JUAN GELMAN, POETA
:'Todo mi dolor ha pasado a la literatura'
JOSÉ ANDRÉS ROJO, ENVIADO ESPECIAL |
Guadalajara , El Pais
04.12.2001
Quizá la poesía no sea nada más que agarrar 'la
presencia ausente de lo amado', dice Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), que ganó
la pasada edición del prestigioso Premio Juan Rulfo. A Gelman, la dictadura
argentina le desapareció a su hijo y a su nuera. Murieron los dos y siguen
presentes en Carta abierta, 1980. Eduardo Milán presentó en la Feria de
Guadalajara Pesar todo (Fondo de Cultura Económica), una antología de la obra
de Gelman que él mismo ha seleccionado, compilado y prologado. Escribe Milán:
'La poesía de Gelman es una de las experiencias materiales más profundas de la
poesía latinoamericana del siglo'. También se ha podido ver el último libro
de Gelman, Valer la pena (Era). Ahí escribe: 'El poeta se atará al palo mayor
de su ignorancia para no caer en sí mismo, sino en otro país de aventura
mayor, muerto de miedo y vivo de esperanza'.
Pregunta. ¿Cómo empezó la ruptura con su país que terminó por llevarlo al
exilio?
Respuesta. Empezó antes de la dictadura. En la época en que enloquecidamente
escribí nueve libros. De ellos hice una selección, Cólera buey (1962-1968).
Eran tiempos en los que trabajaba de periodista y hubo noches en que llegué a
hacer hasta 15 poemas. Mis compañeros me encontraban al día siguiente dormido
en la máquina de escribir.
P. ¿Qué le preocupaba entonces?
R. Empezaba a reconocer los límites del lenguaje para expresar ciertas cosas.
Empezaba a chocar con ellos porque lo que quiero expresar tengo que hacerlo con
la mayor precisión. Así que luché con el lenguaje y cambié algunos
sustantivos en verbos o cambié el género a determinadas palabras. Dije, por
ejemplo: la mundo.
'El exilio produce una profunda sensación de desamparo, de vivir a la
intemperie'
P. ¿Cómo rompió
con esas preocupaciones?
R. Me empecé a sentir abrumado por una sensación de cerrazón muy grande. Me
estaba reduciendo a la intimidad y todo quedaba cargado tan sólo de
subjetividad. Así que inventé unos seudónimos: los poetas John Wendell,
Yaminokuchi Ando o Sidney West. Hablo de seudónimos, no son heterónimos en el
sentido pessoano.
P. Algo así como salir al mundo y verlo con otros ojos...
R. Yo publicaba los poemas firmados con el seudónimo y abajo ponía que la
traducción era mía. Y ocurrían disparates. Un compañero, por ejemplo, me
dijo: 'He contrastado tu versión de los poemas de Sidney West con los
originales y te quedaron perfectos'. El caso es que a los del partido comunista
no les gustaron. Yo ya los había dejado y entendieron como una traición que yo
hablara de Old Park o Dakota y no de Argentina. Y, fíjese, considero que esos
poemas son los más porteños, los menos universales.
P. Vino entonces el exilio.
R. Fueron años difíciles. Yo salí antes del golpe militar, y me vino bien
pasar por Roma, París, Bruselas. Lugares donde no se hablara español (también
estuve en Madrid, poco tiempo). Me pasé cuatro años enteros sin escribir. El
exilio produce una profunda sensación de desamparo, de vivir a la intemperie.
P. ¿Qué lugar ocupa la política?
R. Tenía seis o siete años cuando tuve mi primer contacto con ella. Y fue por
la guerra civil española. En Argentina, en el barrio en el que vivía, todo el
mundo apoyaba a la República. Soy de familia judía, y mi padre estuvo en Rusia
en la revolución fallida de 1905. Así que desde pequeño supe de qué lado
estaba.
P. Lo más duro llegó con la dictadura.
R. Vino el golpe de Estado de 1976, y mataron a mi hijo. A mi nuera se la
llevaron a Uruguay, embarazada. La mataron también. Hice lo posible por
encontrar a mi nieta, hasta que lo conseguí. Todo ese dolor ha pasado a mi
literatura, pero en el exilio no se puede participar en política. Salvo de
manera muy general, siendo solidario.
P. Su generación creyó en la revolución, ¿cómo vivió la caída del muro de
Berlín?
R. No me encuentro ni derrotado ni desilusionado. Ya antes de salir del partido
comunista tenía claro que las cosas no marchaban en la Unión Soviética. Cuba
estaba mucho más próxima, pero tampoco las cosas han ido bien. Es más difícil
entender qué pasa con China. Lo que sigue siendo un enigma, y el gran problema,
es cómo construir una democracia con participación de la gente. Eso es algo
que está por inventar.
Encontrado en: http://www.chile-hoy.de/arte_cultura/041201_gelman.htm