En la poesía de Juan Gelman se evidencian, con una difícil intensidad y no poca capacidad de transgresión, las contradicciones del hombre contemporáneo. Es una poesía en la que la ternura, la ironía y la visión crítica de la realidad establecen, en el lenguaje, un juego lleno de esquinas imprevistas y desafíos al lector.
Por Manuel Rico, de El País de Madrid
La vida de Gelman, terriblemente marcada en lo más íntimo por la última dictadura militar argentina, es un exponente del amplio colectivo de hombres y mujeres para los que la lejanía respecto al país de origen se ha convertido en una seña de identidad. Residente en México desde hace más de una década, su labor como escritor ha continuado desarrollándose sin apenas interrupciones en una búsqueda de ese "lugar más calcinado del idioma" con que, en más de una ocasión, ha definido el lenguaje poético.
_Hace dos años, Juan Gelman recibió el Premio Nacional de Poesía de la Argentina, lo que supone, de alguna manera, el reconocimiento oficial a un poeta que ha tenido una relación especialmente dolorosa, trágica, con su país. ¿Por qué, tras ese reconocimiento, sigue viviendo en Ciudad de México? ¿Cómo contempla la posibilidad del retorno?
_La decisión de vivir en México la tomé hace casi once años, por amor. Amor a una mujer, hoy mi segunda esposa, y amor a este país tan variado y bello. Ningún premio podrá mellarlo. Digo, a ese amor.
_¿No es el exilio, el desarraigo, más que la condición vital de Juan Gelman, una seña de identidad de su obra poética?
_Es posible. Millones de argentinos han vivido y viven un largo exilio interior. Están exiliados, por ejemplo, de la posibilidad de tener un trabajo, educación, techo seguro, una vida decorosa, en suma. No es raro que eso haya marcado mi poesía. Tal como marca la vida de tantas personas. Uno de cada trescientos habitantes del planeta ha buscado refugio en otro país que el suyo por razones económicas o políticas. También las guerras desparraman a la gente.
_¿Qué lugar y qué entidad ocupa, en su trayectoria literaria, "Cólera buey", un libro escrito en los años sesenta?
_Ese libro es una suerte de reunión de poemas pertenecientes a nueve libros que nunca publiqué completos. Los escribí a lo largo de siete años intensos en muchos sentidos -personal, político, amoroso-, a veces hasta diez poemas en un día. No me interesaba publicarlos. Me perseguía una sola obsesión: cómo pasar esos volcanes de la vivencia a la imaginación venciendo las barreras del lenguaje. Para mí es un libro de apertura a lo que vino después.
_¿Su poesía puede ser concebida como una síntesis entre lenguaje revelador y conciencia, al modo en que lo era en la obra de César Vallejo?
_Creo que el lenguaje es conciencia.
_Hay en su obra, sobre todo en su "Salarios del impío y otros poemas", una progresiva depuración formal, algo que a veces la emparenta con lo que se ha llamado retórica del silencio. ¿Es una búsqueda de la esencialidad de la lengua? ¿Supone un cierto alejamiento de la realidad del hombre?
_Yo pienso que más bien se trata de la búsqueda de la poesía. La poesía es lenguaje calcinado y su palabra se alza desde esas calcinaciones que algunos llaman silencio y, sin embargo, todavía se retuercen y aun crepitan. En la poesía se escuchan los silencios. Y eso también es realidad del hombre.
_En "Cólera buey" hay una evidente conexión con la política, un intento de indagar en los obstáculos que encuentra el ser humano en su realización. ¿Sigue vigente, casi treinta años después de su primera edición en la Argentina, esa preocupación como zona esencial de su apuesta lírica?
_Sigue presente. En la Argentina padecimos una dictadura militar feroz, un verdadero genocidio, y me pregunto cómo vuelve la palabra luego de atravesar ese infierno. Se conoce la desdichada frase de Adorno -mal corregida luego- acerca de que después de Auschwitz no se puede escribir poesía. Paul Celan mostró que sí se puede escribir poesía después de Auschwitz. Sólo que no como antes de Auschwitz. No como antes del genocidio argentino.
_Yamarrokuchi Ando y John Wendell son dos de las identidades que, en este libro, asume el sujeto poético y que se manifiestan a través de sendas colecciones de poemas en apariencia traducidos. ¿Qué función desempeñan en su obra?
_Son máscaras, no heterónimos como los de Pessoa. Me ayudaron. Personalmente atravesaba un período clausurado en lo íntimo. La intimidad es parte de la subjetividad, pero no toda la subjetividad. Hablar desde Yamarrokuchi Ando, o John Wendell, me permitió salir de esa clausura.
_¿Y Dom Pero, autor de poemas en un castellano antiguo, emparentado con la lengua sefardí, una lengua trasterrada y no sé si muerta?
_Los poemas de Dom Pero -como los de mi libro "Dibaxu", escritos directamente en sefardí- obedecen a mi obsesión por el castellano, que oculta muchos tesoros, cimientos abandonados sobre los cuales se edifica. Necesité viajar al idioma del Cid -hoy llamado sefardí o ladino-, tal vez para explorar la carne y la nervadura de la lengua, tal vez porque el exilio me empujó al territorio más exiliado de la lengua. No lo sé.
Encontrado en: http://www.eltribuno.com.ar/anteriores/2000/1/16/opinion.htm