Juan y la escritura
Nota del 1 del 7 de 1997.
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Ajeno a rótulos y fórmulas que tratan de atrapar con redes de palabras la sombra de la creación, el poeta apenas acerca un manojo de preguntas, de intuiciones que hablan de lenguaje calcinado, de obsesiones que regresan, de diferentes ejes temáticos que acaban reduciéndose a uno, la poesía.
Entonces, ¿cómo escribe esta voz en trance que el poeta se niega corregir? Alguien dijo que a partir de un ruido en la oreja o quizá - como señalaba José Lezama Lima- como si organizara restos de planetas perdidos y zumbidos extraños.
Yo no sé si en realidad se escriben muchos libros. Yo supongo que a lo largo de la vida se escribe uno solo. 0 más bien, se habla de dos o tres cosas, ¿no?: los temas que nos preocupan toda la vida. Y digamos que las tres cosas son: la poesía, el amor, la revolución... Son obsesiones que se repiten a lo largo de todo el tiempo. Son como una espiral: son las mismas cosas pero es como si cada vez se enriquecieran, se ampliaran. Hablo como sentimiento, no como expresión: después, lo que uno consigue escribir, eso es otra cuestión. Pero no son muchas las cosas sobre las que uno escribe.
Víctor Casaus, prólogo a Poesía. Juan Gelman, Casa de las Américas, La Habana, 1985.
El asunto es más o menos así. El primer libro de poemas tenía elementos diversos pero hay un elemento que permanece en todos: es la cotidianidad, entendida esencialmente como realidad. A mí me parece que la realidad se da a través de lo cotidiano; también lo maravilloso se da a través de lo cotidiano. Esto siempre me ha obsesionado, me obsesiona, y supongo que me va a seguir obsesionando. Lo que tal vez haya ocurrido a lo largo del tiempo es que me he ido dando cuenta de la imposibilidad de aferrar eso. Nadie puede ser dueño de nada.
(La creación se ha dado) en la medida en que ha habido una motivación interior, o (como dice Éluard) ha coincidido la circunstancia exterior con la circunstancia del corazón.
Mario Benedetti, J. G. y su ardua empresa de matar la melancolía, Los poetas comunicantes, Marcha, Montevideo, 1972
El poeta es hablado por lo que escribe, de manera que efectivamente el poder de videncia está en la lengua; en el poeta lo que hay es una caja de resonancia, una gran finura, una caja de resonancia enorme que es capaz de verter lo que la lengua carga, lo que la lengua revela en su oscuridad... El no saber sabiendo es la característica de la poesía, el poeta muchas veces se sorprende de lo que escribe y se entera de lo que le pasa leyendo lo que escribió. El futuro sigue siendo un interrogante, pero interrogar, creo yo, es una de las funciones de la poesía... Estoy seguro de que en el futuro siempre existirá la poesía, es el gran consuelo que uno tiene cuando lee, por ejemplo, una poesía china de hace tres mil años, de un anónimo que fue una de las primeras que se recogió por escrito, que habla de un pastor que está lejos de su mujer, en la madrugada cae la nieve, hace un frío extraordinario, él está cuidando su rebaño e imagina a su amada frente al fuego en la casa, cosiendo. El último verso dice: "Él escucha el ruido de sus tijeras bajo la noche profunda". Esto se escribió hace tres mil años y es algo que todavía me pone la carne de gallina... Por más salvaje que sea la civilización en la que uno vive, y creo que estarnos viviendo una de las civilizaciones más antipoéticas que hayan existido, en la que predominan el materialismo, el consumismo y en fin todo eso que sabemos, sin embargo la poesía persiste.
María C. González, Diez miradas al mañana, Magazín Dominical N° 605, Bogotá, 4/12/199.
Hay, creo yo, una cualidad el lenguaje, de la poesía en particular -la poesía que es lenguaje calcinado ¿no?-, por el cual las palabras dejan más cosas en silencio que dichas.
Lo que me está pasando con los sonetos es muy interesante: tomo uno que me parece que no está conseguido, lo corrijo y sale otro soneto con algunos elementos del primero, pero este segundo tampoco termina de gustarme, entonces sale otro soneto, ¿no? que no es igual al segundo... todo lo cual me confirma que de un poema, de los silencios de un poema, que son enormes, uno puede extraer otras palabras, que a su vez crean otros silencios.
Los poemas son una cosa y otra la poesía. Que, desde luego, se traduce en la escritura de poemas, pero el material que usa es la palabra, y la palabra es una cosa que está rodeada de silencio. La interrelación de las palabras puede ser infinita, la relación entre dos palabras deja a un lado millones de relaciones y esa elección se hace de una manera no voy a decir ciega, pero sí una manera que no depende de la voluntad... uno necesita agotar una obsesión y es la obsesión la que dicta los ayuntamientos.
Yo creo que se escribe con el cuerpo, no puede ser de otro modo. Daniel Freidemberg, J. G.: La poesía es lenguaje calcinado, suplemento Cultura y Nación de Clarín, Buenos Aires, 20/8/1992.
Yo creo en la inaferrabilidad de la poesía y en su fracaso constante... Escribir no es un acto de voluntad. Más bien te diría que es la necesidad de expresar, que nace de una obsesión. La posibilidad de hacerlo nos lleva al tema de la palabra. El resultado, para quien procura expresar, suele ser el fracaso. Posiblemente esa sea, entre otras, una de las funciones de la poesía: dejar constancia de ese fracaso. ¿Qué quiero decir cuando digo fracaso? Para mí, el silencio no conduce -como decía antes- a un callejón sin salida a partir del cual no se puede escribir más. Tampoco creo que Mallarmé se lo planteara así. No hay que confundir silencio con mudez... para mí, lo que vale es la felicidad que uno siente en el momento de escribir.
Digamos que corrijo poco porque respeto el momento en que se hace un poema y quiero mostrar ese hacerse o conservarlo en el poema.
Cada poeta tiene un recorrido propio y lo extraordinario es que los recorridos son infinitos, no se terminan nunca. Siempre me acuerdo de la frase del pintor japonés Hokusai. Cuando Hokusai tenía noventa y pico decía: ojalá yo pueda vivir ciento diez años para poder seguir estudiando los animalitos y las plantas como los estudio ahora, y ojalá después pueda vivir diez años más para poder pintar todo lo que aprendí.
Jorge Fondebrider, J G., Obsesión, ritmo y silencio, en Diario de Poesía N° 24, Buenos Aires, 1992.
En verdad, no tengo idea, no sé por qué escribo. Los poetas son aquellas personas que sienten desde muy temprano el enigma de la lengua. En fin, quienes son más conscientes de la palabra, de lo que con ella se nombra y no se nombra. En la antigüedad se afirmaba que a los poetas los hacían escribir los demonios. Yo también pienso eso... Claro, esos demonios son la constante interrogación de la realidad, que es todo lo que pudo ser y no fue, y de la palabra.
La poesía se aprende leyendo a los poetas, especialmente a los grandes.
Hay poetas distintos, formas diferentes de encarar la poesía. A mí no me interesa la perfección para nada. Por eso corrijo muy poco. La imperfección está en el corazón de toda obra de arte.
... el demonio me monta muy a menudo, me hace maldades, me obliga a escribir cosas. Yo siempre giro sobre ciertos temas: el amor, la muerte, la revolución. Cosas que me son dictadas por la realidad, es decir, por la poesía misma.
Víctor Rodríguez Núñez, J G.: La poesía es una gran interrogación, en Babel N° 18, Caracas, 1994.
Siempre hay una insatisfacción entre lo que se quiere decir y lo que se dice. Y por eso la situación que lee o ve una obra de arte es diferente del que la produce. A mí algunas cosas me llaman la atención, por ejemplo la última etapa de Miguel Ángel, en que dejó tantas cosas inconclusas. El a los 24 años hizo una maternidad que está en San Pietro, pero en los últimos años hizo una maternidad inconclusa que a mi me conmueve mucho más.
...La palabra dice lo que calla, y si no no dice nada.
...A esta altura de mi vida ya sé cuándo se va a producir el poema. Alguien me ha dicho que Beethoven, para componer, necesitaba meter los pies en una palangana con agua fría. Yo no sé si es verdad, pero la anécdota vale como particularidad de un ámbito de creación. En mi caso se trata de obsesiones, y no sé de qué se trata. Supongo que escribo para saber de qué se trata. Mabel Moraña, J G.: Un ruido en la oreja, en Brecha N° 300, Montevideo, 30/8/1991
Escribo por lo general de noche, hasta que las cosas seme den. Esto tiene que ver con que hago otros trabajos de día, pero también con que siento la noche más propicia.
Pero sobre todo he querido mantener ante la poesía una "voluntad de ignorancia"... Decía Pavese que, ante cada poema, el poeta debe estar en estado de virginidad; atrapado lo menos posible por su propia retórica o por la búsqueda de un efecto determinado. Me resulta muy difícil, por eso, darme cuenta de si lo que escribo vale o no, y sobre todo no quiero o no puedo darme cuenta de cómo lo escribo. Conozco las circunstancias exteriores. Sé que de pronto entran en mí obsesiones que se prolongan en poemas y que terminan tal vez en libros. Pero si la obsesión no llega, no puedo escribir.
Desde 1962 hasta 1966 no escribí ni una línea. Y en el 66 escribí, de un saque, lo que después fueron siete libros. Cuando empezó mi exilio también escribí muy poco. Pasé años en blanco. Y lo mismo cuando volví a la Argentina: por el choque, por el reencuentro. La sequía sobrevino en momentos de sacudones interiores muy fuertes, como vientos que me arrastraban. En 1988, en vísperas de mi vuelta a Buenos Aires, estaba escribiendo un libro que debía llamarse -o se llamará, no sé- Salario del impío. El regreso cortó ese ciclo, porque sucedió algo tan fuerte (¿querés algo más fuerte que el regreso?) que la obsesión se esfumó, y ya no sé si alguna vez volverá.
Tomás Eloy Martínez, Entrevista con J G.: La voz entera, en Primer Plano, Página/l2, Buenos Aires, 9/8/1992
Perseguir las palabras dentro de uno mismo
A mi me lo que me ocurrió a partir de cierto momento, sobre todo a partir del libro Fábulas, años 1970-1971, me encontré con que me parecía que efectivamente el lenguaje, la lengua, tenía sus corsés y que tenía sus chalecos y que el tema era capaz de romper esos chalecos... De ahí que algunos sustantivos se conviertan en verbos o viceversa, cambios de género, distintas formas en la búsqueda de una expresión de ruptura con la sintaxis normal.
Creo que la poesía ya es la lengua quemada, como el hueso de la lengua. Y esto conlleva un gran silencio. El gran poeta español José Ángel Valente suele decir, y yo coincido, que el más grande poeta en lengua castellana es San Juan de la Cruz; él suele decir que San Juan de la Cruz en sus poemas no sólo dice lo que dice sino que también dice lo que calla. A mí me gusta añadir que de esta manera también calla lo que dice. Sergio Kisielewsky, Gelman: uno escribe para enterarse de lo que siente, en Arca del Sur, Buenos Aires, 1992.
VIII
Situarse en el lenguaje como cuerpo, corazón que interroga y no puede dormir, come la noche como un libro. Buscar la poesía es más, es su siendo. Se juntan los espacios y el combatiente muerto es un olivo con pies de ciervo en tu humedad.
XI
La palabra es trabajo y forma de su creación. Puede contar su gloria, no mostrarla. La mirada que la ve queda ciega: conoce el comienzo del comienzo como tristeza del amor.
La palabra se hace otra para entrar en relación con sus criaturas: pasa de su misterio al misterio de todos y de esa unión vuelve a su transparencia.
XII
La palabra se forja en el combate contra lo que no va a decir y es castigado quien la procura cincelar o darle un rostro solo... Qué importa entonces la victoria, la derrota: la imagen es la tienda del fuego.
En el combate, cada palabra destruye un pedazo de su previda o sombra oblicua, confirma las ciudades asoladas, las distancias que el exilio sembró delante suyo.
Las palabras son un pueblo de separados: huelen a lluvias anteriores en las que quieren otra vez mojarse y tienden la mano abierta con humildad inexplicada. Cuanto más nombran, más dejan sin nombrar y es de aquello (San Juan de la Cruz) que sacan fuerzas, joyas, carbones o astros en el aire y el paso de toda criatura por la tierra.
XIII
Nos conoceremos cuando una sola palabra diga todas las palabras y se alce la poesía de nosotros sin otro dueño que el camino. Recibir como un ser recibido, cada día.
El alma escribe en dos papeles: la soledad y la asamblea. El tiempo es uno y vaga del que pasó al que va a venir para que ahora pises mis países de piedra. Las palabras son clavos; disminuyen y aumentan el corazón que clavan.
XIV
La poesía pasa de la nada a lo existente y su designio es la unidad de lo existente con la nada.
... Llena la boca del sediento y es clandestina como la creación: va juntando los pedazos del mundo para ofrecerlo en su silencio.
Juan Gelman, Mandorla/La piedra en el centro, en Vuelta (Sudamericana) N° 13, Buenos Aires, 1987.
No sé qué decir de mi propia poesía. Juan Gelman, Antología consultada de la joven poesía argentina, Fabril, Buenos Aires, 1968.
En mi caso particular, tanto las obsesiones mayores como las menores -como es el caso del otoño, por ejemplo-, se repiten simplemente porque no están agotadas. Se supone que en cada ocasión lo que uno intenta es agotar la obsesión, y como las formas de agotarla no han servido, entonces se busca otra forma de agotarlas, movido o empujado por esa misma obsesión.
El que habló muy bien sobre el tema fue Pavese. Él decía que llega un momento en que el poeta deja una obsesión y cae preso en otra, que necesita otros instrumentos expresivos, cuando él viene con los que acaba de encontrar y construir para agotar la anterior. Entonces se produce dentro suyo una especie de lucha entre esos instrumentos que posee y que no le sirven, y la nueva obsesión. A partir de allí se producen dos líneas: una ascendente, que es el hallazgo –cada vez mayor- de los instrumentos para expresar la nueva obsesión y otra descendente de la obsesión misma que se va agotando... Esas dos líneas se cruzan en un punto, a partir del cual la línea expresiva sigue ascendiendo y la de la obsesión descendiendo. Y como dice Pavese, los poemas más bellos son los que se producen al final. Hasta que la obsesión se cansa. Entonces se pueden hacer dos cosas: o bien, como ya se adquirió cierto conocimiento expresivo, usar la maquinita, o bien parar... Lo más sano es parar.
(Respecto del lenguaje) no sé muy bien cómo definir eso; es como si necesitara el lenguaje menos contaminado posible, el que más cerca esté de la fuente obsesiva. Esto es algo con lo que me encuentro en mi práctica de escritura, que no es muy regular. Es decir: puedo pasar años sin escribir poemas -sin escribir nada- y después en un año o dos escribir mucho, cosa que me sucedió varias veces. Y también, supongo, ése es un problema de química personal, para decirlo de algún modo.
... No se puede reducir el fenómeno literario o poético ni al tema que trata ni las transgresiones que hace o no hace desde el punto de vista formal, porque es mucho más complejo.
María del Carmen Rodríguez, La transgresión, cuaderno de Crisis No 33, Buenos Aires, 1988.
Uno no se puede sentara escribir poesía y esto diferencia a la poesía de otras disciplinas literarias. Además, en la poesía no se escribe lo que se quiere sino lo que se puede. Te voy a ejemplificar con dos casos extremos de la pintura. El primero es de Cézanne, que dedicaba innumerables jornadas para pintar una naturaleza muerta o una pared, y el segundo es el caso de Van Gogh, que pintaba varios cuadros en un solo día. Van Gogh, como los japoneses, quería eliminar la mano entre el cerebro y el color. Yo me identifico con esto, también desearía eliminar la mano que escribe entre el cerebro y el papel, y cerebro significa aquí la sensibilidad mental como globalidad: sensación, pensamientos, etc. El inconsciente grita mucho y es para mí la manera que tiene la poesía de simultáneamente expresar la realidad, de explorarla y de cuestionarla, y a la vez crear otra... Leyendo los textos que se escribían en España siglos pasados uno ve que en esos momentos el idioma español podía tener varias direcciones. Estoy pensando en las cartas de Cortés, de Colón, que dejan entrever los diferentes caminos que existieron en el lenguaje español del siglo XVI, y cómo durante decenios coexistieron y cómo se fue conformando, desde el punto de vista ideológico-sensible, hasta llegar a una especie de "congelamiento".
Este congelamiento, del que no podemos culpar totalmente al franquismo aunque sí le impuso un terrible sello de casi medio siglo, comenzó ya en el siglo XIX (con algunas excepciones como en el caso de Bécquer). Pero antes, cuando el idioma en España estaba en estado naciente, produjo textos extraordinarios como los de San Juan de la Cruz, como los de Santa Teresa o, para ser más laicos, como los de Góngora y los de Quevedo, que demuestran una riqueza y una variedad extraordinarias. En América latina, que es, como decía Martí, un continente mestizo, también estamos hoy en ese "estado de gracia" de un idioma naciente: por el aporte indígena, sobre todo en América Central y los países del Pacífico Sur, por el aporte negro, en Brasil y el Caribe, por el aporte europeo, un poco en varias partes y sobre todo en la Argentina. Somos países jóvenes, en movimiento, con olas de grandes luchas populares que recorren el continente. Y toda América latina y el Caribe, en conjunto, son una gran olla donde hierven muchas cosas y, entre ellas, el idioma. Y en mi caso particular, como en el de muchos creadores, más que aventura personal, en todo esto hay una aventura de mucha gente.
Oscar Paoloni, J G. Penurias en el exilio y locuras en el país, en Kosmos N° 16, Buenos Aires, 1983.
Encontrado en: http://www.lamaga.com.ar/www/area2/pg_nota.asp?id_nota=2513
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