Noticia de un secuestro

Carlos Monsiváis


17 de junio 1996

¿Quién disputa al narcotráfico colombiano su lugar temible en la mitología de la América Latina de hoy?; ¿Y quién duda del sitio central del cártel de Medellín, que convirtió a la ciudad, "la más bella, la más activa, la más hospitalaria del país", en sinónimo de la devastación, los carrobomba, los muertos por doquier, los periodistas perseguidos, los abogados cínicos y aterrados, los jueces enfrentados al "plata o plomo", las comunidades asoladas por la policía que mata para prevenir o negar que lo ha hecho? Y en los numerosos niveles del cártel Medellín o el de Cali participan los dispuestos al nuevo pacto fáustico que bien podría enunciarse así: "Concédeme, oh narco, las sensaciones ilimitadas a mi alcance, los fragmentos o los espacios vastos del dinero y la sexualidad frenética; permíteme que cambie mi expectativa de vida por la orgía de jactancias y miedos, el despilfarro, el alcohol, la droga (si lo permiten los patrones), el dominio sobre la vida ajena, tan extinguible. A cambio, te daré mi alma, o su equivalente: la indiferencia ante la posibilidad de morir joven, o de pasarme encerrado la mayor parte de la vida". Del pacto fáustico se desprenden los sicarios adolescentes, los matones, los capos y un ser excepcional, en la cumbre del narcotráfico, Pablo Escobar, nacido en 1949 y acribillado en una persecución el 2 de noviembre de 1993, mientras huía por los tejados.

Pablo Escobar Gaviria, El Doctor Echavarría, incluye en sus 44 años de trayectoria, la condición de senador suplente, la responsabilidad de cientos de asesinatos, el control sobre el narco, la propiedad de la hacienda Nápoles cuyo zoológico contiene hipopótamos y jirafas y en cuyo portal se exhibió museográficamente la primera avioneta transportadora del primer cargamento de heroína. Pablo Escobar: el benefactor de los pobres barrios ("En la cumbre de su esplendor se erigieron altares con su retrato y les pusieron veladoras en las comunas de Medellín"), el fugitivo por excelencia, el perseguidor por antonomasia, el redactor de textos precisos, el desconfiado que fue su propio jefe militar, su propio jefe de seguridad, de inteligencia y de contrainteligencia. Si alguien —en la época del Clan Ochoa, de Gonzalo Rodríguez Gacha El Mexicano, de Rodríguez Orejuela— ha encarnado la pesadilla interrumpida del narco en América Latina es Pablo Escobar, el jefe de los Extraditables, del grupo que quiso constituirse, con éxito diverso, en un Estado dentro del Estado, en el voraz poder alternativo de capacidad de compra sólo rivalizada por su despliegue de intimidaciones y ejecuciones. Pablo Escobar: el gran señor feudal del nuevo medioevo de la droga.

Hasta ahora, lo usual, en la ya abundante literatura sobre el narcotráfico, es detenerse en las carreras rápidas y omnívoras de los capos, en sus extravagancias, su religiosidad (el otro pacto fáustico: "Creo devotamente para tener contactos en el Más Allá"), su crueldad extraordinaria. En Noticia de un secuestro, su magnífico regreso al periodismo, Gabriel García Márquez elige la perspectiva de las víctimas, de las piezas involuntarias del juego criminal, en la etapa en que Pablo Escobar encabeza las maniobras para evitar ese infierno del narcotraficante, la deportación a Estados Unidos, a las celdas de máxima seguridad sin ninguna de las ventajas y canonjías que la realidad latinoamericana le cede a los delincuentes de pro. (Uno recuerda inevitablemente a Juan García Abrego, que en la escalerilla del avión resiste, grita, forcejea hasta lo último, al tanto del fin de sus privilegios, de la deshumanización brutal que le aguarda a él, que nunca creyó en los derechos humanos de nadie.)

El repertorio de víctimas de Noticia de un secuestro es, en lo básico, uno de clase media alta y burguesía, sacudida desde los años ochenta por el narcotráfico y obligado, en situaciones límite, a descubrir los recursos psíquicos de cuya existencia casi nada sabían. Son ellos Maruja Pachón, publicista y funcionaria cultural, hermana de la viuda de Luis Carlos Galán, el candidato liberal a la Presidencia de la República asesinado por los Extraditables; Beatriz Villamizar, su cuñada; Diana Turbay, periodista e hija de un expresidente; Pacho Santos, el hijo del propietario de El Tiempo; Marina Montoya, de una familia muy conocida en la política y las finanzas. (Otros secuestrados de menor importancia "logística" son periodistas del grupo de Diana Turbay.) De golpe, personas con funciones muy delimitadas en la sociedad, se vuelven rehenes de una operación macabra, del forcejeo entre el gobierno, presionado por la vastedad delincuencial y por Estados Unidos, y los Extraditables, que tienen siempre a su favor las legiones atraídas por su poder de compra. Sujetos a tensiones bárbaras, convencidos de la importancia frenética de cada día, los secuestrados ven transcurrir semanas y meses en cuartuchos sin iluminación, con permiso restringido para ir al baño, en el hacinamiento y el susurro, en la observación compulsiva (cuando se les permite) de la televisión y sus mensajes ocultos, en la lectura ansiosa de periódicos y libros —en una gama que va de Milan Kundera a Corín Tellado—, forzados a resolver crucigramas, exasperados al saberse en jaulas, en el gran zoológico selectivo construido por la industria del secuestro. Cuenta García Márquez una reacción de Maruja: "Ella se enfureció. Había captado muchas veces los recados mentales que Villamizar le mandaba desde su terraza, y le contestaba con toda el alma: `Sáqueme de aquí, que ya no sé ni quién soy después de tantos meses de no mirarme en un espejo'"... Y al lado de ellos, los "secuestrados consortes", por así decirlo, los maridos, los hijos, los padres, desintegrados en la angustia, integrados en la necesidad de liberarlos.

García Márquez examinó el material escrito en el cautiverio, habló con los protagonistas, revisó la información y obtuvo del conjunto un acercamiento a lo real monstruoso: a la sociedad a merced de la otra macroeconomía, del otro esplendor del capitalismo salvaje: "Una droga más dañina que las mal llamadas heroicas se introdujo en la cultura nacional: el dinero fácil. Prosperó la idea de que la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, que de nada sirve aprender a leer y escribir, que se vive mejor y más seguro como delincuente que como gente de bien. En síntesis, el estado de perversión social propio de toda guerra larvada". Así es sin duda, pero se trata sólo una inversión de términos en relación a la etapa anterior, de metas también clarificadas: se vive mejor y más seguro como delincuente que se hace pasar por estadista y financiero y gente de bien que como trabajador honesto. Gracias a la imitación de la élite penetró con facilidad el narco en Latinoamérica. No fue el triunfo del mal sobre el bien, sino la convicción en grupos populares que debían unirse al mal porque el bien practicado por sus padres de nada les había servido. García Márquez refiere la psicología de los sicarios: "La condición común era el fatalismo absoluto... Las disculpas que se daban a sí mismos por su oficio abominable era ayudar a su familia, comprar buena ropa, tener motocicletas, y velar por la felicidad de la madre, que adoraban por encima de todo y por lo cual estaban dispuestos a morir. Vivían aferrados al mismo Divino niño y la misma María Auxiliadora de sus secuestrados. Les rezaban a diario para implorar su protección y su misericordia, con una devoción pervertida, pues les ofrecían mandas y sacrificios para que los ayudaran en el éxito de sus crímenes". Y refiere una escena portentosa, la visita del confuso y valeroso sacerdote García Herreros a Pablo Escobar, para pactar su sometimiento, su entrega a la justicia, y la despedida:

 

Antes de los adioses, Escobar le pidió la bendición para una medallita de oro que llevaba al cuello. El padre lo hizo en el jardín asediado por los escoltas.

Padre —le dijeron ellos—, usted no se puede ir sin darnos la bendición.

 

Los secuestrados y sus familiares tienen nombre, identidad, desarrollo emocional. Son los personajes temblorosos y heroicos que surgen inesperadamente en donde nada más se veían figuras del éxito menor. En ellos la religiosidad es también intensa y premiosa. Nydia, la madre de Diana Turbay, es un ejemplo. "Pasó la noche interminable en la soledad helada de la sabana, pidiéndole de rodillas a la Virgen que protegiera a Diana con una campana de cristal invulnerable para que nadie le faltara al respeto, para que no sintiera miedo, para que rebotaran las balas". Todo opera en relación a una estrategia, cómo evitar la desintegración mental. En cualquier momento pueden ser asesinados, las mujeres pueden ser violadas, no son nada en manos de los Extraditables. Y deben manejar los reflejos condicionados de sus captores. En la fiesta de Año Nuevo, se encuentran un grupo de secuestrados y secuestradores "sentados en la cama, en el colchón, sudando en el calor de fragua". Se oye en la televisión el himno nacional. "Entonces Maruja se levantó, y les ordenó a todos que se pusieran de pie para cantarlo con ella. Al final levantó el vaso de vino de manzana y brindó por la paz de Colombia". Las instituciones nunca se van del todo, y menos aún en el mundo de la delincuencia.

Entre los diversos relatos que desarrolla García Márquez, uno fundamental es el de la vuelta a la normalidad en las situaciones más arduas. Nadie puede vivir sin construir su normalidad, y los secuestrados en los cuartuchos miserables, y sus familiares en los ámbitos del agobio, crean rutinas, se aprovisionan de recursos mentales, le conceden al sueño frecuente el papel de intermediario. Y reconstruyen jerarquías a todas horas. Así actúa la hija del expresidente: "Pero Diana asumió un liderazgo que puso las cosas en su lugar. Los obligó a ponerse una ropa decente, a bajar el volumen de la música que les estribaba el sueño e hizo salir a uno que pretendió dormir en un colchón tendido junto a su cama".

En su novela no-ficción, García Márquez describe los estados anímicos del miedo y el hartazgo (los secuestrados), y la violencia, la confusión y el miedo (los secuestradores). Alberto Villamizar, el esposo de Maruja, va estableciendo su papel protagónico a medida que crecen las tensiones entre los Extraditables y el presidente César Gaviria, reacio a las presiones del narco. Mientras, queda de relieve la zona de desastres de la República: "Pero el problema de fondo, tanto para el gobierno como para el narcotráfico y las guerrillas, era que mientras Colombia no tuviese un sistema de justicia eficiente era casi imposible articular una política de paz que colocara el Estado del lado de los buenos, y dejara del lado de los malos a los delincuentes de cualquier color. Pero nada era simple en esos días, y mucho menos informar sobre nada con objetividad desde ningún lado, no era fácil educar niños y enseñarles la diferencia entre el bien y el mal". Y tampoco es fácil ahora, como demuestra el interminable escándalo del presidente Ernesto Samper y varios miembros de su gabinete.

A una sociedad cerrada la flexibiliza brutalmente y la distorsiona la furia del narcotráfico, y su facilidad para hacerse de gente y de situaciones. (En el fondo, y con virulencia, esta apertura remite a un problema de clase. Barrabás, un sicario, le grita a Maruja: "¡Oligarcas de mierda! ¿Es que se creían que iban a mandar siempre? ¡Ya no, carajo; se acabó la vaina!") Los muertos son incontables, y por eso el regreso de Maruja a su casa, resurrección casi al pie de la letra, se toma como hazaña. Lo es, porque alguien se salva de la muerte: "...hasta donde alcanzaba la vista, la otra muchedumbre de los buenos vecinos había desplegado banderas en las ventanas de los edificios más altos, y saludaban con una primavera de pañuelos blancos y una ovación inmensa la jubilosa aventura del regreso a casa". Y en el aislamiento, esto le confiere gran dignidad a la salida de Marina Montoya hacia la muerte, despedida por sus dos compañeras y animada por la esperanza tenue de no ser ejecutada.

Uno de los ejes de Noticia de un secuestro es la oposición y el encuentro entre Pablo Escobar y Alberto Villamizar, el esposo de Maruja, obstinado en el rescate, al grado de que un título alternativo del libro podría ser El amor en los tiempos de narco. La pareja sobrevive a la violencia, el capo muere por insistir en el apego a su vida familiar, el narcotráfico continúa.

 

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