primera antología personal, En
abierta oscuridad, que ya va en su segunda edición. La difusión de
los libros de poesía es diferente, pues no están sujetos a una
temporalidad política o de otra naturaleza; son como botellas al mar...
En cuanto a las influencias iniciales, ¿jugaron un rol
importante autores como Mayakovsky y Pasternak?
Mis influencias iniciales fueron más bien Raúl González Tuñón
y César Vallejo. A Mayakovsky lo leí y lo admiré como poeta;
Pasternak, por razones políticas era la época de la Guerra Fría,
tenía todo tipo de dificultades en la propia Unión Soviética y no era
mucho lo que se difundía afuera, no era muy amplio el acceso a sus
textos en castellano.
Yo creo dos cosas sobre las influencias. La primera es que son reales
cuando no son superficiales, es decir, lo que Goethe llamaba "las
afinidades selectivas". Hay grandes poetas que a uno lo dejan
absolutamente frío por lo menos en mi caso y hay otros que tal vez
no son tan buenos pero te tocan.
Por otro lado, creo que esto de las influencias se produce a veces de
manera totalmente inadvertida, por germinación, por contaminación, y
por esa razón como dice Borges en ocasiones un escritor o un poeta
actual iluminan a uno anterior, como si el escritor actual hubiese
influido al otro.
Pero la gran influencia que he tenido, en la creación de obsesiones,
en empollarlas y hacerlas romper el huevo, es la realidad misma, con
todas las caras que tiene.
¿Podría describir los cambios estilísticos que se han dado en
su poesía?
Mire, yo supongo que ha habido cambios estilísticos en la medida
en que cada obsesión exige su expresión. No creo tener mucha lucidez
al respecto. Yo admiro a poetas como Eliot, que han tenido una capacidad
de crítica notable. No es mi caso. No quiero con esto fingir una
inocencia sobre lo que sé de lo que escribo, pero hay muchas cosas que
no sé. Lo que sí conozco, es la gran insatisfacción que hay entre lo
que uno quiso decir y lo que no alcanzó a decir; lo que sí conozco, es
la felicidad de cierto momento de la escritura, cuando parece que por
fin... pero muy poco más.
Varios autores europeos sostienen que hoy es casi imposible
escribir poesía en el Viejo Continente, que ya no hay interés, que
escribirían para 20 o 30 lectores. Y muchos culpan a la producción
latinoamericana.
Me produce mucha gracia... En realidad uno piensa que si llega a
tener dos o tres lectores es suficiente. Pero creo que lo que dice sobre
Europa es cierto. Le voy a comparar dos festivales de poesía: uno en
París, en el que estuve recientemente,donde el público era bastante
reducido; en el otro, realizado en Medellín, Colombia, pasaban miles de
personas; el festival se cerraba con un acto poético en el que leían
todos los poetas invitados, que podían ser 30 o 40, empezaba a las dos
de la tarde, en un estadio, y terminaba a las ocho de la noche de un
domingo.
La poesía latinoamericana no tiene la culpa de lo que pasa en
Europa. Yo creo que los europeos tendrían que revisar un poco críticamente
lo que les pasa a ellos, qué fenómenos sociales, de deshumanización,
inciden en eso.
¿Se puede reivindicar aún la poesía por la poesía? O, como
parafrasea el poeta Mario del Valle, "la poesía es un arma cargada
de pan duro"...
El tema central de los poemas es la poesía, por eso la poesía
puede hablar de cualquier cosa, desde la Antigüedad ha hablado de todo
y lo va a seguir haciendo, pero aquello de lo que va a hablar es del
dominio de cada poeta. Puede haber poetas con sensibilidad política,
pero esa sensibilidad no nace del deseo de hacer política, sino de un
"espacio" humanista, aunque se equivoquen. Ese espacio está
directamente relacionado con su ser poeta.
A Apoles Ledar, que era miembro del Partido Comunista argentino, sus
compañeros le reprocharon, en 1952, que con la Guerra de Corea él no
escribiera ningún poema en apoyo al pueblo coreano. Él contestó algo
muy sencillo: "Yo escribo poesía cuando la circunstancia exterior
coincide con la circunstancia del corazón."
En este fin de siglo, ¿han variado los enigmas de poesía y
realidad?
Creo que son los mismos, desde hace muchos siglos.
Pero en las obsesiones que acosan hoy al poeta, ¿predominan las
colectivas? Fito Paez habla del "inconsciente colectivo", como
Jung.
Yo en el inconsciente colectivo no tengo depositada mucha
confianza. Esas obsesiones dependen de cada quien, no se pueden
generalizar. No conozco, en todo caso, a ningún poeta que viva
triunfalmente este fin de siglo, que le parezca bello, hermoso, ni mucho
menos. Hablo de los sentimientos y las obsesiones que este fin de siglo
produce y veo escepticismo, oscuridad, dolor. En algunos casos hay como
una especie de recuperación de la basura en los poemas, como símbolo
de lo que el mundo está ofreciendo.
Certezas
A ver cómo es.
Estaba quieta la inquietud por una vez.
La desazón en sazón y
¡cómo se parecía el mundo a Gerarda
envuelta en sensaciones de encaje!
Las palabras chocan contra la tarde
La furia no me deja solo conmigo.
Habrá que recortar la sombra militar.
¡Camaradas especialistas en esperar cansancios:
apaguen el amor dudoso
que baja humilde y despacito!
Juan
Gelman
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