Lamento por los pies de Carmichael O'Shaughnessy

carmicahel o'shaughnessy mi dios
con el camino en la mano era un planeta
girando y girando en la mañana cerrada
como cubierto de lirios y de trigos

¡ah carmichael!
qué grandes fierros le crecían en los pies
cuando se andaba al gallo primo cantor
y al segundo callado

a carmichael se le caían pedazos
de rabia pura de la cara
que iba dejando como árboles
que crecieron como árboles al costado del camino

no pájaros no vientos no señoras
les movían las ramas sino
años de mal amor y desgracia
años en que el amor viene mal

o mal y triste y destrozado como
la margarita que besó el león
a la solombra del atardecer
donde carmichael lloró un poco

por abajo por arriba por la ventanita
que nadie abre iba carmichael
con el camino en la mano como
paquete del dolor

hasta que un día los pies se le pusieron verdes
áhi carmichael paró
ya rojo ya mitad ya parecido
y dulce fue su desventaja

toda la sombra que cae de carmichael o'shaughnessy
pega en el suelo y se va al sol
pero antes canta como dos pechos de mujer
o sea canta canta

          del libro Los Poemas de Sidney West.

 

 

Límites

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed,
hasta aquí el agua?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire,
hasta aquí el fuego?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,
hasta aquí no?

Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.
Sangran.

 

Marcas

 

La del vestido blanco era una tarde unas tetas el mundo

torpemente atacado por cuartos altos grises

jugando a hombre y a mujer ya tan temprano

los niños preparaban los actos de la noche esas tetas

de inclinada a su mujer con alarmas entregas con rumores

de la pasión bajo su miedo y un falo que indicaba las leyes del varón

tetas dulcísimas o dadas

donde sonaba un piano un espectáculo redondo en su mudez

piano de leche abierta a los terrores de códigos violados

dos niños como un ciego

procuraban sus límites inciertos sus piedras sus fronteras

creaban la tristeza la magnífica que viene del amor

la gran clausura la delicia

carne como una inmensidad

y un silencio de sangre su oleaje contra el tímpano

la ajenidad del mundo

las tías que invitaban a comer  

 

 

Mi Buenos Aires querido


Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.

Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.

de "Gotán"