Nicaragua

Estados Unidos y su mal papel en nuestras elecciones


Gioconda Belli
Brecha. Uruguay, noviembre del 2001.

 

Me decía Salman Rushdie, a raíz de los ataques a las Torres Gemelas, que los estadounidenses medios difícilmente podían comprender la hostilidad que gran parte del mundo sentía hacia su país, porque la verdad es que había dos Estados Unidos: el de adentro y el de afuera.

Efectivamente. Estuve en Estados Unidos durante la tragedia del 11 y me conmovió mucho ver la reacción popular. Me conmovió su genuino desconcierto ante el hecho de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a inmolarse para hacerles daño. En mi entorno más cercano, traté de explicarles cómo nos sentíamos los agredidos por su país; lo que fue, por ejemplo, para nosotros los nicaragüenses, cuando las lanchas rápidas de la cia volaron nuestras reservas de petróleo en Corinto, o cuando el Pájaro Negro pasaba rompiendo la barrera del sonido todas las mañanas sobre nuestras cabezas, haciendo vibrar los vidrios de nuestras casas; eso sin contar tantas vidas jóvenes segadas.

Les pedí que trataran de imaginar lo que habrá sido para los habitantes de Belgrado soportar bombardeos durante 80 días seguidos; ver todos sus puentes desaparecer de la noche a la mañana. Hablábamos de estas cosas como simples mortales y como simples mortales podíamos entender cada uno el dolor del otro, la impotencia de los que pagan en carne propia las decisiones políticas de otros, y lamentarnos de que nuestra especie no haya aprendido aún, a través de los siglos, a "sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquier ser humano en cualquier parte del mundo".

Llegué a Nicaragua sintiéndome más cerca de los estadounidenses de lo que me he sentido en el tiempo que llevo viviendo entre ellos; percibiéndolos como un pueblo dolido que ha sido rudamente despertado de su sueño de vivir en el mejor de los mundos posibles. A los pocos días de estar en Managua, sin embargo, la frase de mi amigo Salman saltó de mi memoria.

A la ya conocida intervención de Lino Gutiérrez (exembajador de Estados Unidos en Nicaragua) frente a la Cámara Americana de Comercio, se sumó la publicación en el diario La Prensa de una página completa con declaraciones de Jeb Bush, hermano del presidente Bush y gobernador de Florida, "advirtiendo" que no había que creer en el cambio de Daniel Ortega porque "Daniel Ortega es un enemigo de todo lo que Estados Unidos representa. Y él es también un amigo de nuestros enemigos". Días después Jesse Helms apareció con otros dos senadores, presentando una iniciativa de cambiar la política de Estados Unidos hacia Nicaragua si Daniel Ortega ganaba las elecciones. Resulta claro que si argumentos les faltaban para oponerse a Daniel Ortega, los más recalcitrantes republicanos estadounidenses los encontraron todos el 11 de setiembre, y no han vacilado en usar la tragedia para amedrentar a los nicaragüenses y tratar de influir en su voto.

Recordé a Rudolph Giuliani, el alcalde de Nueva York, que rechazó diez millones de dólares de un príncipe saudí para las víctimas de la tragedia, porque se atrevió a sugerir en la carta que acompañaba su donación que Estados Unidos debía reconsiderar su política hacia Oriente Medio. Eso es Estados Unidos para adentro. En cambio, en Nicaragua, la embajada de Estados Unidos afirma que respetará la decisión de los nicaragüenses, pero trata de influir abiertamente en el resultado de las votaciones usando el miedo y la amenaza; situando a Daniel Ortega dentro del terreno enemigo, sin menoscabo de que el hombre ha dicho que se opone al terrorismo.

De hecho, el Frente Sandinista, al que pertenecí y por esto lo digo con cierta autoridad, jamás realizó ni apoyó el terrorismo como método de lucha armada, jamás tomó rehenes inocentes, ni voló lugares públicos o edificios llenos de civiles. La acusación de terrorismo hecha contra Daniel Ortega se basa exclusivamente en las relaciones que el fsln tiene con Gadafi y Fidel Castro, lo cual no es una base seria bajo ningún punto de vista, puesto que habría que condenar por terrorista a más de un dirigente, incluyendo a Nelson Mandela.

En compañía de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez hice pública mi decisión de no votar en estas elecciones. Tengo críticas a la forma en que se organizó este proceso, pero no puedo dejar de protestar, como ciudadana nicaragüense, frente a una toma de posición a priori de Estados Unidos para condenar a un candidato presidencial que, al menos según las encuestas, goza del favor de un número sustancial de electores nicaragüenses.

Al insinuar que el pueblo nicaragüense debe tomar en cuenta los intereses y criterios de Estados Unidos en la decisión de quién gobernará el país en los próximos cinco años, la nación del Norte no está respetando la democracia en nuestro país. Si ese tipo de injerencia no es aceptable en Estados Unidos, tampoco es aceptable aquí. Así como Giuliani no consideró que diez millones de ayuda le daban derecho al príncipe saudí de criticar la política exterior de su país, la ayuda que le brinda Estados Unidos a Nicaragua no le da derecho de usar sus poderosos músculos para tratar de influir en la decisión de los nicaragüenses.

Lo que he visto aquí no tiene nada que ver con el heroísmo de los bomberos neoyorquinos, o los llamados a respetar a los musulmanes que vi en Estados Unidos en las últimas semanas. Ese Estados Unidos se merece mi respeto; este de aquí es el Estados Unidos que vemos los de afuera.


Encontrado en: http://www.lainsignia.org/2001/noviembre/ibe_039.htm