Gelman recibió el premio Juan Rulfo

A mediados de septiembre se anunció en México que el poeta y periodista argentino Juan Gelman era el ganador del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Esta distinción le fue oficialmente entregada en la Feria del Libro de Guadalajara el 25 de noviembre de 2000. Esto confirma una vez más lo que numerosos críticos, escritores y lectores creen desde hace mucho: que el autor de Gotán y de Los poemas de Sydney West supo componer, a lo largo de su vastísima obra poética, una de las indagaciones del idioma más originales y renovadoras de la literatura hispanoamericana contemporánea.


Mañana de domingo en La Condesa
 

Comenzaba el día y Juan Gelman creyó que era el momento de ir acomodando, bajo la forma de un nuevo libro de poemas, las ocurrencias que las musas le habían metido entre los lápices durante los últimos años. Por más que, tras una vida de escribir y editar versos, contara con su destreza en el oficio, sabía que enfrentaba, como todas las otras veces, una tarea delicada y riesgosa: cómo distinguir qué debía quedar en los cajones y en el olvido, y qué —en cambio— salir a sonar para los lectores desde páginas impresas que llevarían su firma en la portada. Era septiembre y la mañana de domingo podía parecer más arbolada y propicia que de costumbre en el barrio La Condesa de la capital mexicana, donde reside Gelman desde hace doce años.

Sin embargo, las musas, el libro y la imprenta deberían esperar, porque una noticia feliz los postergaba: el autor de esos versos acababa de ser galardonado con el Premio Juan Rulfo, la distinción latinoamericana más importante que puede recibir un escritor de lengua española. Ya el teléfono comenzaba a sonar con las voces de decenas de amigos desparramados por el mundo, y desde las redacciones de diarios, suplementos culturales o revistas literarias de México, Montevideo, Buenos Aires o Madrid, que registrarían las primeras reflexiones del poeta .

 

 
La propia tradición abandonada
 

¿Por qué Gelman recibió esta distinción? Mejor, ¿por qué, además, la merecía? Desde los años sesenta, la figura pública de Juan Gelman se construyó en un estrecho vínculo con la discusión política y la militancia primero, con la resistencia contra el genocidio de la dictadura que tocó trágicamente a su familia luego, con el exilio, con sus frontales denuncias e intervenciones en defensa de los derechos humanos siempre.

La fuerte presencia pública de tal figura, de tal vida, suele conducir a una lectura de su obra poética que la reduce en ocasiones a esos impulsos de su coraje civil, o a un modo sesentista de ver el mundo. Esa interpretación parece confirmada, además, por la tradición literaria en la que Gelman inicia su carrera de escritor: había sido Raúl González Tuñón , el poeta revolucionario de "Luna con gatillo" y de La rosa blindada, quien prologó el primer poemario de Gelman, Violín y otras cuestiones, en 1956. El espaldarazo tempranamente consagratorio que ese prólogo representaba no era gratuito; por el contrario, llevaba una especie de mandato, declarado desde el epígrafe de Shelley con que Tuñón lo encabezaba: "Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo". Se anunciaba o se pedía, así, que los versos de Gelman repitieran el antiguo y prestigioso sueño del gobierno de la ciudad por los poetas.

Pero Gelman sabría escapar de la repetición. No porque incurriese —conviene advertirlo— en una separación entre las pasiones de la vida y la pasión de las letras, a la manera en que Borges pudo pretenderlo de Leopoldo Lugones cuando anotó que, a diferencia de sus ideas políticas, sus metáforas casi siempre tenían razón. Por el contrario, a partir de ciertas creencias generacionales y de un impulso ideológico y estético fuerte, que es el mismo en la poesía que en la experiencia vital, la escritura de Gelman fue capaz de escapar de la contraseña, el guiño, los lugares comunes o los preceptos de escuela, para producir en cambio formas inesperadas o imprevisibles de decir e imaginar el mundo.

Gelman se aprovecha de la tradición porque la hace propia para aprender rápidamente a abandonarla; o mejor, porque la acata sólo en lo que tiene de más perturbador: para soñar una vida gobernada por la poesía, lo que puede el escritor es desgobernar las palabras que nos atan a la vida del mundo que tenemos.

 

 
Desalinear la voz y disonar la lengua
 

Aunque la poesía de Gelman haya sido presentada en público por la voz autorizada de la poesía política, comenzó también desde su libro inicial (Violín y otras cuestiones) a oscilar, hasta deslizarse bien pronto hacia la paulatina composición de una lengua poética particular. Las formas diferenciales de esa nueva gramática, las marcas particulares de esa lengua en la que no reconocemos sino a Gelman o a su "estilo", se leen en los poemas como invención de una voz desalineada.

En efecto, en la poesía de Gelman se superponen voces que tienen la ignorancia como rasgo común. Se trata de voces que de-forman la lengua o la transforman: el niño (y sus relaciones con "hijo", y con otras figuras en diminutivo: pajaritos, arbolitos, etc.); el extranjero sin estado, es decir sin lengua (y sus variaciones: el inmigrante, el exiliado, el judío, el "habla popular" y los géneros discursivos o poéticos "populares" o "bajos"); el estado inestable del español literario de la época de la conquista y especialmente el de los poetas místicos; las locas o el loco, el incestuoso. Es decir, voces que presentan como rasgo común la ignorancia y, a la vez, desconocimiento de la norma, abandono de la ley.

Aprovechando en esto una lección que Gelman aprendió, entre otros, del poeta peruano César Vallejo , la voz de sus textos ha dejado de ser la voz del que sabe decir, del que es siempre idéntico a sí mismo y del que afirma, para dar lugar a una constelación móvil de identidades con-fundidas: modulaciones de una voz que muestra el sentido y lo carcome, que lo convoca para quebrarlo. Por eso, especialmente a partir de Cólera buey (1968), esas figuras hablan una morfología coloquial de ruptura ("ponido", "sabió", "la trabajo"; "hijo que hijé... hijando tu morida"); o saturan de interrogaciones el poema entero; o alteran los esquemas rítmicos tradicionales y la acentuación de las palabras, haciendo disonar la música del verso; o desbarrancan el sentido de un discurso social reconocible ("empezó a llover vacas / y en vista de la situación reinante en el país / los estudiantes de agronomía sembraron desconcierto").

 

 
La realidad delira en el poema
 

Textos ejemplares del estilo de Gelman pueden leerse en poemas como "Necesidades" o "Preguntas", que parecen el cumplimiento de una frase atribuida por Juan Gelman a José Galván, uno de los tantos heterónimos con los que a lo largo de su obra el poeta ha reemplazado su propia firma: "Hay que hundir las palabras en la realidad hasta hacerlas delirar como ella", anota Galván-Gelman, para dar la clave de una poesía que desestabiliza y fractura los usos normales y normados de la lengua, esto es, para discutir el orden del mundo en que la cultura nos asimila y preguntar —más que decidir— cómo sería "la mundo" si "amorásemos mucho".

Es en ese trabajo contra la lengua, y nunca como influencias, que entran a la poesía de Gelman y en ella pierden sus jerarquías y orientaciones cristalizadas los más diversos materiales de la cultura: San Juan de la Cruz y Homero Manzi, la poesía norteamericana y el discurso político, los poetas judíos sefardíes y las vanguardias europeas, el barrialismo porteño y las crónicas de los conquistadores, la poesía de celebración política y la elegía intimista, la tradición y la novedad, lo alto y lo bajo.

Este modo de vérselas con la cultura a través de una exploración desregulada de la lengua tiene, naturalmente, un efecto imaginario o semántico creciente que podríamos calificar como político. Preguntas como las que se leen en versos de Gelman ("¿Y si Dios fuera una mujer? alguno dijo"; "¿era rubia la pulpera de santa lucía"?) son consecuencia de una escritura que ignora los límites de la vida impuestos mediante el orden del discurso, que es nuestro sentido común cultural. De este modo, esa politicidad de los juegos poéticos con el idioma funciona además como contra-ideología: nos extraña, nos vuelve por un momento extranjeros de nuestra propia lengua, es decir de nosotros mismos, porque desarticula las formas de nuestros horizontes, de nuestros modos de ver el mundo al hablarlo, y así (como sabe hacerlo la mejor literatura) abre y amplifica las posibilidades de nuestra experiencia.

 

textos: Miguel Dalmaroni
fotografías: Alejandro Amdán
edición: Carina Kosel

Encontrado en: http://www.educ.ar/educar/alumnos/polimodal/vrecurso.jsp?url=LENGNOTI002%2FINDE

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