Juan Gelman y la alquimia de la esperanza

Mario Delgado Aparaín*


Desde las lejanas clases de química de los tiempos liceales, recuerdo que un catalizador era aquel elemento que al ser introducido en una composición química, la alteraba aumentando su velocidad de reacción, mientras que al final del proceso el catalizador permanecía intacto.

Pues a eso me hizo acordar la presencia de Juan Gelman en Montevideo. O mejor dicho, la presencia de Juan Gelman en la sociedad uruguaya, a la cual entró como el Juan que es, la sacudió hasta sus cimientos, alteró la velocidad de reacción de aquellos ámbitos en donde todo parecía detenido para siempre, para luego salir de ella y volver a su casa, más Gelman que nunca.

Por supuesto, cuando el catalizador deja de operar en la química inorgánica para hacerlo en la más orgánica de las químicas - es decir, en la vida, en el ser humano -, entonces corre el riesgo de cobrar otro carácter, tal vez más mágico y más emparentado con la vieja alquimia, aquella rama medioeval de la filosofía que creía fervientemente que con un poco de esfuerzo, la basura podía trasmutarse en oro.

El odio es basura, la mentira es basura, la violencia es basura, negar el derecho a la única vida que tenemos, es basura.

El amor, la solidaridad, la verdad, la paz, la justicia y la vida, son, cada uno de ellos, oro para la condición humana.

Por eso la alquimia adquirió inusitada vigencia en estos días y mereció, a mi juicio, un sentido recuerdo.

Lo que resulta realmente removedor, es que la noticia de que existe y está viva la nieta de Juan Gelman, no surgió de la trastienda de una oscura oficina de investigaciones, ni de la pluma de un periodista atraído por una llamada anónima, ni de la homilía de un sacerdote metido a mediador.

La confirmación de que la nieta de Juan Gelman está viva, cobró su definitivo perfil en la mismísima Casa de Gobierno, entre el abuelo Juan Gelman y el Doctor Jorge Batlle, Presidente de la República y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas del Uruguay.

Así de simple.

Nada se vino abajo en esta tierra, ni hubo ruido de sables en los cuarteles, ni peligraron los cimientos de la estructura democrática, ni hubo monstruos de Halloween bajo la cama de los niños izquierdistas.

Por el contrario, la esperanza se plantó sobre esta tierra, hubo colaboración y participación respetuosa de las partes en la investigación con militares incluidos, existió incluso un general estadounidense comandante de las fuerzas de los mares del sur que alentó delicadamente la posición presidencial y, finalmente, aquellos cimientos de nuestra democracia subestimados durante tanto tiempo, se sintieron, en un solo día, regados con agua clara como si se tratase de una pequeña planta a la que hay que cuidar con mucho esmero.

Para que lo sepa en su casa el ex presidente doctor Julio María Sanguinetti y todos los que como él piensan: la emoción hasta las lágrimas fue el denominador común de todas las reacciones sin distinción. De ciudadanos blancos, colorados, nuevoespacistas y frenteamplistas. La admiración primitiva hacia quién sabe qué cosa de la condición humana, fue el denominador común de todas las reacciones sin distinción. Y lo que es muy bueno saber: sencillamente, se experimentó ese profundamente sano alivio que provoca el conocimiento de la verdad y esa apacible sensación de viento fresco que da la recuperación de la esperanza.

Creo que por haber convivido demasiados años con las mediocridades del espíritu, no debemos ser mezquinos con la grandeza. Nos consta que el presidente de los uruguayos estuvo a la altura de la circunstancias. Y eso fue sabido en el mundo entero. Por el escritor portugués José Saramago, que se emocionó en Lanzarote. Por el escritor africano Wole Soyinka, que llamó a medio mundo desde Ciudad del Cabo. Por el escritor chileno Luis Sepúlveda, que festejó con otros artistas italianos en Milán, por el escritor peruano Alfredo Pita, que desde la agencia de AFP en París trabajó toda la noche para divulgar la buena nueva. Todos se alegraron, no sólo de que la nieta de Juan Gelman fuese encontrada viva 23 años después, sino también de que la instancia del reencuentro haya ocurrido como ocurrió.

Fue una sensación nacional de esas que no se sienten todos los días.

Sin embargo, no es necesario meterse en la caverna de Platón, para darse cuenta de que muchas veces, para valorar en toda su dimensión la luz, debió sufrirse antes en toda su dimensión la oscuridad.

Lo que quiso hacer en un mes y lo hizo el presidente Jorge Batlle, no lo hizo ni lo quiso hacer el ex presidente Julio María Sanguinetti en todo su período presidencial.

Es más: Julio María Sanguinetti acaba de desilusionar, por dolorosa unanimidad, a más de medio pueblo y seguramente, por más que no lo digan en voz alta, también a un importante sector de la comunidad internacional que le admiró sus condiciones de culto estadista contemporáneo.

Ni siquiera está en condiciones de decir: “Me equivoqué y mentí por piedad...”, pues aquellos que así se confiesan han hecho un saludable acto de contrición en humildad y esto, por aquello del que esté libre de culpa que arroje la primera piedra, es generalmente comprendido por los demás. Ese obcecado hijo de la guerra fría, empeñado en levantar hasta en la hora de la siesta la anacrónica bandera del antimarxismo, ha sido víctima de su propia soberbia, de la estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás. La sentenciosa frase, sin aparente derecho al pataleo, “Ningún niño desapareció en Uruguay”, es una mentira que no se tapa con cualquier poncho patria.

Convivir con las devaluaciones del alma que provoca la soberbia, debe doler mucho. Y para casos así, Juan, ese hombre que vino, removió el mundo y se fue más Gelman que nunca, escribió un pequeño poema:

“la esperanza fracasa muchas veces, el dolor jamás.
Por eso algunos creen que más vale dolor conocido
que dolor por conocer. Creen que la esperanza es ilusión.
Son los ilusos del dolor.”

Por mi parte, no tengo ningún reparo en señalar que, en el preciso momento en que me enteré de cómo ocurrieron las cosas y a pesar de las profundas discrepancias que podamos tener con el doctor Jorge Batlle, me sentí orgulloso de tener un Presidente de la República que obrara como él lo hizo.

Es que son tan raras, tan escasas las oportunidades que tenemos en la vida de sentirnos soberanamente representados, que cuando ocurre algo así, dan unas ingenuas ganas de caminar hasta la Casa de Gobierno, dejar una flor en el patio ante la mirada impávida de los blandengues y decir en voz alta: “Usted, recién está empezando. Si así piensa proceder frente a los asuntos más caros de nuestro pueblo, Sr. Presidente, entonces sepa que no lo dejaremos solo...”

* El autor es escritor y periodista.

Encontrado en: http://www.escenario2.org.uy/numero1/aparain.html