Clarín, Domingo 17 de setiembre de 2000
ANECDOTAS Y RECUERDOS
La amistad de los poetas

NOE JITRIK

Juan apareció de pronto, en casa de Paco Urondo, en Santa Fe, la tarde del 26 de mayo de 1959, al día siguiente de una fiesta en Laguna Paiva, pletórica de maestras y de ginebras. Mi recuerdo de la escena es de foto fija: Gelman con cigarrillo negro, trajeado, casi solemne en su apostura, todos hablando de cosas fundamentales, algo así como política, no amores dispersos ni desórdenes de los sentidos como los que la noche rimbaudiana de los años posteriores al 56 nos habían introducido en el espíritu.

Lo volví a ver en los comienzos del 70. Reconocí a un Gelman tal vez menos parco que antaño, pero también más afirmado en dos rasgos esenciales en él: su cortesía, muy porteña, de señor decoroso pero también lejano, y su manera de musicalizar los finales de frase, como si dejara un hueco interrogativo que un supuesto interlocutor debería llenar. Con sorpresa, con admiración, redescubrí ese modo al escucharlo decir sus versos años después, apaciguada la tormenta.

Pero entonces, en la época de La Opinión, se estaban gestando en él profundos cambios que me resultaron incomprensibles, lo mismo que me había ocurrido con los cambios que fue experimentando Paco Urondo. El peronismo -sobre el que Paco escribió algunos himnos hacia 1973- y su versión montonera no eran decisiones que me sedujeran en uno y otro. Supongo que en algún lugar me condenaron, así como yo a ellos pero, no obstante, Juan hizo algo que poca gente hizo por mí en toda mi vida: protegió un libro mío y me reconoció como poeta. El ya estaba admitido como tal, aunque prefería, entonces, un lenguaje que se suponía ligado al compromiso político, considerado como "revolución".

No sé cómo fue cuerpeándole a la muerte Juan en el país y en el exilio; supe lo que escribía; supe de sus "traducciones", de sus búsquedas de la madre, supe de los poetas que incorporó a su mundo y también de su tenacidad, de su fuerte voluntad de no perderse en los espejismos de la memoria ni en las ilusiones del presente. Frente a la tumba en la que por fin depositó a su hijo, sombras recorrieron las oraciones fúnebres, algo no resuelto en nuestras vidas exigía por más y a eso se entregó, tan sereno como cuando argumentaba conmigo contra algo que yo quisiera llamar "corrupción de la escritura", mal que se ha introducido en las mentalidades que renunciaron a imaginar que en la persistencia poética reside una fuerza política que recupera nietos y fuerza a presidentes a mirarse en el espejo.

Un malentendido se tendió entre nosotros y durante algunos años no nos vimos. Por fin, nos recuperamos con la alegría infantil de esperar que al amigo le toque lo que merece de quienes otorgan bienes y suelen entregárselos a otros, y que en esos bienes mal dados confunden más aún a una cultura confusa. El "ojalá" que siempre pensé que podía atribuirle a la obra de Juan se ha convertido ahora en un "desde luego", como si fuera tan natural que lo reconocieran del modo en que lo han reconocido en México. Aquí le dieron el Premio Nacional, pero porque el pasado sigue oscuro sobre nuestras posibilidades de comunicación no es lo mismo. Allí lo ponen en buena compañía, con Nicanor Parra, Eliseo Diego, Augusto Monterroso, Sergio Pitol y todos esos buenos viejos que forman también parte de mi vida y que le harán coro, lo celebrarán como lo hago yo al amparo de la mejor sentencia que acuñó Alberto Vanasco: "La verdad de la poesía es la amistad de los poetas".

Encontrado en: http://www.clarin.com.ar/suplementos/cultura/2000-09-17/e-00402d.htm