El Nuevo Diario, Sábado 15 de Mayo de 1999 | Managua, Nicaragua

Francisco de Asis, en la madurez de la palabra

Por Gioconda Belli


 

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Sin perder la exuberancia vital que lo hace una de esas presencias rotundas del paisaje poético de Nicaragua, tal como un volcán posado en el horizonte o el árbol que crece en las cañadas del café, alzándose con las ramas llenas de pájaros desde la hondura verde y sombreada, Francisco de Asís Fernández llena en este libro la copa de la palabra, creando con el humus de una vida fértil, la arquitectura de un universo poético maduro, donde la sustancia cósmica de la experiencia, se rige por las leyes mágicas de la imaginación y el rigor del equilibrio, para darnos un libro de madurez que propone la belleza como una filosofía de vida.

El Árbol de la Vida de Francisco es un ceibo sólido y florido, donde cada poema, cada verso constituye una tonalidad del verdor que nutre y se nutre de la ingeniería precisa de un ramaje que, si bien parece obedecer al misterio y maravilla del orden propio de la naturaleza, denota en su precisión la presencia del poeta como Dios invisible del bosque donde se alza este árbol magnífico.

En concatenaciones que van acumulando matices y formas de ver una misma realidad, estos poemas van formando secuencias de ramas, deslumbres de follaje, hasta alcanzar la culminación de la totalidad de un árbol que despliega su cabellera al viento, mientras para por la penumbra del amanecer, el mediodía del sol abrasador, hasta llegar a la luz amarilla, fantasmal del crepúsculo, y lo que se adivina a la caída de la noche.

De pie frente a las meditaciones que suscita el Árbol de la Vida de Francisco de Asís, uno se pregunta dónde reside la fertilidad de este poeta, vividor de la poesía. Y yo no puedo más, como amiga, colega, discípula y cómplice del poeta, que viajar a la selva sagrada de ecos distantes y recordar cómo este hombre, con nombre de santo dulce, trazó para mí el enigma y reto de la poesía.

«Un poema debe ser como un nacatamalito: compacto, bien amarrado, nutritivo», me dijo una vez, brindándome una de las metáforas más exactas de la contundencia que debe tener la poesía. Me parece que lo estoy viendo - no es mucho lo que ha cambiado desde entonces - cuando trabajábamos ambos en el edificio gris de «Publisa», antes del terremoto. Fumaba con una boquilla negra, que sacudía sobre la mesa como si fuera una pipa, incontables cigarrillos, mientras hablaba con apasionada elocuencia de arte o literatura.

Su regocijo genuino ante los poemas propios o los ajenos, era contagioso. Los leía en voz alta. Los celebraba como triunfos supremos de la imaginación, y disertaba, entusiasmado, sobre los alcances y posibilidades de la literatura nicaragüense, de quien ha sido y es un gran amante y un gran conocedor.

Francisco nunca ha estado solo. Lo han rodeado los amigos a quienes se entrega con gran generosidad. Lo han rodeado los pintores con su olor a óleo, con sus estudios humildes, sus lienzos desmesurados y vociferantes: Vanegas, Pérez de la Rocha, Sobalvarro, Luis Urbina, Guillén, Leoncio Sáenz, Aróstegui. Con ellos y con Carlos Alemán, Michelle Najlis, Amarú Barahona; Francisco de Asís anduvo y gestó el Grupo Praxis, la revista, la galería del grupo en la vieja Managua. Andaba en aquellos días con manifiestos bajo el brazo, secretos conspirativos, haciendo poemas a los amigos que partían a la montaña, escuchándole las historias a Camilo Ortega, recogiendo dinero para las expediciones arriesgadas de los guerrilleros-líderes estudiantiles que desaparecían de las calles de la ciudad, para ir a aparecer en los comunicados terribles de la guardia.

Después del terremoto, la casa de Francisco de Asís - «Chichí», para sus amigos- en Granada, fue refugio de terremoteados, centro de reunión y reencuentro para los desperdigados. Allí Ricardo Morales Avilés, Edén Pastora, idas y venidas de poetas queriendo dibujar mañanas menos transidas de dolor y escombros. «Te voy a leer un poema», pero también sacaba una guitarra, cantaba una canción.

La vocación de felicidad; el no escurrirle el bulto al desengaño o a la indiferencia, a cuanto plato la vida le sirviera, bueno o malo, es lo que da a la poesía de Francisco de Asís, esa cualidad densa y alada, ese sabor a realidad y a sueño.

De sus genes y deseos está hecha la poesía de su Árbol de la Vida. De las amanecidas con los amigos alrededor de la mesa, de las gomas devastadoras, del amor de Gloria y de sus hijos. Paneles, frisos, helechos creciendo alrededor de su cama, hojas abiertas a la vida y duelos como la muerte de su padre o la muerte de una porción de esperanza. La masa del poema de su vida amorosamente amasada, versos que salen en las madrugadas después de días y noches en que el poema le aguarda y lo sigue como un perro de ojos encendidos, rogándole que lo escriba. El viene, se sienta, lo hace: trabajo del amador que planea la cópula perfecta con las palabras, pesándolas una a una, oyéndolas con plenitud consciente del poder de las sílabas y las preposiciones, el giro, la frase sobre el mantel.

Yo le rindo mi sombrero alado de margaritas inventadas a este poeta nicaragüense que se llama Francisco de Asís Fernández, volador granadino desde las altas torres de Xalteva y La Merced; espíritu de la poesía que se pasea en coche por las empedradas calles del paisaje literario de nuestro país, y que reparte, sin arrepentimientos, su amistad, su sonrisa, su alegría para los amigos y el amor feroz, imperecedero por la poesía, el único y verdadero bálsamo contra todos nuestros infortunios.

(Managua, 25 de Julio, 1998)


Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/1999/mayo/15-mayo-1999/cultural/cultural2.html