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MARCELO PICHON RIVIERE
Todo comenzó con Violín y otras
cuestiones, publicado en 1956. Era un libro de juventud, de tanteos, de
hallazgos. Los versos eran límpidos, se desplegaban en la página sin ese
laboratorio del lenguaje que luego sería fundamental en la obra de Juan Gelman.
Así las cosas también en El juego en que andamos, Velorio del solo
y Gotán (1962), que cierra un ciclo, la primera aventura poética de
este creador infatigable, incesante y tenaz. Luego, el silencio. Un pequeño
libro publicado en La Habana en 1965 ya daba las pistas del Gelman que se estaba
gestando en soledad, dolor y perplejidad. Son los tiempos de sus primeras
decepciones políticas, de sostener la llama de la revolución soñada sin
candores y con muchas preguntas. Su escritura se libera como un viento, como un
golpe de mar y a la arena llegan esos prodigios verbales, esas frases rotas, la
falta de puntuación y esos ritmos quebrados que se encadenan, superponen, y se
interrumpen, cortantes, dejando el poema en un signo de interrogación, que es
un signo de vida, la señal helada de la duda. No la duda retórica, ubicada
como un paso coreográfico para luego insinuar una respuesta. No, se trata de la
duda que busca la certeza.
En 1971 apareció en Buenos Aires la versión definitiva de Cólera buey
y Gelman entró con su paciente cólera en el primer plano de la poesía
argentina.
"Este volumen reúne un poema al comandante Guevara y los restos de nueve
libros inéditos escritos en un momento muy particular de mi vida", anotó,
con brevedad, en el inicio de esta obra que se despliega en diversos títulos:
"El amante mundial", "Cólera buey", "Partes",
"Rostros", "Otros Mayos", "Perros célebres
vientos", "Sefiní", "Traducciones I, Los poemas de John
Wendell", "Los poemas de Dom Pero", "Pensamientos" y
"Traducciones II, Los poemas de Yamanokuchi Ando", escritos entre 1962
y 1968.
La enumeración no es ociosa. Cada título se va encadenando con el otro y dan
una nítida idea de la diversidad de tonos y de recursos de estilo que propone Cólera
buey, un libro fundamental de la poesía argentina del siglo XX. "¿a dónde
irá a parar tanta desolación tanta hermosura? / hemos hecho y deshecho /
hablen, trabajadores del amor", dice un poema. En "Costumbres"
observa: "no es para quedarnos en casa que hacemos una casa / no es para
quedarnos en el amor que amamos / y no morimos para morir / tenemos sed / y
paciencias de animal". Otro finaliza: "poetas de hoy / poetas de este
tiempo / nos separaron de la grey y no sé qué será de nosotros /
conservadores comunistas apocalípticos cuando / suceda lo que sucederá pero /
toda poesía es hostil al capitalismo".
A partir del 1971 Gelman se convirtió en una figura impostergable del mundo
literario. Y lo era por sus poemas, no por su presencia. No era fácil verlo por
aquellos lugares (bares, librerías, presentaciones de libros, etcétera) que
hacen a la vida literaria. Nunca frecuentó la vanidad ni se demoró, gozoso,
ante el elogio. Su vida siempre fue el trabajo, o sea el periodismo, la poesía,
la militancia política y los diversos y posibles o imposibles amores.o lo conocí
en la revista Confirmado, en el año 1966, cuando comencé a trabajar allí.
Nunca me hizo sentir la diferencia de edad y escuchaba mis entusiastas opiniones
sobre su poesía con pudor e ironía. Era (es) imposible introducirlo en una
larga charla sobre sus poemas. Enseguida surge el humor y esa risa imborrable,
usada habitualmente a modo de punto final. Final y definitivo. (Aunque también
tiene una risa más suave, que utiliza a modo de puntos suspensivos antes de
decirnos algo íntimo, algo que tiene ganas de contar pero le cuesta.) El
siempre nos recuerda que no hay que tomarse demasiado en serio. Porque lo
opuesto a la vanidad es cierta levedad, un desarraigo íntimo, que lleva a ver
determinadas cosas de costado. Eso no quiere decir que no se emocionó el
domingo pasado, al mediodía, cuando se enteró de que había ganado el Premio
Juan Rulfo, el más importante de América latina.
El martes lo llamo para saludarlo y le pregunto si está festejando, porque uno
tiene ganas de que Gelman la pase bien. "Por supuesto. Y con toda la plata
que me dieron te aseguro que ningún amigo se va a quedar con sed." Después
me cuenta que el domingo estaba trabajando en la corrección de un nuevo libro
de poemas: "Ver qué poemas se salvan, cuáles se mueren sin remedio. Y
vino la noticia y esto se transformó (ríe suavemente)... en cualquier
cosa".
Durante años a Juan le gustaba recordar un diálogo de una película de los
hermanos Marx. Groucho propone cambiar de lugar todas las llaves del hotel donde
se encuentran. "¿Y la confusión?", le preguntan. "¿Y la
diversión?", responde. A partir de la escritura de los libros de Cólera
buey Gelman busca la confusión y la diversión. Confusión porque escapa de
los trillados campos de la poesía social, tan tradicional en sus formas que
queda en franca contradicción con la voluntad de ruptura que expresa su
contenido. La poesía de Gelman habla de la revolución, de los muertos, de los
sueños quebrados, de los anhelos tangibles con una libertad que ya instala la
voluntad de cambio. Y también hay diversión porque, junto a un poema
desgarrador, hallamos a otro que juega con las palabras: no con artificios, sino
con la tersura reveladora del humor. Gelman, como Groucho, cambia de lugar las
llaves en los casilleros y así entramos en cuartos inesperados.
Hay un sendero, sin duda, que lleva a otros senderos en toda la poesía de
Gelman. Hay rupturas importantes en su obra, quiebres, senderos que llevan a un
abismo o a una cascada de suaves ritmos amorosos. Pero también hay una unidad sólida
y manuable como una piedra. En unas breves líneas que escribió para su Antología
personal (1993), dice: "He reunido aquí en orden cronológico poemas
pertenecientes a libros que aparecieron entre 1962 y 1988. La voz seguramente
cambia, pero las obsesiones no: el amor, la niñez, la revolución, el otoño,
la muerte, la poesía, siguen sumiéndome en la abierta oscuridad de su sentido,
obligándome a buscar respuestas que nunca encontraré".
En esa búsqueda también se permitió el juego de máscaras. John Wendell,
Yamanokuchi Ando, Sidney West. José Galván y Julio Grecco no son heterónimos
a la manera de Pessoa, es decir, poetas "inventados", con una biografía,
una historia de lecturas y una poética singular. Nada más opuesto a Alberto
Caeiro que Alvaro de Campos, pero ambos son creaciones de Pessoa. Esas
diferencias de estilo (o sea, diferencias en una vida) no se encuentran en las máscaras
de Gelman, pero sí se encuentran mundos distintos. El cambio de paisaje más
logrado quizá sea Los poemas de Sidney West (1969); aparece el estilo de
Gelman en todo su imaginativo esplendor, pero los lamentos de los distintos
personajes de la saga del pueblo arman un mundo distinto, uno de esos
inesperados, bajo la influencia entrañable de Edgar Lee Masters y su Antología
de Spoon River.
Esos tiempos de máscaras, para buscar ser otro o recuperar algo que ya se fue,
son parte del juego de los casilleros. Cambiar las llaves de lugar, encontrarse
en habitaciones habitadas por lo ajeno. También escribir sin las máscaras
lleva a lo ajeno; es decir, a la imposibilidad de decir a otra orilla qué
aguarda del otro lado del río. Pero las palabras fluyen para estar en
movimiento, no para encontrar el remanso y el silencio.
Encontrado en: http://www.clarin.com.ar/suplementos/cultura/2000-09-17/e-00301d.htm