ENTREVISTA
Una batalla de palabras
Desde su casa de México, en el barrio
residencial de La Condesa, un Juan Gelman como siempre cálido y amable, pero
como siempre también un poco parco, en el otro extremo de las declaraciones
grandilocuentes, habló con Clarín, por teléfono y luego por email,
después de recibir el premio Juan Rulfo.
-Cuando recibió el premio, usted señaló algo llamativo: cuatro de los diez
ganadores del Juan Rulfo fueron poetas. ¿Por qué será, entonces, que la poesía
sigue siendo considerada un género "de segundo orden"?
-No se preocupe por eso: de ella han dicho cosas peores. Pero al mismo tiempo es
evidente que la poesía latinoamericana sigue gozando de muy buena salud. ¿Acaso
la gran poesía de nuestros países no nació, creció y respiró a pleno pulmón
mucho antes que el llamado "boom" de la narrativa?
-El premio también parece confirmar que la
estética (la búsqueda de cierta belleza) y la política (la búsqueda de
cierta justicia) no son causas que necesariamente deban ir separadas. Más bien
podría decirse lo contrario. Es una vieja discusión, pero ¿por qué cree que
se las suele separar?
-Sí, es una vieja discusión. Sigo creyendo que el único tema de la poesía es
la poesía misma y que por eso puede hablar de todo.
-Sin embargo, usted sostiene también que la palabra es una herramienta de
lucha. En este sentido, ¿cuáles son las batallas que se deben dar hoy?
-Son las mismas batallas y la misma guerra de hace 300 y 3.000 años: la lucha
contra las imposibilidades del lenguaje que, en definitiva, son las de la poesía.
-Este ha sido un buen año para usted: ¿siente que el haber encontrado a su
nieta en marzo y recibir ahora este premio son hechos que se cargan de sentido
mutuamente?
-Son hechos de dos dimensiones muy distintas y ocupan latitudes diferentes. Cómo
se cruzan para dar un tejido, lo sabré -o no- dentro de tiempo.
-En relación con su obra: ¿qué búsque das cambiaron o se acentuaron con
los años?
-Hay en mi obra, desde luego, rupturas y tal vez etapas. Su única continuidad
sería la búsqueda de un decir que dijera lo que dice, y que dijera también lo
que calla para callar así lo que dice. Pero bueno: mejor no hacerme hablar de
lo que escribo.
-¿Por qué se oculta detrás de nombres de poetas inventados? En todo caso,
ese gesto ¿está más cerca del juego o de los heterónimos de Fernando Pessoa?
-Distingo: utilicé dos clases de sinónimos, que nunca fueron heterónimos como
los de Pessoa. Necesité los primeros -John Wendell, Yamanokuchi Ando, Sidney
West- para alejarme de mí mismo. Los segundos -José Galván, Julio Grecco-,
para reunirme con mis pérdidas.
-¿Cuáles son los poetas a los que vuelve siempre, los que no puede dejar de
leer?
-Los grandes: César Vallejo, Oliverio Girondo, Shakespeare, John Donne, Blake,
Baudelaire, Hölderlin, Paul Celan, Raúl González Tuñón, Olga Orozco, José
Angel Valente, muchos más.
-Dijo hace poco que escribe cuando "la obsesión golpea la puerta".
-Y que esas obsesiones son unas pocas: la niñez, el amor, la revolución. Y por
supuesto, la poesía.
-Ahora, ¿cómo es ese golpe? ¿Llega primero el tema, llega la música del
poema, llega todo junto? ¿Cómo distingue el golpe de un poema del de la prosa?
-Llega la obsesión y cada vez tiene su música. Sé de qué se trata -si es un
poema, un texto breve o un artículo- cuando lo voy escribiendo.
-¿La obsesión lo está golpeando otra vez? ¿Está trabajando en algún
proyecto?
-Estoy preparando un nuevo libro de poemas. Me senté a revisarlo el domingo y
me alcanzó la noticia del premio. No pude hacer nada. Hasta hoy. En cambio,
hubo almuerzo familiar de festejo y con ñoquis. Salí ganando.
Encontrado en: http://www.clarin.com.ar/suplementos/cultura/2000-09-17/e-00501d.htm