El líder cubano "es un lector atento y minucioso" según el autor de Cien años de soledad.

Gabriel García Márquez recuerda las charlas sobre literatura con su amigo Fidel Castro

La Maga, Nota del 5 del 8 de 1992. LILIANA CHEREN


“Mi amistad con Fidel Castro, que yo considero muy personal y sostenida por un gran afecto, empezó por la literatura. cuenta Gabriel García Márquez. Se habían conocido cuando el escritor trabajaba en la agencia de noticias Prensa Latina, en 1960, y la relación entre ambos fue de respeto y simpatía, pero nada hacía suponer que el vínculo pudiera profundizarse más allá de compartir afinidades políticas. Sin embargo, la pasión de ambos por la literatura obró el milagro.

En la década del 70, cuando García Márquez ya era un escritor famoso y Castro uno de los políticos más conocidos del mundo, tuvieron un encuentro en el que Fidel le hizo un comentario sobre lo fatigante y aburrido que le resultaba la lectura de documentos oficiales. "Yo le sugerí que leyera algunos libros que unían a su valor literario una amenidad buena para aliviar el cansancio de la lectura obligatoria -recuerda García Márquez-. Le cité muchos y descubrí, con sorpresa, que los había leído todos, y con muy buen criterio. Esa noche descubrí lo que muy pocos saben: Fidel Castro es un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos, y, aun en las circunstancias más difíciles, tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío."

La relación del líder cubano con la lectura es bastante particular. No sólo se nutre de información sino que, además, “es un lector tan atento y minucioso que encuentra contradicciones y datos falsos donde uno menos se lo imagina", agrega el escritor. Después de leer El relato de un náufrago, Castro fue al hotel de García Márquez y le advirtió que había hallado un error de cálculo en la velocidad del barco que hacía imposible que la hora de llegada coincidiera con la que aparecía en el libro. Tenía razón. Por previsión, antes de publicar Crónica de una muerte anunciada, el escritor le llevó los originales a Fidel antes de entregarlos a la editorial. Nuevamente el ojo crítico encontró su blanco: Castro le señaló una equivocación en las especificaciones del fusil de cacería descripto en la novela.

El mandatario cubano no es el único jefe de Estado amigo de García Márquez, quien argumenta que su vinculación personal con los demás presidentes "es una consecuencia más de las oportunidades de relación casi infinitas que ofrece la celebridad -tanto de ellos como la mía-. Pero la amistad con algunos de ellos es el resultado de afinidades de tipo personal, que no tienen nada que ver con el poder y con la fama". Como ejemplo menciona su relación con el presidente francés François Mitterrand, quien, después de haber escuchado a Pablo Neruda -cuando era embajador de Chile en Francia- elogiar al escritor colombiano, aprovechó un viaje México para invitarlo a desayunar y conocerlo. "Las circunstancias en que nos encontramos siempre, sobre todo después de que (Mitterrand) llegó a la presidencia de la república, nos llevan a hablar casi exclusivamente de política, y casi nunca de literatura. Es todo lo contrario de lo que me ha ocurrido con Fidel", argumenta García Márquez.

Con Omar Torrijos, el desaparecido presidente panameño, el escritor mantuvo largas tertulias de "verdadera complicidad caribe" y forjó una amistad que, si bien surgió de un pleito, se transformó en entrañable. Pero hablaban poco de libros. "Torrijos no tenía el hábito de la lectura -comenta el Gabo-, era demasiado inquieto e impaciente para leer de un modo sistemático, pero se mantenía al corriente de los libros que estaban en primer plano." A modo de comparación consigna que "al contrario de Fidel Castro, que habla sin descanso sobre una idea que le da vueltas en la cabeza hasta que consigue redondearla de tanto hablar de ella, Torrijos se encerraba en un hermetismo absoluto".

“Uno siente que a Fidel le gusta el mundo de la literatura, que se halla muy cómodo dentro de él y se complace en cuidar la forma literaria de sus discursos escritos", acota García Márquez, y concluye: "En una ocasión, no sin cierto aire de melancolía, me dijo: En mi próxima reencarnación yo quiero ser escritor”.

"El que no tenga Dios, que tenga supersticiones" "Las supersticiones -o lo que llaman supersticiones- pueden corresponder a facultades naturales que un pensamiento racionalista, como el que domina en Occidente, ha resuelto repudiar", afirma Gabriel García Márquez. Por ello alguna vez sentenció: "El que no tenga Dios, que tenga supersticiones".

Entre los hechos y objetos que el escritor colombiano considera “pavosos" (que traen mala suerte) se hallan las flores de plástico, los pavos reales, los mantones de Manila, el smoking, hacer el amor con los calcetines puestos, andar desnudo y con zapatos, palabras como "nivel", "parámetro", "contexto", "simbiosis", algunas personas que es mejor no nombrar, y, sobre todo el oro". “Para mí el oro está identificado con la mierda -explica García Márquez-. Es en mi caso un rechazo a la mierda, según me dijo un psicoanalista. Desde niño." Incluso esta aversión al oro se refleja en Cien años de soledad: "Cuando José Arcadio Buendía descubre la fórmula para transmutar los metales en oro y muestra a su hijo el resultado de su experimento, éste dice: parece mierda de perro", recuerda.

Sin embargo, hay elementos que el escritor considera imprescindibles para tener buena fortuna. En su escritorio siempre hay un ramo de flores amarillas, su color de la suerte. Para aclarar cuál es la tonalidad exacta del amarillo, que obviamente dista mucho del color oro, lo ha precisado con la siguiente descripción: "El amarillo del mar Caribe a las tres de la tarde, visto desde Jamaica".

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