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NOE JITRIK
Juan apareció de pronto, en casa de
Paco Urondo, en Santa Fe, la tarde del 26 de mayo de 1959, al día siguiente de
una fiesta en Laguna Paiva, pletórica de maestras y de ginebras. Mi recuerdo de
la escena es de foto fija: Gelman con cigarrillo negro, trajeado, casi solemne
en su apostura, todos hablando de cosas fundamentales, algo así como política,
no amores dispersos ni desórdenes de los sentidos como los que la noche
rimbaudiana de los años posteriores al 56 nos habían introducido en el espíritu.
Lo volví a ver en los comienzos del 70. Reconocí a un Gelman tal vez menos
parco que antaño, pero también más afirmado en dos rasgos esenciales en él:
su cortesía, muy porteña, de señor decoroso pero también lejano, y su manera
de musicalizar los finales de frase, como si dejara un hueco interrogativo que
un supuesto interlocutor debería llenar. Con sorpresa, con admiración,
redescubrí ese modo al escucharlo decir sus versos años después, apaciguada
la tormenta.
Pero entonces, en la época de La Opinión, se estaban gestando en él profundos
cambios que me resultaron incomprensibles, lo mismo que me había ocurrido con
los cambios que fue experimentando Paco Urondo. El peronismo -sobre el que Paco
escribió algunos himnos hacia 1973- y su versión montonera no eran decisiones
que me sedujeran en uno y otro. Supongo que en algún lugar me condenaron, así
como yo a ellos pero, no obstante, Juan hizo algo que poca gente hizo por mí en
toda mi vida: protegió un libro mío y me reconoció como poeta. El ya estaba
admitido como tal, aunque prefería, entonces, un lenguaje que se suponía
ligado al compromiso político, considerado como "revolución".
No sé cómo fue cuerpeándole a la muerte Juan en el país y en el exilio; supe
lo que escribía; supe de sus "traducciones", de sus búsquedas de la
madre, supe de los poetas que incorporó a su mundo y también de su tenacidad,
de su fuerte voluntad de no perderse en los espejismos de la memoria ni en las
ilusiones del presente. Frente a la tumba en la que por fin depositó a su hijo,
sombras recorrieron las oraciones fúnebres, algo no resuelto en nuestras vidas
exigía por más y a eso se entregó, tan sereno como cuando argumentaba conmigo
contra algo que yo quisiera llamar "corrupción de la escritura", mal
que se ha introducido en las mentalidades que renunciaron a imaginar que en la
persistencia poética reside una fuerza política que recupera nietos y fuerza a
presidentes a mirarse en el espejo.
Un malentendido se tendió entre nosotros y durante algunos años no nos vimos.
Por fin, nos recuperamos con la alegría infantil de esperar que al amigo le
toque lo que merece de quienes otorgan bienes y suelen entregárselos a otros, y
que en esos bienes mal dados confunden más aún a una cultura confusa. El
"ojalá" que siempre pensé que podía atribuirle a la obra de Juan se
ha convertido ahora en un "desde luego", como si fuera tan natural que
lo reconocieran del modo en que lo han reconocido en México. Aquí le dieron el
Premio Nacional, pero porque el pasado sigue oscuro sobre nuestras posibilidades
de comunicación no es lo mismo. Allí lo ponen en buena compañía, con Nicanor
Parra, Eliseo Diego, Augusto Monterroso, Sergio Pitol y todos esos buenos viejos
que forman también parte de mi vida y que le harán coro, lo celebrarán como
lo hago yo al amparo de la mejor sentencia que acuñó Alberto Vanasco: "La
verdad de la poesía es la amistad de los poetas".
Encontrado en: http://www.clarin.com.ar/suplementos/cultura/2000-09-17/e-00402d.htm