El Nuevo Diario, Miércoles 14 de Julio de 1999 | Managua, Nicaragua
El mensajero que se olvidó del mensaje
GIOCONDA BELLI
Quiero agradecer a Roberto Stuart Almendárez por su artículo "Por qué la mayoría de los sandinistas de base siguen creyendo en Daniel Ortega". Sobre todo, le agradezco su llamado de atención sobre mi frase "Allí donde estemos los que sigamos creyendo en un sandinismo digno, allí será la Plaza de la Revolución". Es justo decir que, entre los muchos sandinistas de base que aún siguen siendo fieles a Daniel Ortega, hay gran dignidad. Son compañeros leales a los ideales sandinistas y, estoy segura, que su convicción es tan fuerte como la mía. No tengo la menor duda de que si a ellos se les informara claramente sobre el pacto -en vez de confundirlos desprestigiando a quienes hoy se oponen a este pacto libero-orteguista- también se opondrían. Muchos, estoy segura, nos acompañarán el 19, a las 10 am. en la Avenida Universitaria.Pero en esto del pacto, no podemos caer en ese populismo irresponsable que engaña al pueblo humilde y luego se escuda detrás de él para legitimar posiciones reñidas con la ética. Daniel Ortega podrá "poner" multitudes en sus concentraciones, pero eso, por sí mismo, no significa que su actitud política sea válida, o ética. Lo que significa es que Daniel Ortega se ha aprendido muy bien aquella máxima de la comunicación de masas de que lo que vale no es el mensaje, sino el mensajero. A mí no me asombra que sectores de las bases sandinistas, del pueblo humilde, cierre filas detrás de Daniel Ortega, a pesar de las noticias que lo desprestigian y ponen en duda su calidad moral y política. No me asombra en lo más mínimo porque comprendo lo que Daniel representa para ellos, que no es cualquier cosa. Daniel ha sido la imagen incuestionada del FSLN durante casi veinte años. Fue el hombre que vieron constantemente en todos los momentos de la revolución, el hombre que encarnó los ideales de un pueblo en lucha contra un enemigo formidable como el imperialismo gringo. Daniel fue el rostro de nuestra revolución, el rostro de nuestra dignidad como nación. Nosotros, los sandinistas, lo construimos, le dimos ese carisma a pesar de su falta de carisma.
Al principio de la revolución, Daniel no era el favorito de nadie. Cundía el aburrimiento en las plazas cuando se tiraba sus largos y aburridos discursos con aquella voz monótona, que sólo se elevaba al final del ejercicio retórico. La gente prefería la oratoria encendida de Tomás Borge, que sí es un buen orador, pero a Tomás no se le dejaba hablar prácticamente nunca. La Dirección Nacional del FSLN -y lo sé de primera mano porque trabajé muchos años en el Departamento de Propaganda del FSLN, donde se construyó la imagen pública del FSLN- decidió casi desde el inicio que nadie debía hacerle "sombra" a Daniel; que era "peligroso" que se diera una competencia por las masas dentro de la dirigencia del FSLN, y que por eso, era Daniel quien debía ocupar el lugar preferencial. Ya aprendería a hablar, se decía. Ya la gente se acostumbraría a él. Y la gente se acostumbró. Daniel fue ungido como mensajero de la Revolución, como portavoz de la autoridad moral del conjunto del sandinismo.
A esto se sumó la decisión de la dirigencia de la Revolución de apelar a argumentos emocionales en vez de hacer un esfuerzo por darle argumentos racionales a la población para explicarle los problemas. Lo que interesaba no era la convicción de la gente, sino su fe incondicional.
Personalmente tuve muchas discusiones en el Departamento de Propaganda del FSLN, cuando la Dirección Nacional decidió que, en los círculos de estudio de los Comités de Base, no se estudiara, con los compañeros recién incorporados al FSLN, los materiales que solían estudiarse en el Frente antes del triunfo, y que lo dotaban a uno de formas para analizar la realidad a partir de la lucha de clases, de las contradicciones dentro de una sociedad y le permitían hacer análisis propios, pensar por uno mismo.
No era eso lo que debíamos estudiar, dijeron. "Ibamos a enredar a los 'compitas'". Había que estudiar los discursos de los comandantes. La gente tenía que creer en sus dirigentes, en sus explicaciones. Así se promovió la lealtad "religiosa" a la revolución. Se afirmó la lealtad sobre la fe en las personas, en vez de construir una lealtad basada en el conocimiento, en la comprensión plena, en la racionalidad. Fue una decisión política, cuyos costos pagan las bases hoy, en beneficio de los dirigentes.
Esta fe religiosa, que sólo admite explicaciones maniqueas: Daniel está con los pobres y quien está contra Daniel está contra los pobres y es un conspirador malévolo, es la premisa con la que los dirigentes Orteguistas manipulan la realidad y abusan de la fe del pueblo. Esta fe religiosa, aplicada a la política, es nefasta. No es una fe liberadora, sino un "opio", una cortina de humo que confunde a las bases que se acostumbraron a creer en el mensajero, independientemente del mensaje. Así se ha cimentado, a través de la historia de la humanidad, la influencia de caudillos sobre enormes masas. Gente inteligente, bien intencionada ha apoyado causas muy dudosas cuando le ha cedido su confianza absoluta al mensajero, no al mensaje.
Se suma a esto la campaña orquestada, de poderosos medios de comunicación, que, sin ningún escrúpulo, distorsionan la realidad. He estado viendo, por ejemplo, en el Canal 4, esas absurdas viñetas que comparan el pacto libero-orteguista, con las reformas a la constitución de 1995.
Se hace aparecer a Sergio Ramírez y Dora María Téllez "pactando" con el gobierno de Violeta Chamorro, como si ambos no hubieran sido miembros de la bancada sandinista, como si las Reformas no hubieran sido orientadas por el FSLN, su dirección y su Asamblea Sandinista, para corregir una constitución que le daba -pensando en la eternidad del FSLN en el poder- un poder irrestricto al ejecutivo sobre el legislativo y que, en una situación donde el FSLN quedaba en la oposición, eran lesivas a sus intereses y a los intereses democráticos del país.
Se acusa de pactistas a estos compañeros, que discutieron las Reformas en el pleno de la Asamblea, y no en pactos a puertas cerradas; se le llama "pacto" a unas reformas que inhibieron a Antonio Lacayo -uno de los supuestos pactistas- de participar en las elecciones.... En fin, es una burda maniobra que, sin embargo, para quien no conoce los detalles, puede resultar creíble porque está siendo transmitida por un medio de comunicación que se identifica con el FSLN, en quien la gente cree.
No se puede culpar a la gente de creer, o al menos, de confundirse, porque el cambio de mentalidad que significa dejar de creer en Daniel Ortega y en todo lo que dicen sus medios, es un salto que requiere de mucha información, discusión. Toma tiempo aceptar que los líderes en los que uno creyó son de paja y barro. Cuesta aceptarlo. Nos ha llevado años hacerlo, aún a los que vimos el proceso de descomposición de cerca, con nuestros propios ojos.
Dejar de creer en el mensajero que encarnó ideales que costaron tanto, por los que tantos dieron la vida, es muy doloroso. Mucha gente prefiere no pasar ese proceso; esperar contra toda esperanza. Es como la esposa que ama al marido y frente a la evidencia de sus infidelidades, se hace la vista gorda. Al FSLN no sólo le dimos nuestra fidelidad política, le dimos nuestro amor, nuestro corazón. Más que una separación política, uno lo vive como un divorcio, una separación personal bien dura y difícil, que muchos prefieren evitar. Esa es la paradoja de esta situación, compañero Stuart, que los que aún llenan las plazas de Daniel, las llenan porque creen en él, creen en la autoridad que todos nosotros sandinistas, los vivos y los muertos, le conferimos. Esa es la autoridad con que Daniel Ortega transmite a las bases su convicción de que el fin justifica los medios. La misma filosofía que contribuyó a la derrota moral y política del FSLN.
Los que nos damos cuenta que no es ético usar cualquier medio por muy bueno que pudiera ser el fin; los que nos damos cuenta de que ese fin ya no es la redención de los pobres y oprimidos, tenemos la obligación de hablar, aunque nos calumnien y nos vituperen, aunque seamos pocos.
Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/1999/julio/14-julio-1999/opinion/opinion2.html