Domingo 17 de setiembre de 2000
OBRA Y ESTILO
Ternuras, fervores y tristezas
sorprendentemente espontáneo a la hora de escribir, Gelman convirtió el habla porteña en poesía sin rehuir la experimentación ni los desgarros.

DANIEL FREIDEMBERG

El problema de fondo, lo que yo no termino de aceptar, es que la escritura está de antemano condenada al fracaso", decía hace ocho años Juan Gelman, en una entrevista que publicó Clarín, y unas líneas más adelante apuntaba: "Tal vez la vocación consista en no aceptar esa imposibilidad, en no suponer que esa imposibilidad le tiene que cerrar a uno la boca". Ni una muestra de humildad ni un gesto injustamente autodescalificatorio, sino algo que tiene que ver con la sabiduría, y ésta, a su vez, con la experiencia, cuando la experiencia surge tanto de una entrega incondicionada a una tarea o una pasión -en este caso la poesía- como de una sostenida decisión de no engañarse. Nadie que escriba alcanza a decir lo que quiere, pero ya el hecho de escribir es una pequeña victoria sobre el sinsentido de las cosas.

No aceptar el fracaso de la palabra para no hundirse en una mudez resignada, pero no por eso ignorarlo; no creer ingenua o interesadamente que la palabra es un instrumento dócil e incapaz de hacer valer sus propias e imprevisibles razones: acaso en eso haya consistido en todos los tiempos el oficio de hacer poesía y Gelman parece haberlo sabido desde siempre. "íQuién pudiera agarrarte por la cola/ magiafantasmanieblapoesía!/ íAcostarse contigo una vez sola/ y después enterrar esta manía!", proclamaba, desfachatado, en Violín y otras cuestiones, su primer libro.

De ahí la impresionante sensación de soltura, de prescindencia de toda manipulación retórica que produjo en 1956 aquel poeta de 26 años, sorprendentemente franco en su manera de poner a la vista dolores, ternuras, fervores y tristezas, a la vez que tomaba posición sobre la invasión a Corea, el peligro de una guerra atómica, la desocupación o la Ley 4144, que disponía la deportación de los extranjeros incursos en protestas sociales. Si hoy puede verse en Violín y otras cuestiones un acontecimiento fundacional que abrió paso a lo que luego se llamaría "la poesía argentina de los sesenta", difícilmente su impacto se explique sólo por las nuevas posibilidades que ofrecía al discurso poético.

Es cierto que la época estaba reclamando una poesía capaz de articular una actitud política de izquierda con una mirada decidida a captar todo aquello que de entrañable puede encerrar la existencia de un habitante de la ciudad, la refundación del lenguaje poético con la herencia de experimentación y ruptura de las vanguardias, la persecución de una reverberación mágica con una desgarrada interrogación existencial. Vale decir, el encuentro de Raúl González Tuñón y César Vallejo, desde el cual la poesía de Gelman sigue su propio rumbo, concibiendo la escritura como un trabajo en el que la lengua se cuestiona a sí misma, siempre en un bullente estado de crisis, que terminará por estallar en Cólera buey, su quinto libro.

Así como con Borges se vuelve posible una prosa "en argentino", o mejor dicho en porteño o rioplatense, en la poesía eso ocurrirá a partir de Gelman, lo que no impide desconocer antecedentes que vienen ya desde Carriego, Tuñón, Olivari, los poetas del tango y el propio Borges. Con los muchos y muy justos reparos que se le puedan hacer a una afirmación tan hiperbólica, el hecho es que nadie antes que Gelman parece haber sabido extraer tanta productividad poética del vocabulario o los sobrentendidos del habla porteña, entre desconfiada y reticente y un tanto irónica.

Claro que el lugar que Gelman ganó en la literatura actual no puede explicarse por el rol que cumple en la historia de la poesía argentina, porque la fuerza y la necesariedad que le reconocen lectores de muchos países tienen que ver con algo bastante más universal. Mucho más que con una afirmación de identidad, su recurrencia a la lengua hablada implica una exploración en las más oscuras fuentes de la escritura misma. La cuestión es poner en juego en la escritura aquello que hace al sujeto que escribe ser lo que es. Acaso esto sirva para una inevitablemente insatisfactoria caracterización de una obra vasta, cambiante y muy diversa, de casi medio siglo de trabajo y de veintitrés libros.

Sea a través de las ráfagas verbales casi aforísticas de Salarios del impío, de la experimentación con la forma soneto en Incompletamente o de la límpida transparencia de los poemas en prosa que componen Bajo la lluvia ajena, de las seudonarraciones delirantes de Los poemas de Sidney West y Fábulas o de la escritura en sefardí de Dibaxu o de la parodia del español del siglo XVI de "Los poemas de Dom Pero" (incluido en Cólera buey), siempre se trata de un juego amoroso con la lengua, deseada y extraña, inconquistable. Incluso cuando se la violenta: inventando palabras, cambiándolas de género, desconociendo el orden lógico, conjugando sustantivos y adjetivos como verbos. Cada vez más, en la poesía de Gelman leer es asistir al proceso por el cual las palabras van haciéndose en un juego que se parece al contradictorio movimiento de la vida.

En cierto modo, es la vida misma lo que con la palabra se juega. Etiquetado durante mucho tiempo como un poeta político, Gelman lo fue por el solo hecho de que no tenía por qué dejar afuera de su obra un componente tan decisivo de su existencia como lo fue la militancia, otro modo de jugarse y de poner el cuerpo: "con este poema no tomarás el poder dice/ con estos versos no harás la Revolución dice/ ni con miles de versos harás la Revolución dice/ se sienta a la mesa y escribe". La calificación de "comprometida", en rigor, le cabe a toda su obra, incluso, y muy especialmente, a la arriesgada indagación espiritual que empieza a llevar a cabo desde su encuentro con San Juan de la Cruz, Santa Teresa y la poesía mística en Citas y comentarios (1982). Pero donde su búsqueda llega a un extremo casi inconcebible es en Carta abierta, donde la voz del poeta hurga encarnizadamente en lo real para dialogar con la ausencia de su hijo Marcelo, asesinado por la última dictadura militar: lo literariamente prodigioso y humanamente sobrecogedor es el turbulento modo en que, más que hablar del dolor, Gelman hace hablar al dolor mismo, que es a la vez hacer hablar al amor, a la incertidumbre sin remedio, a la imposibilidad de entender y de pensar: "doloración de vos como clausura/ hijándote en la destemplada/ alma/ que se despajarita la mitad/ camino donde pasan a pie veces// torturas/ penas/ mutiladas/ lápices/ escribiendo en los muros de la muerte/ amor que alara para su amorar".

Encontrado en: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2000-09-17/e-00601d.htm