El Nuevo Diario, Sábado 23 de Junio de 2001 | Managua, Nicaragua

El ojo en la pluma

Gioconda Belli


 

A finales del pasado mes de Mayo viajé a Madrid, España, atendiendo una invitación de la Casa de América de presidir el Jurado de su Primer Premio de Poesía Innovadora.

La Casa de América, que en los últimos años se ha convertido en el recinto cultural más dinámico en España, ocupa el antiguo Palacio de Linares sobre el Paseo de la Castellana en la rotonda que forma la fuente de Las Cibeles y el edificio de correos. El palacio, que estuvo abandonado por muchos años, pero que ha sido restaurado a su esplendor original, es una joya neo-clásica del siglo XIX. En sus salones tienen lugar recitales, presentaciones de libros, conferencias y exposiciones. El Jurado del I Premio de Poesía Innovadora, estuvo compuesto por los escritores españoles, José Antonio de Villena, Luis García Montero, Iñigo Ramírez de Haro y el editor de la colección Visor de Poesía, Jesús García Sanchez. Concursaron 267 obras latinoamericanas, pues el premio fue concebido como un galardón reservado a la poesía de las Américas.

A los jurados nos tocó seleccionar la obra ganadora entre veinte manuscritos finalistas.

La pregunta que me hice cuando empecé la lectura fue la que se deducía, obviamente, del nombre del premio. ¿Qué es lo que hoy en día se puede considerar como poesía “innovadora”? ¿Qué se trata de innovar? Les confieso que no se me ocurrían muchas alternativas. La poesía ha pasado por muchas innovaciones, pero tras el verso libre, el prosema, los poemas gráficos, y la anti-poesía de Nicanor Parra, no se ha presentado, en la poesía contemporánea, nada verdaderamente revolucionario en términos de forma. Sí que se han dado corrientes o escuelas como el exteriorismo, o la poesía concreta, pero la vara de medir la poesía –y esto se me confirmó al leer los manuscritos- sigue y seguirá siendo el aire interior, el equilibrio, la música y el temblor que el poema es capaz de provocar. No hay innovación más importante en poesía que el salto de calidad.

Cuando uno lee veinte libros de poesía, uno detrás del otro, a través de varios días de no leer nada más que eso, los versos levantados con columnas frágiles, los sin propósito, las palabras que sobran, tienen su manera de derrumbarse aún cuando el poeta sea muy diestro en crear fachadas de un acabado aparentemente perfecto. Se tocan las estrofas con un cincel y se escucha por dentro la oquedad, se devela el artificio, se revela la ausencia de vida, de alma, de aliento interior. Uno empieza a preguntarse si tal o cual poema se insertó en el poemario porque sí, para llenar el requisito de los 300 versos (no poemas, sino versos). Debo decir que la calidad general de los veinte poemarios era muy digna.

No queda duda de que, en Latinoamérica, hay mucha gente escribiendo poesía que tiene oficio y que sabe construír sólidas torres de palabras con destellos luminosos aquí y allá.

Y, sin embargo, entre malabaritas consumados, muy pocos logran evocar esa chispa de reconocimiento en el lector, o la admiración ante una obra que sabe sostener la calidad y concebir la obra poética, el libro, como un ente orgánico y no una colección de retazos reunidos por antojadiza conveniencia.

Yo no conocía a los otros jurados, pero cuando nos reunimos en la oficina de Iñigo Ramírez de Haro en Casa de América y cada quién reveló las obras que había seleccionado, fue muy interesante porque la obra ganadora figuraba en las listas de todos sin excepción. “Breve Historia de la Música” del peruano, Eduardo Chirinos, es, curiosamente, un libro que podría considerarse bastante formal. Algunos poemas tienen incluso rima, y, sin embargo, el poemario como tal está organizado alrededor de la idea de evocar en unos casos, y en otros divagar, lo que sugiere o lo que subyace en una serie de composiciones musicales. Poema tras poema, el poeta va hilvanando la música con las historias o la poesía que las originaron, creando el efecto total de una composición cuya música es distinta para cada quién; que, antes que escucharse, se ve y que en vez de partitura está armada con palabras. Hay un juego muy interesante con el recuerdo melódico, así como la imaginación del lector. Es un trabajo que, según el autor, le tomó varios años y se nota. Se nota la mesura y exactitud de los poemas, el nivel sostenido de calidad, el trabajo de investigación sobre música tradicional popular, así como música clásica.

Para los jurados fue un alivio, y lo comentábamos, comprobar que sí puede existir una intuición estética común, una subjetividad “objetiva” para conocer la poesía. Es la misma poesía la que se encarga de hacer señas sobre sí misma, de mostrar su carácter innovador.

Junio 11, 2001 Santa Mónica.


Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/2001/junio/23-junio-2001/cultural/cultural1.html